Impresiona notablemente que el Concierto para violonchelo, Op.85 de Elgar y las obras de Janáček, la Suite de La zorrita astuta y la célebre Sinfonietta, estén separadas por tan solo unos pocos años, siendo además de compositores de una misma generación. Son dos maneras de estar al mundo y dos formas muy distintas (y distantes) de pronunciar ese Adiós a las armas, en lo que debiera parecer el ocaso de Europa después de la Primera Guerra Mundial, que el título del programa nos anunciaba.

Pero la velada se abría con la página de un tercer invitado, a saber, William Walton, con Scapino, A Comedy Overture, una pieza breve y desenfadada, que también, a pesar de su carácter vital y alegre, fue escrita bajo las bombas, en este caso de la Segunda Guerra Mundial. Lo cierto es que la obra se adapta muy bien al estilo interpretativo de Juanjo Mena que le supo sacar todo su jugo. Con fraseo claro y nítido, el maestro exprimió toda la expresividad y la contundencia de la orquesta, jugando con las sobrexposiciones de capas sonoras y haciendo brillar la percusión. También el segundo tema, menos concitado y más ensoñado, se abrió con trazos amplios y una tímbrica bien empastada, para volver al carácter festivo y ritmado del final. A continuación, tuvo lugar el Concierto de chelo de Elgar con la participación del reciente Premio Nacional de Música, Asier Polo. Esta pieza tardía del compositor inglés es un canto del cisne del Romanticismo, increíblemente hermosa y trágica por reivindicar aquello que ya está perdido, tanto en lo histórico como en lo musical, expirando las últimas palabras a través de un instrumento que tal vez sea el más adecuado para esta heroicidad sin héroes, de una victoria que solo deja escombros.

Desde los primeros compases, Polo mostró absoluto dominio del material y se entendió sin problemas con Mena y la Orquesta Nacional de España. El sonido de su violonchelo es equilibrado en todos los registros, rico en resonancias y con una notable profundidad de recorrido. La atmósfera se mantuvo íntima, incluso en los momentos de mayor involucración de la orquesta, como en el primer movimiento, en el que destacó también el juego de silencios y ecos en los pasajes del pizzicato. En el Allegro molto del segundo movimiento, Polo mostró gran agilidad y afinación; pero el punto de inflexión llegó con el Adagio que exige al solista continuidad y responsabilidad casi únicas: aquí Polo tocó los registros más sombríos de forma intensa, pero sin abandonar un fondo de dulzura, diciendo adiós pero sin dramas, con discreción. El último movimiento recoge todo lo anterior como un recordatorio, una memoria que se difumina hasta desaparecer, y con esa intención quedó plasmado. Igualmente fascinante fue el bis ofrecido por Polo: el Preludio-Fantasía de la Suite para violonchelo solo de Gaspar Cassadó.

La segunda parte, dedicada, enteramente a Janáček nos sumió en un mundo entre lo fantasioso, lo burlesco y lo melancólico. En la suite de La zorrita astuta, la mirada al pasado, al folklore checo, no es nostálgica ni romántica, sino que pasa a través del tamiz del compositor, de sus medios deconstructores, pero sin ser una operación fría. Encontramos mucha riqueza melódica que Mena supo potenciar bien a través de la articulación de las texturas, así como gran mérito fue de los solistas que estuvieron acertados en sus intervenciones. Y lo cierto es que, a pesar de las dificultades técnicas, director y orquesta supieron imprimir un tono despreocupado y muy descriptivo a las escenas de esta suite. La Sinfonietta se caracterizó por una interpretación de gran impacto, comenzando por la interesante sonoridad que se logró colocando parte de la sección de metal, por encima de los bancos del coro en las fanfarrias iniciales y finales donde se ofreció un sonido contundente pero maleable al mismo tiempo, generoso sin llegar a ser excesivo. En el segundo movimiento, Mena cuidó bien los detalles, con atención a las transiciones y los contrastes, regalando también momentos líricos gracias a una cuerda cristalina, bien presente también en el tercer movimiento, junto con el protagonismo de la madera. Mena expuso bien los últimos movimientos, con una progresión dinámica muy bien medida y que se desató en el momento oportuno, inundando de color la sala.

Se trató sin duda de un concierto brillante, de grande implicación emocional y al mismo tiempo capaz de mostrar lenguajes distintos, pero complementarios, con intérpretes bien compenetrados y expresivos. Una buena forma de despedir el año por parte de Juanjo Mena, Asier Polo y la Orquesta Nacional.

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