Con la idea de fomentar lo que Maria João Pires denomina como "escucha recíproca intergeneracional", la pianista portuguesa creó hace algún tiempo el Proyecto Partitura, una iniciativa que reunía en un mismo escenario a músicos consagrados y jóvenes promesas para realizar conciertos a dúo y que con ese mecenazgo moral se paliasen en algo los efectos nocivos del estrellato súbito. Ya sólo esta idea nos retrata nítidamente la especial sensibilidad artística de Maria João Pires, que va mucho más allá del virtuosismo melifuo o la mera sucesión de conciertos solistas.

La pianista Maria Joao Pires © Marco Broede / Deutsche Grammophon
La pianista Maria Joao Pires
© Marco Broede / Deutsche Grammophon

El elegido en esta ocasión para acompañarla era Julien Libeer, alumno suyo y pianista muy notable a pesar de no haber cumplido aún treinta años. El repertorio provenía del amplio corpus a cuatro manos de Schubert (Lebensstürme y Fantasía en fa menor) y una pieza a solo para cada uno, Beethoven para ella y Ravel para Libeer. La compenetración y capacidad empática de ambos pianistas fue excepcional y se evidenció en cada mínimo matiz durante toda la velada. Lebensstürme, que iniciaba el concierto, es una partitura que camina entre trampas, con acordes a bloque y contracantos de exactitud milimétrica que pueden sonar muy desmenuzados si no se atacan con precisión escrupulosa e idéntico aliento emotivo. No fue el caso. Con un legato fluido y una planificación dinámica ejemplar para cada sección, a menudo se olvidaba que eran dos los intérpretes. El proceso de mimetización, como no podía ser de otra manera, provenía más de Julien Libeer, que se contagió del toque personal de Pires, su especial uso del pedal y su ataque expresivo.

Con todo, el mejor momento del concierto fue patrimonio de Maria João Pires, con la Arietta de la Sonata nº 32 en do menor de Beethoven. Su Beethoven es muy poco al uso: Pires tiene las manos pequeñas y sus soluciones cuando aborda pasajes de amplio registro son siempre inteligentes y directas. No hay nada dejado al ornamento, cada trino tiene su peso específico y su función estructural antes que estética. Hay emoción y un discurso que se aleja del dolor abisal con el que enfrentan otros pianistas esta sonata. Pires no evita esos precipicios, que están en la obra, pero trabaja mejor por las zonas aledañas, buscando la riqueza tímbrica de las frases y una atmósfera general menos atormentada. Medio auditorio se puso en pie, con toda lógica, tras acabar la sonata.

El joven pianista Julien Libeer
El joven pianista Julien Libeer

La segunda parte empezó con Le tombeau de Couperin, donde Libeer tocó impecablemente en lo técnico pero demostró todavía juventud en el concepto general. La tristeza que se oculta bajo el disfraz de la escritura virtuosa de Ravel es el verdadero motor de una pieza dedicada a tanto amigo muerto, compuesta a caballo entre la frustración por no poder participar en la Primera Guerra Mundial y el daño de las pérdidas. No es, claro, una tristeza de tempo adagio y ojos cerrados, no es una obra romántica. Es más un sustrato que se mueve discretamente y que aflora en los matices. Libeer pasó por encima de todo esto hasta llegar a la Forlane, lugar donde toda esta amargura se hace más patente. A partir de ahí la interpretación ganó muchos enteros, ágil pero dramática. El recital finalizó con una sentida Fantasía en fa menor de Schubert, de nuevo a cuatro manos y de nuevo exacta y camaleónica, aunque en este caso la parte más melódica fue realizada a una mano por Pires. Enorme demostración, en resumen, de técnica y sensibilidad.

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