"¿Podríamos haber comenzado la era atómica con las manos limpias?", se pregunta el científico Edward Teller al concluir la primera escena de la ópera. Esas breves palabras centran el conflicto moral que se desarrolla y ventila en los dos actos de Doctor Atomic, ópera de John Adams a la que diversas fuentes, en contra de las pretensiones de sus autores, se han referido como una suerte de Fausto americano o un Fausto del siglo XX, girando en torno al conocido Proyecto Manhattan. Lo cierto es que la inquietud moral que traduce la música, el dilema que preside la conciencia de su protagonista y el desarrollo de los acontecimientos durante el último tercio de la función, contribuyen a hacer de esta partitura una de las más interesantes que han visto la luz en las últimas dos décadas. La acción se sitúa en Los Álamos y Alamogordo, en Nuevo México, en 1945 y narra los acontecimientos que dieron lugar a la fabricación de la primera bomba atómica.

Con estas funciones en Sevilla, Pedro Halffter se apunta el tanto del estreno en España de esta ópera de Adams que ya ha recorrido unos cuantos teatros desde su estreno el 1 de octubre de 2005 en San Francisco. Hay que aplaudir el coraje de Halffter al apostar por la obra. Ya sea por firme convencimiento, ya sea tan sólo de cara a la galería, lo cierto es que ha situado al Teatro de la Maestranza en el centro de muchas miradas durante algunos días. Valga recordar a este respecto las pasadas apuestas de Pedro Halffter por títulos de Schrecker, Zemlinsky o Busoni.

<i>Doctor Atomic</i>, estreno en España © Guillermo Mendo
Doctor Atomic, estreno en España
© Guillermo Mendo

John Adams estudió en Harvard con Leon Kirchner, discípulo de Schoenberg, y es desde sus inicios un perfecto conocedor de la Segunda Escuela de Viena, lo mismo que un atento estudioso de la obra de Pierre Boulez, la música concreta y el serialismo. Todo ello bien conocido pero nunca seguido al pie de la letra en el caso de Adams, que ha sabido labrarse un sonido propio, con irregulares hallazgos a lo largo de su trayectoria. Compuesta en 2004, Doctor Atomic, aunque se inscribe también dentro de de ese particular minimalismo compositivo norteamericano, se aleja en buena medida de ese corsé, abundando en un estilo marcado por el eclecticismo, donde cabe encontrar ecos muy diversos, desde resonancias brittenianas a un influjo del romanticismo tardío, singularmente wagneriano, con momentos de gran aliento, fraseo amplio y sonora orquestación. Aunque sin el impacto de su Nixon in China, más genuina e inclasificable, Doctor Atomic es un claro ejemplo de un camino bien labrado por el que se conduce hoy la nueva composición operística, poniendo en entredicho algunas fronteras sin violentarlas. Adams siempre testimonia la idéntica familiaridad con la que en su casa se escuchaban las músicas de Mozart y Haydn y las de Duke Ellington o The Beatles. Doctor Atomic es asimismo el último epígono de una suerte de ópera americana, con personalidad propia, que lo mismo en Adams que en las composiciones de Glass, está muy pegada a temas, personajes y coyunturas contemporáneas (Einstein, Nixon u Oppenheimer).

Las voces son amplificadas, como exige la partitura, precisamente para garantizar el adecuado balance con los recursos de sonido electrónico a los que se recurre durante toda la representación. Es evidente que la percepción de las voces, por lo que hace a su caudal y calidad, varía mucho en estas circunstancias, pero aun así y con todo, nos pareció muy estimable el trabajo del barítono Lee Poulis con la parte protagonista de Oppenheimer, un papel que ya había cantado anteriormente en un par de ocasiones. Su recreación del soneto de John Donne al final del primer acto, "Batter my heart", tuvo toda la intensidad que cabía reclamarle. Cabe también aplaudir el canto bien medido y emotivo de Jessica Rivera en el papel de Kitty, un personaje que también ha cantado en numerosas ocasiones. Menos nos gustó la voz destemplada, de graves forzados cuando no fingidos, de Jovita Vaskeviciute en la parte de Pasqualita. Cumplidores, sin mayor alarde, los demás solistas, el bajo Jouni Kokora como Edward Teller, el barítono Peter Sidhom como el General Leslie Groves y el barítono Christopher Robertson como el meteorólogo Frank Hubbard. Dos únicos españoles completaban el reparto, por un lado, el joven tenor Beñat Egiarte como el científico Robert Wilson, en el que prácticamente era su debut escénico profesional propiamente dicho, y José Manuel Montero como el médico James Nolan. Ambos cumplieron con sus breves papeles con profesionalidad pero sin alardes. El coro titular del Teatro de la Maestranza, dirigido por Íñigo Sampil, volvió a dar muestras de un material espléndido, de intachable resolución musical, aunque con una dicción en inglés no tan aquilatada.

Escena de la ópera de J. Adams © Guilermo Mendo
Escena de la ópera de J. Adams
© Guilermo Mendo

La batuta de Halffter se entiende con este repertorio a las mil maravillas, aunque la partitura sonó un tanto atropellada en sus manos, no quedando del todo clara en su exposición la alternancia de momentos de mayor intensidad con aquellos de mayor recogimiento, faltando tensión y contraste a su batuta. Para la ocasión, como ya antes citábamos, se recurría a la producción de Yuval Sharon estrenada en Karlsruhe en 2014. El trabajo de Sharon tiene un inicial atractivo estético, con ese juego de proyecciones y paneles que descubren y conforman las diversas escenas del primer acto, pero la reiteración del mecanismo termina por agotar su originalidad. Aunque es evidente el abuso de las proyecciones como recurso para todo, la representación, durante el primer acto, fluye con buena capacidad narrativa, muy pegada a un libreto, de Peter Sellars, que por otra parte no requiere mayor ilustración, porque se basa en gran parte en documentos originales, como cartas e informes, o textos literarios de Donne o Baudelaire, entre otros, en un guiño al gran lector que fue Oppenheimer. El problema fundamental del trabajo de Sharon es que durante la segunda parte de la representación, lejos de acompasar su ritmo al que viene marcado por la música y por la acción, cada vez más inminente y tenso, llevado por una angustiosa incertidumbre, dispone sin embargo en escena un discurso que evoluciona justamente al contrario, como congelado, cada vez más lento cuando debería ir cada vez más rápido, al dictado de la música de Adams. Los últimos diez minutos de la ópera, en lugar de involucrar al oyente en un ambiente de inminencia e incertidumbre, desembocan en una espera tediosa. La producción lastra así más de lo esperado el desarrollo de la representación durante la segunda mitad, convertida así la cita en una ocasión de indudable interés en la que sin embargo se descubren un tanto las flaquezas de la música de Adams, que tiene algo de insistente y por tanto de tediosa cuando no dispone de una producción que sepa ponerla en valor.

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