Ameno programa de la Sinfónica de Galicia en el que el titular, Dima Slobodeniouk, contrapuso la música de dos figuras declaradamente antagónicas de la segunda mitad del siglo XIX: Johannes Brahms y Franz Liszt. Una didáctica propuesta en la que disfrutamos de una atípica pero estimulante recreación de una de las obras más programadas de Brahms y, en la segunda parte, de uno de los frescos sinfónicos más paradigmáticos de Liszt, injustamente relegado en nuestras salas de conciertos.

El Concierto para violín de Brahms contó con la participación estelar de uno de los violinistas técnicamente mejor dotados del panorama actual: Vadim Gluzman. El solista israelí concibe el concierto brahmsiano desde una perspectiva descaradamente individual. Apoyado en una técnica casi sobrehumana y en el sonido de su Stradivarius "Leopold Auer" –con un penetrante registro agudo y un delicado sonido en su cuerda grave– imprimió a su parte un carácter decididamente masculino. El resultado fue un acertadamente grandilocuente Allegro non troppo y un mordaz y viril Allegro giocoso.

El violinista Vadim Gluzman © Marco Borggreve
El violinista Vadim Gluzman
© Marco Borggreve

Resultó más conflictiva, sin embargo, la recreación del melifluo Adagio, especialmente para aquellos acostumbrados a lecturas más ortodoxas. A un tempo atípicamente vivo, Gluzman huyó de las habituales edulcoradas interpretaciones, sacrificando levedad y delicadeza en aras de una expresividad inquietantemente melancólica. La voz del violín fue perfectamente subrayada por los solistas, especialmente por el oboe en su decisiva intervención, pero igualmente por trompa, clarinete y fagot. Slobodeniouk se mostró desde el pódium complaciente con Gluzman, arropándole en todo momento, consiguiendo un magnífico balance. La conducción del Allegro inicial resultó especialmente lúcida, remarcando a la perfección su carácter sinfónico.

La segunda parte permitió disfrutar de la infrecuente Sinfonía Dante de Liszt. Una obra tremendamente innovadora para su época, hasta el punto de que todavía resulta impactante a los oídos del siglo XXI. Un tanto derivativa en el segundo movimiento, el Purgatorio, requiere de una orquesta y director en máxima tensión desde el fortissimo inicial –subrayado por los sobrecogedores redobles de dos timbales–, hasta la cadencia orquestal que concluye la partitura en molto pianissimo. Slobodeniouk, como es habitual, renunció al más violento final alternativo. Y eso fue justamente lo que hizo la Sinfónica; dignificar la obra con una interpretación vibrante, ¡por momentos apocalíptica! de los pasajes más intensos, y confiriéndole una delicadeza mágica a la sensual segunda parte.

En ese viaje en círculos desde el Inferno hacia a un Paraíso inalcanzado, la intervención de las mujeres del Coro de la Sinfónica en el Magnificat, fue el momento más inefable de la noche. Tuvieron que asumir la responsabilidad de cerrar un ambicioso fresco sinfónico con una minimalista intervención desde fuera del escenario. Ofrecieron una lección de afinación y sutileza en el fraseo, dando vida a una recreación sobrecogedora que cerró de forma memorable un estimulante concierto.

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