Dos clásicos del siglo XX y un solista de lujo protagonizaron junto a la Sinfónica de Galicia y su titular Dima Slobodeniouk el concierto inaugural de la temporada 2015-16. Gran expectativa en el Palacio, pues el concierto representaba el despegue de la 25ª temporada de la orquesta. Un número exiguo en comparación a tantísimas orquestas consagradas, sin embargo, todo un hito para una utopía artística nacida en 1992 en un finisterrae periférico dentro de la ya de por sí periferia musical europea.

El violinista Frank Peter Zimmermann © Harald Hoffmann│hänssler CLASSIC
El violinista Frank Peter Zimmermann
© Harald Hoffmann│hänssler CLASSIC

Frank Peter Zimmermann protagonizó el Segundo concierto de Bela Bártok; obra que tras La Coruña llevará este año a Boston, Gotemburgo, Londres y finalmente a la Philharmonie de Berlín. No es de extrañar por tanto el absoluto dominio que exhibió en esta dilatada y compleja partitura, plena de momentos de bravura, los cuales se conciertan con un exuberante discurso musical en el que se combinan momentos de lirismo folklórico con un expresionismo radical, hijo de su tiempo. En las manos de Zimmermann y su actual Stradivarius –el "General Dupont", en su día perteneciente a Arthur Grumiaux– incluso los momentos más rompedores de una partitura que contiene series dodecafónicas, cuartos de tono y continuos cromatismos y disonancias, resultaron de una emoción abrumadora.

El acompañamiento orquestal estuvo a la altura del solista. La OSG mostró la misma inspiración y entrega con la que cerró de forma impactante la temporada pasada, de la mano de Christoph Eschenbach. Slobodeniouk consiguió exitosamente que el diálogo entre solista y orquesta resultase cohesionado y coherente. A ello ayudó la evidente sintonía entre Zimmermann y los músicos. Los continuos giros dinámicos y rítmicos de la parte orquestal se amoldaron una y otra vez como anillo a sus dedos. Resultaron especialmente reseñables a lo largo de todo el concierto los vigorosos metales, sin que esto supusiese una merma de su musicalidad. La culminación de la obra con los característicos glissandi de los trombones y las efusivas llamadas de trompas y trompetas fue en este sentido ejemplar. Igualmente merece reseñarse la lúcida labor del timbal en el Andante tranquillo contribuyendo a crear una reveladora atmósfera onírica.

Interpretaciones como la de esta noche son de las que hacen pensar que el absurdo comentario de un crítico neoyorkino, que en su día tanto molestó a Bartók, acerca de que el concierto nunca desplazaría a los Beethoven, Mendelssohn o Brahms estaba especialmente errado. Con derecho propio esta obra puede lucir al lado de los grandes del repertorio concertístico.

En la segunda parte disfrutamos del electrizante virtuosismo orquestal de la suite Los planetas de Gustav Holst. La OSG estuvo perfectamente a la altura del reto. Por su parte, Slobodeniouk se puso al servicio de la partitura recreando de forma impecable las texturas y efectos de este tratado de orquestación que el compositor británico nos legó. Fue una interpretación canónica en carácter en la que únicamente resultó un tanto paradójica la introspección y gravedad que el director imprimió al soberbio himno central de Júpiter "I wow to thee my country".

En las manos de Slobodeniouk, resultaron especialmente reveladoras la majestuosidad de "Saturno" y la caracterización de "Neptuno", en la que contamos con la brillante aportación de las mujeres del Coro de la Sinfónica reforzado con el Coro Joven. Su entrada fue especialmente sutil, llenando el Palacio de la Ópera de una apropiada atmósfera etérea. Igualmente, la forma en que su intervención se fue apagando constituyó el mejor colofón a un atractivo arranque de la temporada.