Tras el apasionante inicio dodecafónico de la temporada, la Sinfónica de Galicia diseñó un programa más convencional para su segunda entrega y disfrutamos de una interesante confrontación entre una obra de juventud de Brahms -su Concierto para piano núm. 1- y una obra de madurez de Antonin Dvořák -su Sinfonía núm. 7. En el pódium, el director holandés Otto Tausk, titular de la Sinfónica de Vancouver y al piano, el noruego Leif Ove Andsnes.

La velada supuso una magnífica oportunidad de contrastar la música de dos compositores que no sólo fueron contemporáneos en el espacio y en el tiempo, sino que incluso estuvieron unidos por una estrecha amistad que permitió que sus respectivos talentos creativos fluyesen e influyesen mutuamente de una forma única en la historia de la música.

El pianista noruego Leif Ove Andsnes © Gregor Hohenberg
El pianista noruego Leif Ove Andsnes
© Gregor Hohenberg

Todos los implicados dieron lo máximo para que esta confrontación se librara en igualdad de condiciones, sin embargo, el resultado musical fue muy dispar. Así, en la primera parte, el Concierto de Brahms estuvo lastrado por una concepción introspectiva y otoñal, muy alejada de la fogosidad juvenil del veinteañero Brahms. Acertadamente, Otto Tausk le ahorró a la introducción orquestal la exacerbada gravedad que tantos directores derrochan en ella. Esta música es ya de por sí lo suficientemente pesante como para tener que enfatizar innecesariamente sus claroscuros. El problema llegó con el segundo tema en el que Andsnes, tan famoso por la precisión y elegancia de su pianismo, como por su sobriedad y contención, optó por una interpretación introspectiva, nostálgica, más propia de las piezas que el Brahms tardío compuso en la imperial Bad Ischl, que de las épicas baladas hamburguesas en las que este concierto germinó.

En el eterno conflicto entre solista y director, una vez más el primero salió victorioso: Tausk cedió la iniciativa al solista noruego. Y casi inevitablemente, la orquesta pasó a un papel de espectador, limitándose a dar las notas, pero sin conferirles ni el sentido ni el carácter que la introducción nos había hecho auspiciar.

A pesar de lo dicho, la interpretación no estuvo exenta de alicientes, entre ellos la exhibición de Andsnes. Pocos conciertos del siglo XIX conceden tanto protagonismo al solista. Cuestiones idiomáticas al margen, el pianista noruego enganchó al público con su sonido rotundo y cristalino, pero al mismo tiempo pleno de colores. Sólo en el Rondó final se alcanzó la deseada fusión entre el solista y la orquesta. Con ella, como por arte de magia se disiparon las brumas previas y disfrutamos de una interpretación efervescente, por momentos demoníaca, que por fin hizo justicia al ímpetu del joven Johannes Brahms.

En la segunda parte, la Sinfónica de Galicia se mostró descaradamente desinhibida y extrovertida. Sin duda, la música de Dvořák, rebosante de júbilo e inspiración y al mismo tiempo exuberante en su escritura orquestal se adapta a la perfección a las actuales fortalezas de la Sinfónica: una cuerda compacta y empastada, generosa en expresividad y energía, unas maderas con unos solistas de primera fila y unos metales brillantes que nunca se esconden y que aportan un sello inconfundible a todo lo que hacen. Tausk puso la guinda dirigiendo con toda esa pasión y energía juvenil que tanto se echó en falta en la primera parte.

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