Difícilmente se podría pensar de una obra más atípica para un concierto de Reyes que, la que a juicio de Furtwängler es la primera obra nihilista de la historia de la música, la "Trágica" Sexta sinfonía de Mahler. Su programación se debió a la coincidencia en el tiempo con la preparación de la inminente gira que la orquesta va a realizar por los Emiratos Árabes. Un abarrotado y entusiasta Palacio de la Ópera, que todavía tenía fresco en la memoria el éxito de Slobodeniouk en el arranque de la temporada con la Tercera, esperaba con la máxima expectación este nuevo reto mahleriano, si cabe aún más problemático.

El director titular de la OSG Dmitri Slobodeniouk
El director titular de la OSG Dmitri Slobodeniouk

La interpretación estuvo a la altura de tan altas expectativas. Slobodeniouk consiguió construir una Sexta plena de fuerza, pero a la vez muy equilibrada y de gran riqueza tímbrica. Además de la dificultad inherente a su compleja escritura y orquestación, la Sexta requiere imperiosamente que el director llegue a la esencia de la obra. Por muy bella o refinada que sea su interpretación, si no consigue conmover, por no decir desestabilizar al espectador, será una Sexta fallida. Precisamente ese fue uno de los triunfos de esta interpretación: dar vida a una Sexta idiomática y sincera. Para ello, Slobodeniouk usó los mismos mimbres que en su Tercera. Para empezar, máxima fidelidad a la partitura. Y no me refiero al hecho de seguir al dedillo las indicaciones de la edición crítica: repetición en el primer movimiento, orden Andante-Scherzo, dos golpes de martillo sin recurrir en el segundo al refuerzo de los platillos. Siendo estos aspectos relevantes, resultan secundarios frente a otro tipo de fidelidad: la que requiere dar vida a la partitura de una forma muy consciente y sistemática, sin dejar ningún detalle al azar. Es una labor miniaturista en la que Slobodeniouk vuelca toda su sensibilidad y musicalidad, al mismo tiempo que explota su proverbial capacidad de transmitir a los músicos la trascendencia de cada acento, cada articulación, cada ataque.

El resultado fue una máxima claridad tímbrica y un fraseo muy fluido, no necesariamente por los tempi, sino más bien por su naturalidad. Contó Slobodeniouk con el apoyo de una orquesta en estado de gracia, con escasos pero selectos refuerzos de la Orquesta Joven, así como de solistas invitados, hasta sumar en total unos 110 músicos. Empleándose siempre a fondo, consiguieron en los momentos más climáticos una sonoridad abrumadora que llegó incluso a saturar la amplísima acústica del Palacio de la Ópera.

Pero no fue sólo una interpretación brillante en lo microscópico, compás a compás, sino también en su globalidad. Slobodeniouk, siempre ajeno a retóricas exacerbadas –incluso en las transiciones, tan proclives en Mahler a todo tipo de excesos– estableció muy lúcidos puentes entre los movimientos, realzando las conexiones temáticas y manteniendo a lo largo de toda la obra una coherencia interpretativa en esas células clave que Mahler varía hasta la extenuación.

Los tempi fueron ligeramente expansivos pero no de una forma monótona, sino a base de jugar con acertados contrastes. Así, en el primer movimiento se estableció una interesante dialéctica entre las secciones más líricas y las más agitadas –siempre en su punto justo energico ma non troppo. Subyugante la recreación del tema de Alma, así como el bucólico episodio central. Un sutilísimo Andante nos permitió disfrutar de una cuerda cristalina y de unos solistas inspiradísimos. Fue especialmente emotiva la forma en que el director tradujo los pasajes ohne Ausdruck (inexpresivos). En el Scherzo, más que las demoníacas secciones principales, destacaron los tríos, acertadamente llenos de humor, incluso socarrones. Un humor que desde la amenazadora entrada de la tuba del gigante Haffner, deviene en tragedia.

La onírica transición al Sostenuto del Final fue sin duda el mejor argumento en favor del orden Andante-Scherzo. La interpretación –por no decir deconstrucción– de la introducción realzó el modernismo de la partitura. Las secciones en Allegro, esta vez enérgicas sin concesión, fueron coronadas de una forma atípica, no tanto por los golpes de martillo, sino por la resignación con la que el discurso musical se condujo ¡Puro nihilismo! Es de destacar como los músicos, especialmente los sufridos metales, llegaron a este movimiento final con una frescura y una fuerza asombrosa. La coda nos permitió disfrutar de su momento más sutil en toda la noche, pero no menos sobrecogedor. Un escalofriante pizzicato final, con una acentuación perfecta –valió casi por una sinfonía– puso el punto final a una de las lecturas más desoladoras de la obra que nunca había escuchado.

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