El 250º aniversario del nacimiento de Beethoven marcará sin duda de manera contundente este 2020 e Ibermúsica no ha querido sustraerse a este compromiso, trayendo como es habitual a intérpretes excepcionales, como los que pisaron anoche el escenario de la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional: Leonidas Kavakos y Enrico Pace dedicaron el programa de la velada a las tres últimas sonatas para violín y piano, con resultados de calidad extraordinaria, como ahora contaremos.

Lo cierto es que Beethoven es un habitual de las salas de concierto, pero menos frecuente es que se le dediquen programas monográficos, especialmente en el ámbito de cámara. Lo peculiar de la elección del dúo Kavakos-Pace es que, no obstante sean obras contiguas en el género, son creaciones muy distintas por su personalidad y bastante separadas en el tiempo, lo cual permitió un recorrido por buena parte de la producción beethoviana a través de esta formación.

Leonidas Kavakos © Marco Borggreve
Leonidas Kavakos
© Marco Borggreve

La primera de ellas, la Sonata en sol mayor Op.30 núm. 3, escrita entre 1801 y 1802, tiene un carácter apacible, amable y encantador, aunque ya muestra el lenguaje de un Beethoven maduro, con algunas soluciones muy interesantes. Lo más importante en su interpretación es destacar su personalidad liviana y dialogante, algo que Kavakos y Pace captaron muy bien desde los primeros compases. Es un dúo muy compenetrado y acostumbrado a trabajar desde hace años, tanto en conciertos como en grabaciones. Realmente el sonido que ofrecen es el de una voz única bien articulada y modulada, en la que nunca se dan desencuentros. En el Allegro Assai quedó muestra de ello: los intérpretes adoptaron un tiempo más bien sostenido, pero sin precipitarse, con mucha atención a los reenvíos entre el piano y el violín. Asimismo en el movimiento central, Kavakos destacó el lirismo del primer tema, con un amplio recorrido del arco, aportando una sonoridad robusta y una tesitura muy rica en el diálogo entre voces; por otro lado, Pace dio el toque de humor en el motivo central del minueto, marcando bien las notas acentuadas. Igualmente, el movimiento conclusivo funcionó como un engranaje perfecto en el que se combinaron elegancia y vitalidad.

Siguió la monumental Sonata núm. 9 en la mayor Op.47 dedicada a Kreutzer, en la que lejos del carácter lúdico y despreocupado de la sonata anterior, Kavakos suspendió en el tiempo un sonido serio y profundo en el Adagio sostenuto, al que siguió un fraseo estrecho en el Presto, con un desarrollo casi hiriente en sus contrastes. Es el Beethoven desafiante que no se sustrae al vórtice de una evolución impetuosa del material y que Kavakos y Pace supieron interpretar magistralmente, durante este primer movimiento. El Andante con variazioni requiere un mayor sosiego y distancia, como si se tratara de un paisaje que se muestra en medio de la niebla y que se va desvaneciendo paulatinamente. Kavakos y Pace construyeron con atención este dilatado movimiento, en el que los motivos van y vienen, organizando el material de manera que nunca decayese la tensión. Y así, en el Finale, donde vuelve el espíritu del primer movimiento, en forma de tarantella, el resultado fue impecable, con ese entramado polifónico que requiere un esencial entendimiento.

Tras el descanso, la última Sonata para violín y piano del compositor de Bonn, la núm. 10 en sol mayor Op.96, nos introdujo en el Beethoven de la calmada madurez. Por trazar un paralelo con la producción sinfónica, esta sonata mantiene afinidad con la Octava sinfonía por su exquisitez melódica, por su material simple, pero sorprendente y su clima sereno. Así, Kavakos y Pace pudieron mostrar otro registro tras el esfuerzo heroico de la “Kreutzer”: un sonido límpido, jugando con las armonías abiertas y los trinos, unas dinámicas bien controladas, y un canto bien definido destacaron en el primer movimiento; en el Adagio espressivo, muy cuidada estuvo la tímbrica y el trazo se vislumbró con claridad entre los dos músicos, recreando una atmosfera encantada. Los dos últimos movimientos se desarrollaron con fluidez como un compendio de las cualidades escuchadas a lo largo de la velada, dejando un muy buen sabor de boca y entusiasmo entre el público.

Siguieron dos bises: más Beethoven con una de las variaciones del Op.107 y Schumann con el tercer tiempo de su Sonata núm. 1 para violín y piano. Broches perfectos para la intensa y a la vez amena noche. Kavakos se confirma como uno de los violinistas de primerísimo nivel actualmente: muy completo desde el punto de vista técnico, posee además un sonido amplio y rico de matices. Y sobre todo destaca la inteligencia musical y la concentración, de lo cual hay que agradecer también a Enrico Pace que se revela un compañero ideal. Ambos supieron devolver un Beethoven vital, complejo y completo, para nada amanerado: ¡un Beethoven así merece ser celebrado siempre!

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