Hace cinco años, Gerard Mortier le confesó a Mauricio Sotelo que, a pesar de lo mucho que admiraba la obra surrealista de Lorca El Público, no llegaba a comprenderla del todo. Pensó que quizá la música podría arrojar algo de luz sobre su oscuro significado y consideró que a través de una ópera la obra adquiriría su máxima expresión artística. Tras un laborioso proceso creativo, el estreno mundial que tuvo lugar el martes parece dar la razón a Mortier y ofreció una colosal versión de la obra maestra de Lorca, al tiempo que nacía una de las mejores óperas del nuevo siglo.

El Público de Lorca puede definirse como un campo de batalla abstracto en el que un director de teatro confronta su amor por otro hombre bajo la sombra de su matrimonio con una mujer. El escenario se convierte en un desfile de metáforas vivas que guían al director a través de un laberinto de pasión y sacrificio, un proceso de exploración artística que concluye en un inmenso vacío, solo poblado por la  presencia fantasmagórica del público. Es fascinante como el libreto de Andrés Ibáñez, utilizando solo parte del texto original, ha mantenido su tono e incluso a engrandecido su radical surrealismo. Todo en el texto invita a la música a llenar los rincones más oscuros de la obra y a materializar su ritmo subyacente.

La partitura de Mauricio Sotelo es una brillante e inverosímil integración de música espectral y flamenco. La transición entre los lenguajes musicales es sorprendemente fluida y el flamenco, un lenguaje que Sotelo domina a la perfección, envuelve la estructura armónica, dando la impresión de un continuum musical. Utiliza una orquesta de cámara (los inigualables Klangforum Wien dirigidos por Pablo Heras-Casado que ha demostrado, una vez más, ser uno de los mejores directores de su generación), formada por 34 instrumentos y liderada por una guitarra española, cuyos sonidos se extendían tridimensionalmente por toda la sala gracias a un envolvente sistema de amplificación. La melodía es constantemente destruida por un ritmo puro y primitivo, marcado por los cascos del tercer caballo (interpretado de forma sublime por el bailaor Rubén Olmo) y el impresionante percusionista Agustín Diassera. Más que una ópera, Mauricio Sotelo ha escrito la partitura de un ritual antiguo, perdido en las brumas oníricas del surrealismo pero con reminiscencias de algo ancestral y oscuro.

Para mostrar el complejo conjunto de personajes que requiere el libreto, Sotelo ha elegido una disposición vocal clásica con líneas escritas cuidadosamente y que ofrecen el suficiente contraste cromático. Los papeles protagonistas están a cargo de dos barítonos. José Antonio López, ligero y lírico, ofreció una interpretación magnífica como Director, al límite de sus capacidades vocales, con intenso y trágico fraseo y una convincente actuación. Thomas Tatzl, una voz más oscura, es una joven promesa aún por alcanzar toda su madurez, pero hizo un buen trabajo como Gonzalo, con una clarísima dicción del castellano.

Los dos caballos, que actuaban como una suerte de corifeos dando expansión lírica al drama, son interpretados por dos extraordinarios y complementarios cantaores flamencos: Arcángel, con una conmovedora voz lírica, y Jesús Méndez, de canto más oscuro y roto. El tenor Erin Caves estuvo correcto como Emperador/Mago, un papel muy exigente que representa la fuerza bruta y la rudeza masculina. El papel de Julieta tiene toda una aria de coloratura en la tercera escena (bien interpretada por Isabella Gaudí), que sin embargo no llega a encajar en el resto del discurso musical. Finalmente, Antonio Lozano estuvo bien como el pastor y el tercer hombre, pero algo decepcionante en el seductor papel del caballo negro de la tercera escena.

Una de las razones para el indiscutible triunfo de El Público es el trabajo en la escena de un excepcional equipo artístico que ha sabido no solo respetar el surrealismo de la pieza y la sutileza de la música, sino también desarrollar ese código abstracto, creando una fascinante interpretación visual. El director Robert Castro ha diseñado un estilizado lenguaje corporal que evita toda referencia realista en la acción. La escenografía de Alexander Polzin es extremadamente sencilla pero tiene una cautivadora fuerza icónica, ofreciendo algunos de los mejores momentos de la noche: los espejos en la cuarta escena, un recurso ya visto pero muy bien utilizado; y el escenario desnudo en la quinta escena. El vestuario de Wojciech Dziedzic transmite con sutileza la esencia de cada personaje. La iluminación de Urs Schönebaum contribuyó a una descorazonadora escena final.

Además de ser una magnífica ópera, El Público ejemplifica una manera de comprender este arte que parece estar en declive tras la reciente pérdida de algunos de sus profetas. Este "teatro bajo la arena", como Lorca lo denominó, está basado en la tragedia más puramente agonística: el teatro como una dolorosa y constante lucha por revelar lo que se esconde tras la máscara, la tragedia como un sacrificio iniciático que lanza un proceso de autodescubrimiento. El Público se muestra como la oposición simétrica a Les contes d'Hoffmann de la pasada temporada, llevada a escena por Christoph Marthaler, donde el arte era el consuelo romántico de un alma agotada; y desarrolla la invitación dionisiaca al altar del teatro que Warlikowski montó hace algunos años para Król Roger. Pero a pesar de esa agonía y dolor, los trajes de la tercera escena acarician sus caras vacías y no encuentran nada bajo la máscara. Una vez más, siguiendo un rastro glorioso de pasos perdidos, el escenario desierto recreó el misterio trágico de la ópera.

Traducido del inglés por Katia de Miguel

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