La presencia de Asier Polo, uno de los grandes violonchelistas españoles de las últimas décadas, constituyó el gran aliciente de un concierto conformado por tres obras del siglo XX relativamente infrecuentes. Dirigió a la Sinfónica de Galicia Andrés Salado, un joven director perteneciente a una nueva generación de músicos españoles que intentan abrirse camino en el complicado mundo de la dirección de orquesta.

El director Andrés Salado
El director Andrés Salado
La Fanfarria para el hombre corriente de Copland supuso un espectacular arranque. El conjunto de metales formado por tres trompetas, seis trompas, tres trombones y tuba deslumbró con un sonido empastado, poderoso y por encima de todo noble, tal cual pide la partitura. La entrada del metal grave, en su decisiva modulación fue realizada a la perfección. Por su parte, los dos percusionistas, desde su entrada en doble fortissimo con el timbal, bombo y tam-tam en pleno, crearon un contrapunto atávico sobrecogedor. Aunque hubo algún mínimo desliz, éste resultó irrelevante pues más importante que la precisión lo es la expresividad, y en ese aspecto la interpretación fue referencial. Desde la batuta de Salado, un tempi deliberado realzó aún más si cabe el impacto que sobre el público produjo este arranque, tan breve como intenso.

El programa dio un vertiginoso salto hacia adelante en el tiempo, hasta principios de los ochenta, con la interpretación del Concierto para violonchelo núm. 2 de Ginastera. En las antípodas de la obra previa, es una de las partituras más modernas de su autor hasta el punto de que las habituales incursiones del compositor en el folklore indígena sólo hacen aparición en el Finale rustico que cierra la obra. Se trata de música intimista, introspectiva, en la que en contadas ocasiones se produce un tutti orquestal. Los títulos de los dos primeros movimientos: Metamorfosi di un tema y Scherzo sfuggevole caracterizan a la perfección la modernidad de una música que en todo momento es reacia al más mínimo atisbo melódico.

Los pasajes camerísticos permitieron el lucimiento de las maderas y del trompa principal de la orquesta, pero indiscutiblemente el triunfador de la noche fue Asier Polo, quien explotó al máximo la fuerza expresiva de su instrumento. Su pulsación precisa y vertiginosa y un uso conspicuo del vibrato confirieron a su árida alocución una sinceridad y una humanidad abrumadora. Esta impresión se multiplicó en el tercer movimiento, un enfático Nottilucente, en el que la orquesta creó un onírico tapiz sonoro, contra el cual, el discurso del violonchelo, construido en base a timbres y colores, alcanzó un carácter extático. Toda la energía acumulada se liberó en una visceral cadencia, en la que Polo exhibió un equilibrio ideal entre intelecto y emociones, y que condujo al vertiginoso Finale rustico citado.

El solista Asier Polo
El solista Asier Polo

El público premió generosamente el esfuerzo y el talento del solista y éste respondió a su vez con una magistral interpretación del primer movimiento de la Suite para violonchelo solo de Cassadó. Música efusiva, arrebatada, en la que Polo dio una clase magistral de sensibilidad, exhibiendo un rango dinámico y tímbrico excepcional y dando vida a las disonantes armonías de la pieza con una lucidez y musicalidad de la que pocos violonchelistas de la actualidad pueden presumir.

Fue más discreta la segunda parte. El Concierto para orquesta de Witold Lutosławski es un prodigio de orquestación concebido por y para el lucimiento de la orquesta. Pero al mismo tiempo es mucho lo que la obra le exige a esta: un enfoque compacto y disciplinado, una construcción formal impecable y muy especialmente, coherencia lógica dando vida a los temas, en su mayor parte de carácter folklórico. Inesperadamente estos ingredientes estuvieron al menos parcialmente ausentes. Tal vez fue un reto excesivo para una batuta todavía creciendo como es la de Andrés Salado o simplemente no funcionó la química, pero el resultado fue una interpretación desdibujada desde el mismísimo arranque. Así, el incisivo y visceral tema de los violonchelos que abre la obra sonó perfunctorio, confuso. Por desgracia, esta falta de claridad fue más la norma que la excepción.

En el segundo movimiento, Cappriccio notturno ed Arioso, las numerosas intervenciones solistas, aunque notables en su ejecución, no fueron ensambladas de forma convincente. Sin embargo el trío, con sus espectaculares llamadas de las trompetas, hizo evocar las prometedoras impresiones de la fanfarria de Copland. Y en cierto modo hubo una mejoría en la interpretación con la enunciación de la Passacaglia que abre el tercer y último movimiento, pero ésta no llegó a concretarse. Momentos clave como su repentino y explosivo colapso quedaron una vez más minimizados en un caos sonoro. Sólo con la enérgica Toccata final, aunque lastrada por un fraseo reticente y nuevos desajustes, se pudo finalmente intuir la grandeza de una de las grandes partituras orquestales del siglo XX.