Josep Pons asumió muy ilusionado la dirección de la orquesta del Gran Teatre del Liceu en 2012 con el propósito de subir el nivel de la orquesta de ópera de su ciudad. Compagina esto con conciertos en el extranjero y las intensas sesiones con las orquestas jóvenes españolas en las que intercambian sabiduría por energía. A continuación, nos lo cuenta él.

MM: Trabaja tanto en España como en el extranjero. ¿Cómo valora la situación actual de la música en nuestro país?

JP: Ha evolucionado enormemente en los últimos años, y si bien todavía no hemos alcanzado el nivel de las grandes orquestas europeas, sí que se camina cada vez más hacia ello. Después de vivir una época de grandes estrellas en el campo de las voces con nombres como Berganza, Victoria de los Ángeles, Domingo, Carreras, Krauss, etc., se produjo lo que yo llamo “la revolución de la periferia”, surgieron orquestas como la Sinfónica de Tenerife, la Sinfónica de Galicia o la Ciudad de Granada [de la cual fue su director artístico y musical], elevando el nivel que imperaba. Más tarde, las grandes ciudades como Madrid y Barcelona se dieron cuenta de que tenían que modernizar sus orquestas, en algunos casos anquilosadas por el tiempo y con estructuras un tanto desfasadas. Ha habido, por otro lado, una irrupción de grupos de cámara y música antigua que hoy en día están en los circuitos internacionales y que dan buena cuenta del nivel de nuestros músicos. Tenemos un futuro esperanzador.

Josep Pons © Igor Cortadellas
Josep Pons
© Igor Cortadellas

En la temporada que empezamos visitará Reino Unido, Francia, Singapur, Taiwan y Japón y colaborará con orquestas españolas. ¿Existen formas diferentes de acercarse a los compositores de mayor peso dependiendo del país donde se toquen?

Diría que cada vez menos. Hoy en día, la pigmentación en las orquestas es enorme. En el Liceu tenemos músicos de 27 o 28 países y me he encontrado músicos españoles en orquestas alemanas, francesas e incluso en China. Creo que influye más cómo es la orquesta a nivel interpretativo, si han trabajado con directores que promueven criterios historicistas, si trabajan la música de cámara…, todo ello influye más que el país donde estés. Sí que notas, por ejemplo, en Alemania, que Brahms o Beethoven forman parte de su acervo musical, pero hoy en día los músicos son flexibles y aceptan de buen grado diferentes aproximaciones a estos compositores.

Trabaja con diferentes orquestas a lo largo de una temporada. ¿Cómo plantea las sesiones de ensayos en cada situación?

Es una cuestión de estado de ánimo y el primer ensayo marca siempre la diferencia. Puedes hacer una lectura de principio a fin de una sinfonía o, por el contrario, centrarte en un solo movimiento. A mí me gusta coger una “marcha lenta” e intentar explicar desde el primer momento hacia donde creo que debemos ir. Por supuesto, el planteamiento puede cambiar en un instante si adviertes que va a funcionar mejor una cosa u otra. Un concierto debe ser una experiencia única donde tratamos de mover emociones, y para moverlas, en ocasiones debemos innovar y no caer en la rutina interpretativa.

Su repertorio es muy ecléctico, ¿cómo afronta un programa con una obra de George Benjamin y una de Händel, por ejemplo?

Son universos sonoros que requieren una aproximación totalmente diferente. El trabajo reflexivo e incluso el estado de ánimo no pueden ser el mismo. Por suerte, los músicos de orquesta hoy en día son auténticos triatletas de la música y pueden interpretar una obra contemporánea de estreno en la primera parte y, después de la pausa, una sinfonía de Mozart con criterios historicistas, cambian de registro muy rápido. Recuerdo, por ejemplo, un programa con la Orquesta Nacional de España en el que bajo el prisma de Luchino Visconti pasamos de la suite de Il gattopardo de Nino Rota a la quinta de Mahler. Por otra parte, universos aparentemente tan distantes, no lo son tanto si sabemos buscar puntos de conexión, ya sea la época, el estilo o incluso algún elemento extramusical como la temática o el momento histórico.

¿Por qué aceptó el reto de ponerse al frente de la Orquestra del Liceu? ¿Qué le sedujo del puesto?

Es mi teatro, mi ciudad y mi país. Aunque seamos ciudadanos del mundo, esto es un sentimiento. Por mi formación, tenía un perfil más encaminado a la música de cámara, a la música, podríamos decir, más íntima, y también hacia el mundo sinfónico. Sin embargo, hubo una planificación ajena a mí por una persona a la que admiro mucho, Albin Hänsenroth [director artístico del Liceu de 1990 a 1994]. Él, que asistía a los conciertos de la Orquestra del Teatre Lliure [orquesta que Pons cofundó en Barcelona en 1985] y al que le gustaba mi trabajo, me dio la oportunidad de dirigir cada temporada uno o dos títulos operísticos. Mientras tanto, empecé a colaborar con teatros como el de Niza o La Fenice (en su día, desestimé la oferta del director general de La Fenice, Mario Messinis, de asumir la titularidad de la orquesta, sencillamente, no era el momento para mí). Así que cuando llegó la propuesta del Liceu, tenía un bagaje de más de 30 títulos operísticos a mis espaldas. Pensé que podría hacer una buena labor con la orquesta, subir su nivel, y que eso redundaría en la calidad del Teatro y de la escena musical de mi ciudad. Es un reto enorme y apasionante.

Josep Pons y los profesores de la orquesta del Gran Teatre del Liceu © David Ruano
Josep Pons y los profesores de la orquesta del Gran Teatre del Liceu
© David Ruano

¿Qué cualidades debe tener una orquesta de un teatro de ópera y cómo se consiguen esas cualidades?

Una buena orquesta debe saber enfrentarse tanto al repertorio sinfónico como a la ópera. Las orquestas de ópera en general tienen una flexibilidad y un sentido del discurso dramático más acentuado que las sinfónicas, estas, por el contrario están más acostumbradas a trabajar el detalle, la precisión. En el foso, muchas veces estamos obligados a “vaciar” el sonido de la orquesta en pos de que las voces puedan llegar bien al público del teatro, esto no pasa casi nunca en una orquesta sinfónica, donde los músicos pueden tocar sin esta premisa. Respecto al cómo: coincidí en Berlín con Barenboim, que dirigía un programa de sinfonías de Mozart con la Wiener Philharmoniker, la interpretación, claro, fue fantástica. Comentando el concierto me dijo: “Suenan así porque han tocado mucho Don GiovanniNozze di Figaro y Cosí fan tutte”. La profundidad de muchos compositores está en sus óperas. Así mismo, tocar repertorio sinfónico es muy beneficioso para una orquesta de foso, así como también hacer música de cámara, que debería ser esencial. En la Gewandhaus de Leipzig, por ejemplo, las posiciones solistas de violín, violín II, viola y chelo llevan ¡más de 200 años formando cuarteto estable!

¿Qué consejos daría a un joven que quiera iniciarse en el mundo de la dirección orquestal?

Que entienda que la dirección orquestal no es una cosa al margen de la música [sonríe]. También que sepa querer a los músicos, pues será de ellos de quien aprenderá más, y ha de ser un buen concertador de voluntades. Por otra parte, que se acerque sin miedo a los grandes maestros, desde el respeto, pero buscando su propia voz. En muchos centros se nos enseñaba a “temer” a Beethoven, Bach o Mozart: “¡Son muy difíciles!”. Yo creo que hay que aprender de ellos, pues su legado es inmenso y actual. A mí me siguen sorprendiendo Die Zauberflöte o una sinfonía de Beethoven cada vez que las dirijo, siempre encuentro cosas nuevas.

Háblenos de su relación con la Joven Orquesta Nacional de España y la Joven Orquesta Nacional de Cataluña, ¿qué le aporta a un director experimentado?

Lo primero que sientes es una energía desbordante, ¡a veces incluso demasiada! [ríe]. Recuerdo que durante mis años al frente de la JONC, debía tomar distancia, porque en los encuentros todo se vive de forma muy intensa: ensayos, parciales, pruebas de atril… todos quieren estar al 100% siempre. Muchos de estos jóvenes quieren formar parte de una orquesta, es el sueño de su vida. Estoy convencido de que la creación de la JONDE es lo que marca realmente el cambio en la vida de las orquestas en España. Las dos, JONDE y JONC, desde su singularidad, son ejemplos de grandes proyectos que revierten en la calidad de nuestros músicos. Gracias a las orquestas jóvenes, los músicos ven a otros profesores, salen a estudiar fuera (ahora por fortuna también los de fuera vienen aquí). Y eso se nota en el nivel, en el conocimiento del repertorio y en la profesionalidad.

Josep Pons al frente de la Orquesta del Gran Teatre del Liceu © Antoni Bofill
Josep Pons al frente de la Orquesta del Gran Teatre del Liceu
© Antoni Bofill

Dentro de la temporada del Liceu estrenará la ópera de Benet Casablancas L'Enigma di Lea, e interpretará su obra Alter Klang en su visita a la NHK de Tokio. ¿Qué relación tiene con él y qué le atrae de su obra?

Conocí a Casablancas hace muchos años, justo cuando él acabó su etapa de estudios en Viena. Enseguida tuvimos una comunión mutua que se tradujo en una gran amistad. Su música tiene un componente emotivo enorme, con influencias que van desde la Segunda Escuela de Viena a grandes pintores como Klee, Rothko o Picasso. Sabe conjugar el conocimiento y la estructura rigurosa con la búsqueda de la emoción. El estreno de su primera ópera es uno de los proyectos que más ilusión me hace en la próxima temporada.

El próximo 22 de junio se enfrentará a una auténtica maratón en el ciclo Sólo Música bajo el título “¡Que vienen los rusos!”, háblenos de esta aventura.

Lo primero que debo de decir, es que es una fantástica idea que Antonio Moral (exdirector del Centro Nacional de Difusión Musical) tuvo. Estas iniciativas contribuyen a acercar a nuevos públicos a la música clásica, gente que de otra forma quizás no vendrían, y quien sabe si de ahí nacen nuevos aficionados. Los programas son muy atractivos y es una buena forma de abrir las puertas del Auditorio Nacional. Este ciclo en concreto lo inauguró el maestro López-Cobos, que interpretó las nueve sinfonías de Beethoven, y lo cerraré yo con cinco conciertos dedicados a los ballets rusos en un solo día: PetrushkaLe Sacre du printempsEl pájaro de fuegoShéhérazade… ¡todo un reto!

Da mucha relevancia a las grabaciones discográficas y tiene un gran catálogo, ¿por qué cree que es importante que una orquesta realice grabaciones?

Grabar es necesario para una orquesta, es otra manera de mejorar su nivel. En una grabación estás obligado a rozar la perfección, no pueden salir fallos en el disco. Después de grabar una obra tan difícil como Le Sacre du printemps con la ONE, la interpretamos a los pocos días en un concierto y fue un paseo. En las grabaciones profundizas en las obras, buscas el detalle, la perfección. Es muy terapéutico para una orquesta y te coloca en mercados internacionales. Además de las grabaciones, habría que fomentar también las retransmisiones de conciertos en directo.

¿Podría comentarnos algún proyecto futuro que le entusiasme especialmente?

Son muchos. Estoy muy volcado en la orquesta del Liceu, tengo cuatro años por delante para seguir avanzando en subir todavía más su nivel. El Liceu cuenta siempre con los mejores cantantes y eso es un lujo añadido. Además, como no, me hace ilusión seguir relacionado con orquestas como la BBC Symphony Orchestra o la Orchestre de Paris.