Dirigido por Martín Lebel, la Orquesta Sinfónica de Xalapa unió fuerzas con la soprano Graciela Morales, la mezzosoprano Harumi Castro, el Coro Universidad Veracruzana y la Camerata Coral de la Facultad de Música para interpretar la Sinfonía núm. 2, de Gustav Mahler.

El primer movimiento, una marcha fúnebre en la que el héroe de la sinfonía se entierra, procedió con el tempo y ritmo adecuado para su carácter, lúgubre a la vez que tempestuoso. Los platillos —que juegan un rol importante a lo largo de la sinfonía— carecieron de resonancia fuerte, sobre todo cuando se golpeaban con la mano. En algunos momentos, los planos orquestales se desquilibraron, quizás más notablemente justo después de la cesura que comienza el clímax del desarrollo: aquí, los tresillos fortississimo de las trompetas no se escucharon entre la textura tutti. También se sintió que a veces los contrastes que Mahler pedía (de pianississimo a fortississimo) no fueron ejecutados con la intensidad deseada. Pero en general fue un movimiento efectivo que concluyó satisfactoriamente.
Aunque Lebel no tomó los cinco minutos de pausa que Mahler sugirió entre los primeros dos movimientos, con la reafinación de la orquesta y la entrada de las dos solistas el escenario, se efectuó el descanso necesario. El segundo movimiento representó fielmente el ländler austriaco con un ritmo implacable. Algunas de las secciones pianississimo se escucharon más fuerte que eso, pero además, fue un movimiento bastante bien ejecutado, especialmente la sección en pizzicato. La figuración final de las arpas le dio un cierre perfecto.

Los dos timbalistas lucieron en el scherzo, haciendo que la música realmente suene como Mahler describía: “un baile visto a través de una ventana, sin poder oír la música, con los giros y contorsiones de las parejas careciendo de sentido…el mundo se ve así: distorsionado y enloquecido, como en un espejo cóncavo”. Los vientos de madera también tocaron con una destreza impresionante aquí, incluyendo el requinto que toca su melodía “con humor” para representar la ironía. El ruthe fue tocado inusualmente con las dos manos, lo cual varió la acentuación, aparte de este detalle, el movimiento resultó bastante bien ejecutado, con un “grito” espeluznante al final.
Harumi Castro empezó el cuarto movimiento con el poema de El cuerno mágico de la juventud. Aunque el acompañamiento orquestal fue adecuado, ciertos problemas de pronunciación del alemán y falta de atención de los crescendi y decrescendi restó un poco encanto al movimiento. De igual forma, la primera entrada de la voz nos preparó para el finale.

El finale empezó con una repetición del “grito” en todo su esplendor fortississimo. Los instrumentos fuera de escenario dieron una cualidad celestial al sonido, aunque una desafinación sutil bajó el efecto un poco. La famosa marcha de los muertos (“La tierra tiembla, las tumbas se abren, los muertos se levantan y marchan en procesión interminable”), aunque logró una un clímax estupendo con la semicorchea del platillo, no llego al Allegro energico que Mahler había marcado. La entrada del coro fue quizás lo que más interrumpió la sensación de éxtasis que prevalecía hasta entonces: en vez del pianississimo y “lento, misterioso, como desde muy lejos” indicado, entró más cerca a mezzopiano. Al momento de llegar a la peroración tutti, cantó con fuerza y resonancia, pero justo como el primer movimiento no enfatizó suficiente los contrastes dinámicos, pasó lo mismo aquí. A falta de órgano, había un teclado en el escenario, pero la amplificación no fue suficiente y no se escuchó. La sinfonía cerró jubilosamente, y aun con varios momentos de posible mejora, fue una interpretación conmovedora y valiente.

