En la iglesia del Monestir de Sant Feliu de Guíxols, no demasiado adaptada para este tipo de velada y bajo un calor francamente agobiante, el tercer concierto ofrecido por Europa Galante dentro del veterano Festival de Porta Ferrada de Sant Feliu de Guíxols convocó al público a una sesión de barroco italiano con epicentro en una infrecuente selección de arias operísticas vivaldianas, intercaladas con piezas instrumentales por el pequeño conjunto dirigido por Fabio Biondi.
Revisando constantemente la afinación, Europa Galante abrió la sesión con ese nervio que caracteriza su interpretación de la Sonata para dos violines y bajo continuo, “La Follia”, de Vivaldi: saltos de cuerda, legato, continuum de fuerza y articulación staccato, sentido discursivo que fueron almidonadas por una claridad textural notable. A ello se sumó el liderazgo de Biondi desde el primer violín, con ese control y esa comunicación con los demás músicos mediante la mirada y la expresión corporal que permiten mantener la tensión del discurso sin perder flexibilidad. Una concepción igualmente perceptible en el Concerto a 7 en la mayor de Michele Mascitti o en la Sinfonia en si bemol mayor de Pugnani, donde el conjunto volvió a mostrar una sólida concertación y un cuidado trabajo de articulación en sus contrastantes cuatro movimientos.
Por su parte y como potente reclamo de la velada, Tina Gorina confirmó que el barroco es también un repertorio afín a sus cualidades vocales y ofreció las credenciales que justifican la confianza de Biondi durante los últimos años en proyectos en el extranjero y en grabaciones de títulos como Halka de Moniuszko y Un giorno di regno de Verdi. Comenzó con un aria de ribetes más líricos que de pirotecnia vocal, «Sposa son disprezzata», de Merope de Geminiano Giacomelli, en la que destacó ya por la gran línea, el fraseo y un estado de forma vocal excelente contrastando la estructura tripartita del da capo con una sección central más declamada frente al carácter de lamento de las secciones primera y tercera.
Le siguió el aria vivaldiana “Fra catene”, muy bien apoyada en la exhibición de coloratura, un vibrato depurado y la delineación de las voladuras rítmicas ornamentales de la sección central. A ello añadió una notable homogeneidad en toda la extensión, con ascensos agudos picados de gran precisión y nada estridentes, que comenzaron a animar al público. Fue la antesala de la resolución magistral de “Amato ben”, de Ercole sul Termodonte, y “Spesso fra vaghe rose”, de Bajazet. Si en la primera lució un sentido cadencial del fraseo inteligente al final de las secciones, unido a una dicción cuidada fruto de una articulación muy estudiada, en la segunda mereció poner al público en pie por su dominio de la coloratura y su expresividad. La cadencia culminó con un re sobreagudo atacado sin atisbo alguno de dureza, sostenido, sin tirantez ni rigidez, en una hermosa prolongación que habla tanto de estilo sin manierismos como de un estado de forma que obliga a preguntarse por qué una voz y una cantante como ella no circula más a menudo por los teatros españoles.
Cerró el programa “Lascia ch’io pianga”, de Rinaldo de Händel, planteada con matices en cada exposición estrófica acordes a una bien planificada diversidad retórica de los afectos tan en boga en la época, tanto en el tempo como en la ornamentación, la expresividad y la habilidad del legato. Como bis, “Ombra mai fu”, de Xerxes, permitió prolongar esa línea de refinamiento y holgura vocal dejando, al mismo tiempo, la sensación de que Gorina posee argumentos suficientes para escucharla más.

















