El Ciclo de Cámara del Círculo de Bellas Artes continúa proponiendo recitales de intérpretes que presentan una actividad artística inconmensurable. Siempre nos descubre a grandes personalidades del teclado, a verdaderos artistas que acometen cualquier partitura con el rigor del estudio completo, donde los términos comunes de técnica y expresión, si es que acaso son cosas distintas, se encuentran en el objetivo mayor de dar vida a verdaderas obras de arte redactadas en formato partitura. Esta vez nos han presentado a Anna Vinnitskaya, una pianista de expresión sobresaliente, cuya maestría ante el teclado no ha podido dejar a nadie indiferente.

Anna Vinnitskaya © Nacho Martín | CBA
Anna Vinnitskaya
© Nacho Martín | CBA

El programa escogido ya da fe de un criterio estructural bien planteado, con un elemento narrativo coherente en el entramado de grandes obras del repertorio pianístico, planteado en sólidos bloques donde no tienen cabida las meras colecciones de piezas de propina. Comenzó el concierto con tres obras de Ravel, siempre tan delicado y meticuloso. Pero en esta ocasión, y empezando por la Sonatina, no hubo un regocijo sugerente en la bruma sonora, sino un enfoque rítmico preciso y un sonido generoso y directo que nos permitió acceder a la obra desde un punto de vista diferente. Igualmente ocurrió con la famosa Pavana para una infanta difunta; aquí, la percepción de la estabilidad rítmica y la precisión del tempo, perfectamente ajustado a la lentitud majestuosa que se le atribuye a esta danza, primaron sobre el sentimentalismo exagerado con que suele expresarse esta obra magnífica. Culminó el momento Ravel con una vertiginosa interpretación de Jeux d’eau, donde la pianista fue capaz abordar la enorme cantidad de notas en líneas coherentes, sinuosas y explosivas, además de dejar una muestra enérgica de su capacidad para solventar con naturalidad y desparpajo cualquier dificultad técnica que pueda aparecer.

Continuó el recital con la soberana Sonata núm. 3 de Scriabin. En esta obra de gran complejidad, donde Scriabin transita hacia un lenguaje más personal, logró Vinnitskaya sobrecoger con un ataque provisto de tensión emocional, cargando la interpretación de una profundidad expresiva claramente perceptible. Aquí resultó particularmente interesante la coherencia narrativa de la interpretación, dado que sus componentes transitan por la tensión, la inquietud, el lirismo introspectivo y la exageración emocional. Todos estos elementos convivieron en la interpretación de Vinnitskaya, precisa y sin rigidez, atenta al control de una energía desbordante que se sostiene hasta el final. Huelga decir que se mostró apabullante en la resolución de los dificultosos pasajes rítmicos propuestos en particular para la mano izquierda.

Anna Vinnitskaya © Nacho Martín | CBA
Anna Vinnitskaya
© Nacho Martín | CBA

A continuación, tras el breve descanso, le llegó el turno a los eternos Tres intermezzi, op. 117 de Brahms. En conjunto resultó un contraste necesario y hábil respecto a la obra anterior, toda vez que si aquella requería expansión y dramatismo, esta solicita intimidad, concentración e introversión. Ahora aconteció una nueva destreza de la pianista rusa, pues ninguno de los Intermezzi tolera el exceso, y por ello accedimos a una visión con dinámicas más tenues, sonidos cálidos y perspicacia a la hora de extraer melodías ocultas dentro del entramado de notas que propone Brahms. Fue un momento de gran equilibrio de contención, pero con un tempo fluido que sirvió para destacar el carácter declamatorio del conjunto.

Y se dejó, seguramente, lo mejor, para el final, con la obra que cerró el programa, las audaces y fascinantes Variaciones sobre un tema de Corelli, de Rajmáninov, inspiradas asimismo por la famosa Folía. A la tremenda dificultad evidente de dar sentido a un conjunto de variaciones contrastantes, le añadió Vinnitskaya una gran maestría a la hora de abordar los cambios bruscos de carácter, tempo y textura, dando unidad al diálogo de variaciones breves con otras de mayor desarrollo, y permitiendo la convivencia de emociones variopintas, con momentos de mucho humor.

Como cabía esperar de este concierto, y dada la cálida acogida, nos ofreció la Anna Vinnitskaya dos propinas, una Romanza de Mendelssohn y el primero de los Valses nobles y sentimentales, de Ravel, con cuyas sonoridades culminó el recital, dejándonos deseosos de escuchar la obra completa en el próximo recital que ofrezca en Madrid, que esperamos que sea más pronto que tarde.