Hay un momento en esta producción de La traviata que funciona como una bofetada de realidad. En sus últimos instantes, en el reencuentro final entre los amantes, Violeta le ruega a su Alfredo desde el lecho: “Acércate”. Como respuesta, él permanece observándola inmóvil, manteniendo estrictamente los dos metros de distancia recomendada por las autoridades sanitarias. Ésta es tan solo una de las infinitas dificultades que surgen al escenificar una ópera en tiempos de covid. Pero, a pesar de los obstáculos, la propuesta escénica que ofrece el Teatro Real para su reapertura funciona, precisamente por hacer una conexión explícita con la realidad que nos asola -ayuda el hecho de que la protagonista padezca, una grave enfermedad respiratoria.

Lisette Oropesa (Violetta) © Javier del Real | Teatro Real
Lisette Oropesa (Violetta)
© Javier del Real | Teatro Real

El coro aborda el escenario con mascarillas bien visibles de las que desprenden al comenzar a cantar. Parecen decir “Adiós mordazas. Es la hora de que vuelva el canto”. Los artistas se encajan sobre las tablas en zonas estancas que, lejos de esconderse, se resaltan -una cuadricula en rojo intenso sobre negro para marcar la distancia social. Si las lecturas escénicas de la Traviata suelen orbitar alrededor de la muerte o de la presión social, en este caso es la presencia de la enfermedad la que domina la acción. El sentimiento de empatía dramática entre el público es entonces inevitable.

Pero, si esta representación en particular resulta memorable es por la magnífica actuación de Lisette Oropesa. Todavía vivos los recuerdos de su Lucia del verano pasado en este mismo lugar, la soprano americana (y ahora nacionalizada española) ofrece un retrato de la protagonista dramáticamente arrollador y vocalmente muy propio. Si atendemos al cliché de las tres voces de Violeta -ligera, lírica y dramática-, Oropesa se sitúa en la parte inicial de la triada, y allí permaneció durante toda la representación. Resolvió con soltura y comodidad las agilidades del primer acto mientras nos mostraba un timbre que, sin ser muy rico en armónicos, nos sedujo por brillo y homogeneidad. Un precioso canto legato y una dicción esmeradísima -se entendía cada palabra, cada inflexión en cada silaba- demostraron durante el segundo acto la calidad técnica de esta artista. Y en la parte final, la ligereza de su instrumento consiguió perfilar una Violeta delicada, frágil hasta el punto de quebrarse en cualquier instante. El magistral dominio de pianísimos y dinámicas presidió la parte final, haciendo añicos el mito de que es imprescindible una voz con más cuerpo para el desenlace, y dejando el recuerdo inolvidable de un “Or tutto finì” emitido a modo de exquisito y eterno filado flotante.

Lisette Oropesa (Violetta) © Javier del Real | Teatro Real
Lisette Oropesa (Violetta)
© Javier del Real | Teatro Real

Sus acompañantes masculinos, por desgracia, no estuvieron a la altura. Ivan Magrì tiene un timbre apuesto y notable potencia, pero numerosas dificultades técnicas en afinación, ataque y construcción de la línea canto. Funcionó, por lo tanto, algo mejor en los pasajes dramáticos que en los líricos. Algo similar ocurrió con el Germont de Nicola Alaimo –robusto en los recitativos, pero en su “Di Provenza” apenas asomó la musicalidad que la pieza merece. Los secundarios proporcionaron una dignísima alternativa vocal a la calidad de la protagonista, destacando las escasas pero impecablemente ejecutadas frases de Sandra Ferrández como Flora. En el foso, ampliado a costa del patio y poblado de pantallas de metacrilato, Nicola Luisotti ofreció una versión fluida y amable con un sonido de la orquesta bien empastado, también de vocación teatral, en ocasiones rozando el exceso, como los retardandos extremos para los momentos más introspectivos de Oropesa.

Lisette Oropesa (Violetta) © Javier del Real | Teatro Real
Lisette Oropesa (Violetta)
© Javier del Real | Teatro Real

Hay que descubrirse y aplaudir la valentía y el inmenso esfuerzo organizativo que ha hecho el Teatro Real para traernos la ópera de vuelta, situándose como un pionero en Europa. En primer lugar, por haber traído artistas de primera categoría para todo un mes de representaciones, en forma de cuatro repartos y cinco Violetas. Pero también, por la miríada de elementos de seguridad implantados -duplicación de funciones, turnos de entrada, termómetros, segregación de zonas, asientos precintados, digitalización, salidas escalonadas de la sala, estructura del foso y de la escena entre muchas otras- coordinados a través de una perfecta coreografía para que todo fluya con la máxima comodidad para el espectador. Si en esta ocasión el acontecimiento funciona es en gran parte por el deseo irrefrenable de público y artistas por volver al arte. Pero dos preguntas se hacen entonces inevitables para la próxima temporada que, previsiblemente, comenzará en septiembre. ¿Aguantarán las finanzas una sala semiocupada y el coste de las medidas de seguridad? ¿Soportarán las quince óperas programadas las limitaciones escénicas que impone la distancia social? Tan solo la futura realidad, hoy cubierta por incertidumbres, nos dará la respuesta.

****1