En el tan ansiado retorno a la normalidad que nunca termina de llegar, las orquestas españolas y del resto del continente están adoptando un amplio repertorio de medidas, tal como se recogía exhaustivamente en un artículo publicado recientemente. Mantener el distanciamiento entre el público y entre los propios intérpretes es una cuestión clave. Esto ha llevado a importantes reducciones de aforo y modificaciones de las programaciones. Para la Sinfónica de Galicia, con un número de abonados próximo a las 1.700 butacas del Palacio de la Ópera, era imposible reducir el aforo. Esto llevó a tomar una valiente decisión. Trasladar la temporada sinfónica al Coliseum de la Coruña: un amplio pabellón para grandes espectáculos. No fue tarea fácil. Las proporciones exageradas se restringieron con el montaje de una concha acústica, aunque suficientemente amplia para permitir el distanciamiento entre los músicos. Igualmente, el público se distribuyó en la platea y en las gradas salvaguardando la distancia exigida.

Había lógicamente la máxima expectación por comprobar cómo el sonido sinfónico superaba esta complicada prueba. Y qué mejor que la Novena sinfonía de Mahler; como todas las del compositor, escrita para una amplísima plantilla, pero a la vez la más camerística de todo el ciclo. Personalmente, pude apreciar y saborear plenamente todos los matices de la obra, siendo perfectamente audibles los numerosos solos y pianissimi que recorren la partitura. Asimismo, los más vigorosos tutti se escucharon sin ningún defecto tipo ecos, reflexiones tardías o sombras acústicas. Pero una máxima tan importante como es el hecho de que la distancia entre la fuente sonora y el público sea la mínima posible y sin interferencias no se pudo cumplir. Unido esto a la falta de superficies reflectantes, el resultado fue un volumen sonoro discreto y un sonido un tanto neutro. La ubicación de los músicos sobre el escenario en gradas lo más verticales posible, sin duda hubiera mejorado estos aspectos, pero probablemente por razones de distanciamiento no fue posible. A pesar de estos pequeños inconvenientes, hay que congratularse por haber podido disfrutar la obra en las condiciones en que se hizo, dadas las complicadísimas circunstancias que vivimos.

La Orquesta Sinfónica de Galicia y Dima Slobodeniouk en el Coliseum de A Coruña © Orquesta Sinfónica de Galicia
La Orquesta Sinfónica de Galicia y Dima Slobodeniouk en el Coliseum de A Coruña
© Orquesta Sinfónica de Galicia

Si la Novena de Mahler es una obra que destila emociones por todos sus poros, éstas se vieron multiplicadas por los muchos meses transcurridos sin que la orquesta, su titular Slobodeniouk y el público hubieran tenido ocasión de congregarse. Unido esto a las luctuosas circunstancias que vivimos, la Novena sinfonía, programada ya hace muchos meses, resultó ser una obra ideal para estos tiempos en los que los microorganismos nos ponen en jaque. Tras sus exitosas Segunda, Tercera y Sexta de Mahler, Slobodeniouk abordaba por vez primera la Novena con su orquesta. A lo largo de toda la interpretación exhibió su habitual precisión en entradas y en el control de las dinámicas y, sobre todo, una inmensa lucidez fraseando la música. La orquesta respondió con energía y rotundidad a sus indicaciones. Aunque hubo la citada pérdida de impacto sonoro, el amplio escenario nos aportó sin embargo la inusitada posibilidad de disfrutar al máximo de la riquísima polifonía de la obra y del continuo diálogo entre secciones.

La concepción de Slobodeniouk del Andante comodo sorprendió por su carácter melancólico y nostálgico. Frente a recreaciones más líricas y luminosas del contratema de los violines primeros, asistimos a una notable introspección que se vio acentuada en la modernista sección lenta que sucede al primer gran tutti. Los estallidos orquestales que recorren el movimiento, muy especialmente el brutal Mit Wut y el triple fortissimo del metal, carecieron del expresionismo habitual. La concepción serena del movimiento cristalizó en una inigualable coda, serenísima y dilatada al máximo, haciendo de la resolución del movimiento un momento absolutamente catártico.

Los dos movimientos centrales merecen ser tratados conjuntamente pues en manos de Slobodeniouk formaron un todo homogéneo y cohesionado en el que la orquesta y el director dieron una clase magistral de virtuosismo. Apoyado en unas cuerdas compactas y empastadas, maderas incisivas y unos metales casi infalibles, Slobodeniouk convirtió el núcleo de la obra en una fascinante explosión orquestal. El Adagio final se caracterizó por su concisión y sobriedad. Hubo el máximo contraste dinámico e intensidad en los clímax, pero sin abusar de los efectos ni de los efectismos. Por ejemplo, los punzantes glissandos de la cuerda que recorren la transición al Adagissimo, apenas fueron acentuados. Este se construyó en medio de un silencio religioso que se vio acompañado por la desconexión de la ventilación y de una creciente penumbra en la sala. Del exterior llegaba el sonido de algún motor y sobre todo, el sentimiento de una noche fría y otoñal. Pocas veces se ha escuchado ese final en circunstancias tan especiales. No es de extrañar el respeto silencioso del público, parte fundamental de esta interpretación y el minuto de silencio antes de lanzar una sentida ovación de cinco minutos.

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