"No necesito mirar, ¡ya he compuesto todo esto!". Fue lo que le dijo Mahler al director Bruno Walter cuando este admiraba el paisaje de Steinbach que había inspirado la Tercera sinfonía. Toda una afirmación, ciertamente, pero no era solo este bello escenario alpino lo que Mahler quiso evocar en su monumental obra. Tenía en mente algo más grande: el mundo en sí mismo. ¡Qué directrices para el director y los intérpretes! Afortunadamente, cualquier duda acerca de si la música puede aunar todas las vistas y sonidos de la naturaleza se desvaneció con la cautivadora interpretación ofrecida por la incrementada plantilla de la OBC y los tres coros –Aglepta, Voxalba y Sant Cugat– bajo la dirección de Pablo González, con Christianne Stotijn como solista.

© Marco Borggreve
© Marco Borggreve
La escena se definió desde el primer momento cuando la sección de trompas sonó en triunfal unísono, campanas al vuelo. Los efectos del caldo de cultivo que hay a continuación –los amenazadores fagots y agudos trémolos en las cuerdas, las mordentes trompetas y el tectónico bombo– evocaron un mundo donde se alternaba el más profundo terror con el misterio más oscuro. Mahler le comentó a la violinista Natalie Bauer-Lechner en una carta, que algunos pasajes le atemorizaban; y no fue menos lo que yo no sentí según la música volaba alrededor nuestro durante la media hora que dura este colosal movimiento. Incluso la aparentemente calmada sección de la marcha tampoco fue del todo tranquilizadora con los estrepitosos metales y las atronadoras cuerdas graves, para volver rápidamente a los horrores de la sección precedente.

La dulzura de los violines y los solos de trompa parecía que abanderaban un aparente orden, pero a cada poco, los chelos y contrabajos liberan al monstruo de sus grilletes, desencadenando frenéticos juegos maravillosamente salpicados por las agudos vientos. Especialmente notable fue el rico sonido del trombón de Eusebio Sáez, capeando las transiciones entre la amenaza y la calma con profunda confianza y precisión. La animada conclusión de los metales fue eléctrica, llena de una energía que resonó hasta el último acorde.

Mahler dio el nombre “What the flowers in meadow tell me” al segundo movimiento, Tempo di Menuetto, Sehr mässig. Al final, omitió esto y los otros subtítulos del programa. En cualquier caso, era difícil no tener la vegetación en mente durante este evocativo momento, sus melodías oscilantes, sustentadas por los vivos pizzicati, dieron paso a los arremolinados vientos madera y cuerdas. Por desgracia, los embriagadores aromas de los campos estivales dieron paso a un leve olor desagradable debido a la afinación al final, sin duda, en la sección de primeros violines hubiera hecho falta alguna siega.

El mal olor no perduró, en cualquier caso, y el tercer movimiento (Comodo. Scherzando. Ohne Hast) estuvo magníficamente controlado, incluso en los momentos más enardecidos, con la ayuda de la ligera dirección de González. La verdadera belleza la invocó el solo de la corneta de posta, que sonó de lejos, sobre la bruma veraniega alpina que envolvía la sala. Desde luego, no había necesidad de mirar, –la corneta de posta bien fuera de la vista– el absoluto silencio de la audiencia indicaba que todo estaba bajo el hechizo del paisaje sonoro de Mahler.

Las atmosféricas y apenas audibles cuerdas graves transportaron a la audiencia a la oscuridad de la noche para el cuarto movimiento: una adaptación de “Canción de medianoche” de Así habló Zaratustra, de Nietsche, para contralto solo. La mezzosoprano alemana Christianne Stotijn estuvo sublime, entresacando la musicalidad de las palabras de Nietzsche de una manera absolutamente armoniosa con la música que le acompañaba. La inquietante cualidad de la voz de Stotijin tenía más reminiscencias de una contralto que de una mezzo y se ajustaba perfectamente sobre la escueta orquestación, controlando el largo fraseo magníficamente. Una ligera reducción en la segunda iteración de “O Mensch!” añadió una sutil sensación de apremio al discurso de Stotjin, y la sala quedó contemplando la naturaleza de la eternidad según las cuerdas se desvanecían en el silencio.

El coro de niños rompió en su “Bimm Bamm!” cuando aún arrancaba el comienzo del quinto movimiento, consiguiendo un maravilloso contraste con el clima previo. El texto, tomado de una colección canciones tracionales alemanas titulado Des Knaben Wunderhorn, sobre la dulce canción de tres ángeles. Los tres coros y estuvieron a la altura del papel y cantaron con una clara pronunciación y un juvenil espíritu.

González comenzó un último movimiento (Langsam. Ruhevoll. Empfunden) exquisitamente delicado. Perfectamente empastadas, las cuerdas dieron vida a la música (casi podía escucharla respirar) y la suavidad la hacía incluso más mágica. Esta belleza interminable se mantuvo a lo largo de todo el movimiento, a pesar de su extensión, y el cierre triunfal resultó una de las experiencias más sobrecogedora y con más carga emocional que haya tenido en una sala de conciertos. Los intérpretes se movían como uno solo, visiblemente conmovidos por el inmenso viaje en el que habían embarcado a la audiencia. Y qué viaje. Estaba mirando, sí, veía a la OBC dar todo de sí mismos, pero nunca había estado tan seguro de estar escuchando al mundo.

Traducido del inglés por Katia de Miguel