Pocos conciertos se viven con la intensidad del que ofreció Nasmé Ensemble en el Palau de la Música de València. La brisa que evoca su nombre —así se traduce nasmé— se transformó en recio viento de entusiasmo y protesta: entusiasmo por la refinada interpretación de un repertorio atractivo y protesta por el genocidio del pueblo palestino. Una postura que ni el director del conjunto, Michael Barenboim, ni sus músicos quisieron disimular.

El programa conjugó composiciones de autores europeos con otras de creadores palestinos. La lectura del Quinteto con clarinete en la mayor, de Mozart, destacó por su belleza. El joven solista, Ibrahim Alshaikh, aportó un sonido terso y ligero, bien empastado con el del conjunto. Lideró sin ser autoritario. En el Larghetto —menos célebre y menos cinematográfico que el Adagio del Concierto para clarinete, pero igual de hermoso— se apoyó bien en la viola de Katia Abdel Kader y en el violín de Hisham Khouri para pulir su tornasolada interválica. Además, ofreció un atrayente fraseo, extremando el pianísimo al retomar el tema inicial. Tras una precisa primera sección del Menuetto, las cuerdas jugaron bien su baza expresiva en el trío en formación de cuarteto y convirtieron las variaciones del último movimiento en un vigoroso dos contra tres. Si el solista dotó a su melodía de un claro aliento cantable en el movimiento lento, en el Allegretto resolvió con gracia la coloratura y los amplios saltos de registro. La segunda obra fue el Quinteto para cuerdas núm. 1 de Bottesini, dedicado al operista Saverio Mercadante. La presencia del contrabajo —instrumento emblemático del compositor— enriquece la partitura, y en Fadwa Qamhia encontró una defensora sólida. El conjunto mostró un notable sentido constructivo, desde el desarrollo del primer movimiento hasta el Finale de doble carácter: danzable en su primera sección y de dramatismo operístico la segunda. El Scherzo dejó entrever cierta pátina folclórica y el Adagio se desenvolvió en una atmósfera de sugerente misterio.

Entre los compositores palestinos, el primero en sonar fue Salvador Arnita, con una reducción para quinteto del Andante meditativo de la Sinfonía para orquesta de cuerda núm. 1: una página de factura escolástica, introducida por la carnosidad de la viola. El segundo fue Kareem Roustom con Cantos y danzas palestinas. Esta partitura, estrenada en 2024, integra diferentes elementos y costumbres tradicionales. Su estructura es compleja: cuatro movimientos sin interrupción, el último subdividido a su vez en tres secciones, cada una correspondiente a un canto de boda distinto. Más allá de su riqueza rítmica, brilló especialmente el trabajo tímbrico del ensemble. El clarinetista transformó su instrumento en una suerte de mizmar —aerófono tradicional de lengüeta— mediante alteraciones de afinación cercanas a la scordatura. El quinteto también modificó su entonación y textura al colocar cuñas de papel de aluminio en el cordal, mientras chelo —Genwa Khazen, otras veces lírica— y contrabajo asumieron funciones percusivas en los pasajes finales. La última canción, “Dios bendiga al pintor de henna”, se convirtió en una celebración compartida con el público.
Los asistentes, puestos en pie lucieron kufiyas —como la propia contrabajista—, ondearon alguna bandera y corearon consignas en favor del pueblo palestino. Antes de abandonar la sala, aún llegó un obsequio final: un sentido Allegretto pastorale, nuevamente, de Arnita, que serenó el ambiente sin rebajar la emoción.

