No debe ser particularmente cómodo proponer un concierto de Mozart y Haydn, de carácter desenfadado y alegre, incluyendo obras para la danza y el regocijo, el mismo día en que nuestro entorno está desolado por las noticias que nos llegan, referidas todas al accidente ferroviario en Adamuz, Córdoba. La Camerata Salzburgo, a través de La Filarmónica, venía a ofrecer dos grandes obras del repertorio clasicista, junto a una de las Oberturas de Haydn y una serie de Minuetos de Mozart, y ha tenido el acierto de incluir en su programa, al comienzo de la velada, una sobrecogedora visión del Adagio de Barber como homenaje a las víctimas y a los afectados; un homenaje y un reconocimiento al que quisiéramos sumarnos desde este espacio.

Giovanni Guzzo dirige desde el violín a la Camerata Salzburgo © Rafa Martín | La Filarmónica
Giovanni Guzzo dirige desde el violín a la Camerata Salzburgo
© Rafa Martín | La Filarmónica

La inclusión de esta obra, que sin duda ha superado al completo Cuarteto para cuerdas al que originalmente pertenece, funcionó, asimismo, como un efectivo contraste, estilístico y temporal, para que el resto del concierto propusiera un mayor impacto emocional. Comenzó el concierto programado con la Obertura de “L’anima del filosofo” de Haydn, que el maestro compuso en 1791. Se agradece que alguien interprete al menos la Obertura, ya que a la ópera completa no parece que se le haga mucho caso en general. Aquí asistimos a una suerte de introducción de carácter solemne y dramático, una prefiguración sin duda del acontecimiento posterior, seguido del enunciado más rítmico y marcado de los dos temas principales, generalmente atribuidos a Orfeo y a Eurídice.

El pianista Dezsö Ránki © Rafa Martín | La Filarmónica
El pianista Dezsö Ránki
© Rafa Martín | La Filarmónica

Al cabo de esta Obertura se procedió al Concierto para piano núm. 27 de Mozart, sobre el que nos dicen en el programa de mano (por cierto, se agradecería aumentar el tamaño de la fuente para acceder con facilidad al brillante comentario) que los temas usados son simples. Y así son, efectivamente; y he aquí una de las grandes dificultades que superó notablemente el pianista Dezsö Ránki, pues, aunque parezca un lugar común, a veces es más fácil darle sentido a un tema largo y retorcido, que a uno más simplón. Pues ante ellos hay que recurrir (vuelve a acertar el texto) al elemento armónico y a otros recursos varios. Comprendió el solista la gran dificultad de proyectar un discurso coherente y bien hilado ante unos temas que no se prestan necesariamente para ello, ante la presencia de múltiples recursos técnicos que lo pueden desbaratar. Sorprendió la habilidad para proyectar líneas claras y dinámicas empleando un uso del pedal muy arriesgado, pero coherente.

Dezsö Ránki y la Camerata Salzburgo © Rafa Martín | La Filarmónica
Dezsö Ránki y la Camerata Salzburgo
© Rafa Martín | La Filarmónica

Sin propinas, pasamos directamente a la segunda parte del concierto. Comenzamos con los magníficos Minuetos que compuso Mozart, a los que la orquesta supo concederles el aire solemne y el desparpajo propio de una fiesta cortesana. Una oportunidad más para comprobar que el ritmo es una de las mejores habilidades del director Giovanni Guzzo. Sin embargo, no compuestos con intención sinfónica, se echó de menos la danza para cuya observancia fueron creados. Y a continuación, tal vez, la obra más interesante del concierto, la magnífica Sinfonía núm. 94 de Haydn, también llamada del “toque del timbal”, porque acontece este efecto tras un momento de paz en el Andante. Es una muestra ingenua del humor que subyace a la música de Haydn, y una gran dificultad para la orquesta, que supo transmitirlo a través de un ritmo fluyente y audaz, sin perder el control de la velocidad y del sonido propio de una sinfonía de 1791, con toda la elegancia característica.

Giovanni Guzzo © Rafa Martín | La Filarmónica
Giovanni Guzzo
© Rafa Martín | La Filarmónica

Tal vez por haber incluido el Adagio al comienzo del concierto, o tal vez porque el contexto no lo sugería, lo cierto es que ni la orquesta dio señales de proponer una propina, ni la audiencia la reclamó particularmente. En cualquier caso no era necesaria, porque la orquesta acababa de desplegar en el Finale-Presto una energía desbordante capaz de convertir la velocidad en elocuencia y el virtuosismo en alegría; una emoción que puso fin a este interesantísimo concierto.