Goya es el principal hilo conductor de este espectáculo, coproducción de la Ópera de Oviedo y el Teatro Cervantes de Málaga (2003), concebido, diseñado y dirigido por Paco López, quien enmarca Goyescas y El retablo de maese Pedro en una ficticia soirée musical celebrada durante los años veinte en casa del pintor Ignacio Zuloaga en París, y presentada como una serie de flashbacks desde 1939 entrecortados por la lectura de cartas y la proyección de imágenes de época. Si la presencia de Goya era de esperar en la parte dedicada a Granados, López deja su impronta también en la de Falla, cubriendo las caras de los espectadores del retablo con máscaras grotescas tomadas de los carnavaleros en El entierro de la sardina, que proyecta en escena y cuyo estandarte enarbolan los bailarines. Sus cuadros cuelgan de las paredes.

En la imaginaria fiesta se da cita la flor y nata del París artístico, su lujo patente en los refinados modelos diseñados por Jesús Ruiz, cuya reinterpretación de los trajes goyescos es especialmente inspirada. López mueve a sus personajes de forma hábil y natural por un espacio escenográfico configurado por elementos sencillos pero dispuestos con inteligencia que proporcionan cuatro planos distintos, amplio espacio para el baile y una sensación de profundidad gracias a pinturas y espejos, así como variedad de ambientes e iluminación. El conjunto es visualmente atractivo y sugerente.
Destaca en esta vistosa rememoración nostálgica la coreografía de Olga Pericet. Sin rehuir lo festivo, Pericet explora las posibilidades comunicativas de la danza, con una fuerza nada común en las producciones líricas ofrecidas en este teatro, sirviéndose de un abanico de estilos que abarca desde el flamenco renovado de La Argentina hasta lo contemporáneo, pasando por la escuela bolera, desplegados de manera pertinente y eficaz. Sobresale la magnífica encarnación, sensual y vivaz, de La Argentina por Marina Walpercin, que además interpreta el papel alegórico del Ideal, así como la intensa expresividad corporal de Joan Fenollar y Cristina González en los igualmente alegóricos espectros, de rostro tapado. El cuerpo de baile ofrece bellos cuadros goyescos y refuerza la acción de los solistas en la trama paralela montada por López.

Pero, como advierte el Trujamán cervantino en una frase no musicada por Falla, «de la prolijidad se suele engendrar el fastidio». Las delicadas composiciones de Granados y Falla, en lugar de brillar engastadas como joyas, se ven lastradas por marcos pesados que las abruman. Las referencias y los planos espaciotemporales se multiplican, las citas literarias y audiovisuales reclaman un protagonismo que confunde; en lugar del habitual canturreo, tan entrañable como molesto, del público de la Zarzuela, se oían protestas y quejas: «No logro seguir la trama», «No entiendo nada». La erudición le gana el pulso al teatro y tanto el espectador como las composiciones salen perdiendo. No faltan los momentos de poesía visual, como las muertes paralelas de Fernando en Goyescas y su creador Granados, con su esposa, en segundo plano, o la gradual difuminación de contexto y límites en la representación de ambas óperas, que nos acaba sumergiendo en ellas, pero el aparato dramatúrgico las más de las veces distancia. La solución de López al problema de la escala en el Retablo, convertir el espectáculo de títeres en proyección de cine mudo —muy divertido el moro lascivo de Eduardo Aguirre de Cárcer—, conlleva nuevos problemas, cuya resolución no convence.

Musicalmente, los resultados fueron más satisfactorios. César San Martín y Mónica Redondo interpretaron con gracia y estilo al torero engreído y la maja salerosa. Enrique Ferrer compuso un capitán gallardo, aunque sufre en el agudo y el vibrato es muy marcado. Raquel Lojendio, su enamorada, bordó su romanza y en la segunda parte ofreció, en puntas y demostrando su formación de bailarina, una elegante interpretación de la Psyché de Falla —una inserción quizás algo incongruente, pero bienvenida por lo infrecuente de la canción. Gerardo Bullón, caracterizado de Falla, dijo bien sus líneas y encarnó un Don Quijote robusto vocal y escénicamente. Perfectos también Lidia Vinyes-Curtis como Princesa de Polignac interpretando al Trujamán y Pablo García-López como un maese Pedro nunca más amanerado que cuando desaconseja al niño cualquier afectación, probablemente los titiriteros más glamurosos que haya conocido la obra de Falla. Hubo cierta descoordinación entre orquesta y coro en el primer cuadro de Goyescas —tampoco les ayudaba en nada a los cantantes el texto alambicado de Fernando Periquet—, pero Álvaro Albiach supo darle al baile de candil el ritmo deseable y a la romanza, el lirismo que pide. Su versión del Retablo fue transparente y liviana, una delicia.

