De las tres sinfonías de Chaikovski programadas esta temporada por la Orquesta Sinfónica de Tenerife bajo el lema de “Libertad o destino”, hoy nos ocupa la primera propuesta. Bajo la dirección de Ana María Patiño-Osorio, la Sinfonía núm. 5 en mi menor, op. 64, supone un buen exponente del dilema planteado. Como preparatorio del plato principal, la primera parte del programa se compuso del Intermedio de la poco frecuentada ópera Goyescas, de Enrique Granados, y el Concierto para piano núm. 1 del maestro ruso con Alexander Melnikov al teclado.

La intrincada composición de Goyescas, que comenzó como una suerte de piezas para piano finalmente convertidas en ópera, no desmerece una delicada obra cuyo máximo exponente deriva en este evocador y melancólico interludio orquestal. En esta ocasión la versión ofrecida resultó algo plana, carente de esa emotividad intrínseca que debe adornar la breve pieza. No se apreciaron errores de factura, pero la interpretación resultó ausente de emoción y más bien de carácter rutinario.
Del muy difundido Concierto para piano núm. 1 de Chaikovski, cuyas maravillosas melodías iniciales intenta en vano recuperar el oyente a lo largo de su ejecución, no deja de constituir una exaltación del movimiento musical romántico en su mayor plenitud. Se inicia el mismo con diversos temas en Allegro, en el que se evidenció una divergente concepción de la obra entre batuta y teclado, más esforzada la primera en acentuar las arrebatadoras melodías iniciales, y más academicista, y fría si se me permite, la del solista. Sin graves fisuras que reprochar, más allá de algún desencuentro conceptual, la interpretación fue progresando hasta el Andantino semplice que prosigue en un Prestissimo; aquí sí, se atisbó esa comunión carente en el inicio, y supuso una mejora evidente en el discurrir de la velada. El Allegro con fuoco resultó ciertamente monótno, sorprendente en una obra tan dada al lucimiento de sus intérpretes. Melnikov, aparte de ciertos deslices, acreditó una técnica intachable, pero sin pasión, sin encender emociones ni transmitir la esencia de la obra.

Para la segunda, la batuta de Patiño-Osorio nos reservaba la Quinta de Chaikovski, impregnada de ese pesimismo vital que trufó la vida del compositor, en ocasiones menospreciado por un supuesto sentimentalismo y excesiva emocionalidad, que lejos de considerarlo un defecto, quienes amamos su obra lo tenemos por virtud. El tema de la “Providencia” que inicia el primer movimiento, y se reitera en los posteriores, requiere una delicadeza interpretativa de la que esta vez sí hizo gala la maestra, mucho más cómoda en el podio y dirigiendo de memoria. Un adecuado Andante inicial a cargo del límpido sonido de los clarinetes devino en los habituales climax sonoros de Chaikovski, bien manejados y concertados por Patiño-Osorio, resaltando, ahora sí, el lirismo y fervor, correctamente continuado en el segundo movimiento con una excelente prestación de la trompa solista. Algo rutinaria la visión del vals que sigue, donde de nuevo se echó de menos esa chispa emotiva. Como en una montaña rusa, el Allegro final cumplió sobradamente con las expectativas de brillantez, resaltando las ocho notas, motivo reiterativo de esta sinfonía, ahora en un tutti triunfal que da cierre a la obra.
En definitiva, presenciamos una interpretación un tanto irregular en cada uno de sus momentos, y de la que seguramente hubiera habido que pregonar un mejor rendimiento, para alcanzar una mayor excelencia de otras jornadas en el Auditorio de Tenerife.

