Concierto a concierto, cada vez se va haciendo más patente la sintonía entre público, orquesta y David Afkham. El programa contenía varios alicientes, con música coral de Brahms, siempre excepcionalmente bien escrita, una rapsodia para contralto con la presencia de Anne Sofie von Otter y una última parte con la Heroica de Beethoven. Vistas las convenciones formales de uno y otro compositor, en realidad el concierto era un recorrido diacrónico por un siglo de música alemana y sus ecos.

El mundo de la obertura de concierto siempre ha sido muy propicio para los presupuestos estéticos de Beethoven, en primer lugar, y de Brahms posteriormente. Su independencia de una pieza posterior, su capacidad para la sugerencia cautivaron siempre a la escuela alemana. El compositor bohemio no va a optar, obviamente, por recrear un poema sinfónico en miniatura, como hizo Mendelssohn con Las Hébridas, pero sí va a pretender explicar su vocación hacia la turbulencia sin necesidad de más narrativa que la propia de su música. La Obertura trágica, op. 81 fue menos atormentada de lo esperado, casi relatada con cierto sentido de la ironía y la efusividad, como si se estuviera ejecutando su obertura hermana, la Obertura del Festival Académico. La orquesta remarcó lo cantábile de la partitura sin pretensiones de mayor trascendencia ni circos lacrimógenos. El mayor mérito de la dirección de Afkham fue conseguir que la ligereza no se convirtiera en superficialidad sonora. Para ello colocó a los contrabajos muy en primer término y remarcó las citas a otras obras (ese Beethoven recóndito) como parte de la argamasa orquestal.

El director alemán David Afkham es el titular de la ONE © Felix Broede
El director alemán David Afkham es el titular de la ONE
© Felix Broede

La Canción del destino, op. 54 supuso una nueva demostración del buen momento por el que está atravesando el Coro Nacional, con empaste y tímbrica muy conseguida dispuesta en torno a una orquesta sin artificios. La emotividad que tal vez le faltó a la Obertura se demostró en la sección central de la pieza. Finalizaba la primera parte con la Rapsodia para contralto, coro masculino y orquesta, op. 53, con la presencia siempre grata de Anne Sofie von Otter, aunque ya esté lejos de su plenitud vocal. Partiendo de la base de que esta obra no era idónea para su voz (en plenitud o no, la mezzosoprano sueca no es una contralto), la cantante se defendió como pudo, con solvencia en el registro medio y algo menos brillante en el grave. Afkham, con buen criterio, restó volumen a la orquesta para no tapar a Von Otter y no perjudicar el empaste general. El resultado, con todo, se disfrutó, aunque el público aplaudió sin excesivo entusiasmo su aportación.

La segunda parte era territorio Beethoven, con una lectura de la Heorica muy bien articulada, y con Afkham volcado en la consecución de un equilibrio perfecto entre el ritmo milimétrico que requiere la obra y el necesario legato para ir un punto más allá en lo expresivo. Se nota el trabajo de planificación en los tutti, que hasta hace no tanto se resolvían un poco en huida hacia delante y ahora se organizan perfectamente en terrazas para alcanzar un punto más de potencia de lo esperado. El director no teme a las notas expuestas de los metales y no es que no ocurran inexactitudes, sino que sabe bien cómo arroparlas. El discurso, como ocurriera con la Obertura de Brahms, fue vitalista y con tendencia al hedonismo; no es superficial pero tampoco procura ahondar el envés de las notas. El director alemán maneja con soltura los fragmentos más elocuentes pero aún cojea un poco en el vuelo lírico, que no consiguió en un movimiento tan propicio como la Marcia funebre. A pesar de ello, su visión tan poco evocativa transmitió sus propios significados y una potencia sonora en la ONE que se agradece.

El público aplaudió con entusiasmo, seducido desde antes de que empezara la primera nota por este director alemán que, además, sabe dirigir.