Con el monumental ciclo de las sinfonías de Beethoven en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, Gustavo Dudamel y la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela dictaron cátedra por tesón, genialidad, disciplina y comportamiento artístico. Una serie de conciertos, con las entradas agotadas desde hace tiempo, acogió a un público mixto y diverso que disfrutó y celebró esta propuesta exclusiva, que se repetirá este año en Los Ángeles. Dudamel y la OSSBV ofrecieron al público un recorrido histórico por el repertorio sinfónico del compositor de Bonn. Una opción alternativa a lo que se acostumbra, ya que lo habitual es que el orden en la interpretación de la integral de las sinfonías de Beethoven se escoja de acuerdo al carácter y duración de las mismas, de tal manera que se crean tensiones con impacto. Celebro la decisión de Dudamel y la OSSBV de interpretar cronológicamente estas sinfonías. Gracias a esto, surgieron particularidades que enriquecieron y magnificaron la experiencia de escuchar a Beethoven. Por ejemplo, vivimos noches en las que los conciertos comenzaron con arrojo en el carácter y terminaron con introspección, tal como sucedió en el tercer concierto cuando la Simón Bolívar interpretó la quinta y sexta sinfonía. O también cuando en el primer concierto, las sinfonías 1 y 2 fueron acompañadas inteligentemente de dos romanzas para violín y orquesta.

El director Gustavo Dudamel © Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo
El director Gustavo Dudamel
© Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo

Este maratónico proyecto tuvo momentos inolvidables. La séptima sinfonía fue un regalo envuelto en genialidad. La lógica imperó en la construcción de los pasajes. Las melodías dibujaron el objetivo de tal manera que las tensiones tuvieron el lugar e impacto necesario. Por su parte, la quinta sinfonía creció en energía e intensidad contenida. En ningún momento escuchamos brotes de rudeza, sino todo lo contrario, la tensión se presentó de manera inteligente y madura. La primera sinfonía fue un derroche de elegancia, de correcta conducción de las melodías y de atento balance.

El manejo del sonido es tal vez el elemento más característico en Dudamel. Durante esta semana pudimos observar, casi con lupa, cómo trabaja el director en este sentido. El sonido se construye partiendo del principio que articula los registros graves como la espina dorsal de la estructura, y que afecta a la potencia, el volumen y la calidad sonora. Estos estratos bajos son una zona descuidada en muchas orquestas, pero en las de Dudamel se convierten en el núcleo y principio a partir del cual el resto de las capas sonoras se construyen. Los bajos son entonces la fuente del soporte sonoro. No es raro, por lo tanto, que la Simón Bolívar sea una orquesta con tanta potencia. Logra una grácil intensidad sonora ya que el volumen de las voces superiores o agudas resultan y se destacan dependiendo de la intensidad que los bajos planteen. En Dudamel el rango de los matices no se evalúa de acuerdo al volumen establecido, sino a las relaciones entre lo que se escucha, lo que se ha escuchado, y lo que se escuchará.

Cantar con Dudamel no es fácil. Precisamente el principio sonoro antes mencionado hace que la masa orquestal sea todo un reto para las voces, por lo que estas deben ser potentes para poder resaltar entre las diferentes capas musicales que se construyen. Los solistas, en la novena sinfonía, no salieron bien librados. Lo más notorio fue que la contralto no pudo con la masa orquestal y desapareció casi por completo. La desafinación del tenor y la tímida presencia del barítono fueron otro de los lunares de la noche. La única que salió airosa fue la soprano venezolana Mariana Ortiz con una actuación sobresaliente. Los coros, lamentablemente, perdieron el rumbo y se alejaron de la calidad y precisión mostrada en la Fantasía coral una noches antes. Desentonaron frecuentemente, no estuvieron sincronizados, los ataques fueron irregulares y el texto poco se entendió. Lamentable este cierre vocal, y más cuando los primeros movimientos orquestales se caracterizaron por el mismo arrojo y energía y precisión de las anteriores presentaciones de la orquesta.

Al finalizar la novena sinfonía, el público en pie reconoció con una ovación el monumental resultado musical logrado por la Simón Bolívar de Venezuela bajo la batuta de Gustavo Dudamel. Los asistentes a esta última velada (muchos de ellos espectadores de todo el ciclo) y con una energía similar a la entregada por Dudamel, agradecieron no solo la interpretación de la integral de las sinfonías de Beethoven, sino la humanidad y la calidad de la conformación venezolana.

El Teatro Mayor ratifica nuevamente el importante y destacado espacio que ocupa en el circuito musical latinoamericano. Además, con este ciclo se evidencia la confianza y exclusividad que grandes personalidades le están entregando.