Stéphanie d’Oustrac y Cyril Auvity, dos protagonistas de excepción, defienden con interpretaciones memorables la obra cumbre del tándem Jean-Baptiste Lully—Philippe Quinault, Armide, en una versión de concierto problemática de Vincent Dumestre, al frente de su agrupación Le Poème Harmonique. Todo un acontecimiento, dada la llamativa parquedad de la oferta del barroco francés escénico en Madrid.

Stéphanie d'Oustrac (Armide) © Javier del Real | Teatro Real
Stéphanie d'Oustrac (Armide)
© Javier del Real | Teatro Real

D’Oustrac es una trágica imponente. Su Armide domina la escena: pasional, herida de amor. Vocalmente en plena forma, controla perfectamente las dinámicas con intencionalidad dramática: sus agudos penetrantes reflejan la fuerza de su rabia y su desesperación desgarradora, sus piani, la ternura que desea. Cuida el texto magistral de Quinault al detalle, dándole a cada palabra el peso y valor justos, mimando la cadencia y las pausas. Al pronunciar por primera vez el nombre del objeto de su amor, es como si lo saborease con anhelo. Su interpretación del célebre monólogo "Enfin, il est en ma puissance" fue modélica.

Frente a ella, el Renaud de Auvity, máximo exponente actual del haute-contre, tesitura de tenor agudo asignada a los papeles heroicos en el barroco francés. Compuso un héroe ideal, impecable en la pureza de su tono y la belleza etérea de su canto, de una emisión y proyección perfectas, resolviendo con soltura una línea melódica que Lully lleva insistemente a las alturas, y que en su voz es como una caricia. Su declamación y dicción fueron inmejorables. Este fue teatro de altísimo nivel. Las escenas que comparten Armide y Renaud en el acto V resultaron especialmente conmovedoras, tanto la de amor que lo abre como la de separación final.

Cyril Auvity (Renaud) © Javier del Real | Teatro Real
Cyril Auvity (Renaud)
© Javier del Real | Teatro Real

El resto del reparto ofreció interpretaciones sólidas, destacando David Tricou como Amante afortunado y Marie Perbost en los papeles de la Sabiduría y Phénice. Admirable también el coro, preparado por Jean-Sébastien Beauvais, cuya escena del sueño del acto II, rodeando en el borde del escenario al recostado Renaud, cantada a capela por las voces agudas proporcionó momentos de puro deleite y paz.

Si la implicación actoral de los cantantes no quedaba en duda, más desconcertante resultaba el producto ofrecido: anunciado como versión de concierto, hubo algo de movimiento escénico pero no parecía coordinado: más una suma de iniciativas individuales que una visión global coherente. Las acreditadas tablas de los protagonistas salvaron su potencia como tragedia, pero la dependencia de la partitura en bastantes momentos detrajo del efecto global. A veces daba la impresión de estar asistiendo a un ensayo.

Vincente Dumestre y Le Poème Harmonique © Javier del Real | Teatro Real
Vincente Dumestre y Le Poème Harmonique
© Javier del Real | Teatro Real

Claro que dada la operación practicada sobre la obra de Lully y Quinault por parte de Dumestre, aventurarse sin partitura podría haber resultado una empresa demasiado arriesgada, sobre todo sin la adecuada preparación previa. De las dos horas y media de música, Dumestre elimina media hora. Desaparecen bajo su tijera réplicas, da capos, repeticiones, bailes, coros y hasta escenas enteras, cortando totalmente el papel de Lucinde, sin embargo anunciado y descrito en el programa de mano. Esta mutilación difícilmente comprensible le hacía flaco favor a la obra, destrozando sus simetrías internas y su equilibrio.

No destacó precisamente por su pulcritud la dirección de orquesta. Los numerosos desajustes —clamorosos en el famoso pasacalle del acto V, pasaje emblemático del barroco francés—  apuntaban a una falta de ensayos; sin duda llegarán más rodados al resto de la gira. Hubo momentos destacables, como el acompañamiento de los instrumentos de viento en la escena del sueño, pero en algunos otros, Dumestre imponía una lectura amanerada e incluso efectista, poco ajustada al estilo.

Las ovaciones cerradas a Auvity y D’Oustrac permiten albergar la esperanza de que podamos volver a disfrutar de este repertorio tan mal tratado en Madrid, quizás en un acercamiento que abrace al género en toda su plenitud, como se merece.