Tras décadas ausente de su presencia en la isla (recuerdo una en los ochenta con el protagonismo del añorado Alfredo Kraus), la inmortal historia basada en Shakespeare vuelve con una producción propia del Auditorio de Tenerife bajo la dirección escénica de André Heller-Lopes y musical de José Luis Gómez. Las cuatro funciones previstas resultaron del todo accidentadas debido a varias súbitas cancelaciones y aplazamientos a consecuencia de las inclemencias meteorológicas sufridas en las islas, sin demérito del interés artístico de la propuesta.

Destacó la trabajada dirección del citado Heller-Lopes con gran protagonismo de una iluminación sabiamente utilizada y unos decorados y vestuario de tono ecléctico, con lo que se lograba gran efecto visual. Cabe resaltar también de esta faceta el cuidado movimiento escénico de los participantes sobre las tablas, que otorgó gran dinamismo y resultó muy atractivo. En cuanto a las voces, la pareja de enamorados, a cargo de la soprano Sofía Esparza y el tenor Airam Hernández, exhibió una elegante linea de canto, un perfecto empaste vocal y una compenetración actoral digna de los desdichados amores que se narran. El tenor comenzó su intervención un tanto frío: pero su dosificada energía fue aumentando hasta consumar una excelente actuación. Fraseo cuidado, bello timbre y pasión dominaron su siempre bienvenida presencia.

La Juliette de Esparza derrochó juventud y frescura, fijando con gran seguridad los continuos agudos y, en perfecta conexión con su partenaire, lograron ambos una interpretación muy sólida, resaltada en los numerosos dúos de amor que conforman la ópera. De los personajes secundarios son dignas de destacar las actuaciones del consolidado Simón Orfila como Frére Laurent y el Mercutio de Fernando G. Campero, dos voces rotundas de bello timbre que solventaron sus partes con gran brillantez. Sobresalió asimismo la mezzo canadiense Christina Campsall en el agradecido rol de Stephano, servido con gracia, seguridad y agilidad. El resto de secundarios se movió en lo rutinario, especialmente frente al buen nivel de los anteriores, y sí que habría margen de mejora en la elección de estos pequeños papeles que no dejan de tener su relevancia durante el desarrollo de la obra.

El Coro Titular Ópera de Tenerife-Intermezzo, de gran protagonismo en este título, bajo la dirección de Miguel Ángel Arqued acreditó su buen hacer, una perfecta afinación e implicación escénica, logrando emotivos momentos de gran belleza sonora, especialmente en los actos I y III. El conjunto se ha erigido como una de las piedras angulares de la temporada de ópera por la calidad que muestra, acreditando un cuidado trabajo en toda clase de repertorio. Por su parte la Orquesta Sinfónica de Tenerife acometió desde el foso su importante aportación sin fisura alguna que destacar y donde todas las secciones cumplieron sobradamente en su habitual linea de excelencia y adaptación a todo tipo de repertorio. La batuta de José Luis Gómez impuso amplias sonoridades, mostrando en todo momento su control sobre los tiempos y la concertación entre foso y escena, sin veleidades efectistas y sabiendo subrayar los momentos más íntimos y delicados con los de explosiones emocionales y dramáticas, que tan bien se le daban a Charles Gounod.

En general la representación discurrió, dentro de la anteriormente dicha accidentada programación, por otra parte fuerza mayor, por cauces de brillantez y profesionalidad fuera de toda duda. A la espera de los últimos títulos de la temporada no nos queda sino esperar ansiosos el anuncio de la próxima en el firme deseo de que se siga por este camino.




















