El debut de Håkan Hardenberger con la Sinfónica de Galicia permitió al público coruñés disfrutar en primicia del estreno en España de una apasionante creación contemporánea: Dramatis personae para trompeta y orquesta del compositor australiano Brett Dean. La obra está estructurada en tres movimientos de los cuales el central, titulado "Soliloquy", es de carácter más introspectivo. Hasta ahí llegaron las analogías con el concierto tradicional. Dean concibe la forma concertística como una estructura orgánica en la que no existe solución de continuidad entre solista y orquesta. Al contrario, ambos elementos forman un ente orgánico en el que la trompeta da vida a un peculiar superhéroe que ha de enfrentarse a una caótica masa orquestal.

El trompetista Ha¦èkan Hardenberger © Marco Borggreve
El trompetista Ha¦èkan Hardenberger
© Marco Borggreve

Integrar al solista en las densísimas texturas orquestales de una forma creíble no fue el único reto al que se enfrentó exitosamente el director, Rumon Gamba. Éste fue capaz de guiar a la orquesta a través de los complejísimos ritmos de la obra, sin caer presa del pánico, y acompañando al mismo tiempo al solista con una atención exquisita, virtualmente respirando con él en todo momento. Si a todo esto sumamos la excelencia técnica de Håkan Hardenberger el resultado fue una interpretación impactante.

El primer movimiento "Fall of a Superhero" dio vida a una lucha titánica entre el discurso del solista –fragmentario, pero al mismo tiempo palpitante- y una paleta orquestal frenética.  Esta abrupta dialéctica sólo encontró reposo en una onírica disolución que dio paso al citado"Soliloquy". De un carácter más poético, éste permitió que el solista expandiese hasta el límite el rango expresivo de su instrumento. El tercer movimiento, "The Accidental Revolutionary", adquirió características casi operísticas cuando Hardenberger se integró con la sección de trompetas, que previamente se había dispersado hacia las alas del escenario, abordando conjuntamente con sus colegas una optimista y revolucionaria marcha. Ésta fue cobrando un protagonismo creciente, siempre al margen de un caótico collage orquestal en el cual se mezclaban ritmos de danza con todo tipo de cacofonías. Todo un alarde por parte de Dean de multitemporalidad de los planos sonoros, digno del mejor Charles Ives. Para culminar esta experiencia sonora, tan antitética al concierto clásico, puso punto final a la obra el inesperado y llamativo sonido de una carraca agitada por unos de los violinistas. Prolongadas ovaciones demostraron que los intérpretes habían obrado el milagro de hacer amena y comprensible una partitura en absoluto accesible.

Completando una excitante velada, en la segunda parte disfrutamos de una de las grandes piezas del repertorio sinfónico del siglo XX, la Primera Sinfonía en Si bemol menor de Sir William Walton. Una partitura de altísimo voltaje que por desgracia está muy poco representada en las programaciones, en parte por sus enormes exigencias técnicas, especialmente en lo que a los aspectos rítmicos se refiere. Sin embargo, la obra encontró en la OSG y Gamba unos traductores de primerísima fila.

Hubo una absoluta conexión entre la dirección atlética de Gamba y la respuesta de la orquesta, enérgica hasta lo angustioso. En el primer movimiento Gamba no cayó en la tentación de suavizar las líneas en lo más mínimo, imprimiendo la máxima tensión desde el arranque. Parecía una misión imposible mantener esa tensión viva, sin disiparse, durante los quince minutos que dura el movimiento, pero la OSG y Gamba lo lograron desplegando una energía sobrehumana que cortó la respiración al público del Palacio de la Opera. Merecen ser destacadas las cuerdas de la Sinfónica que imprimieron a sus ritmos un carácter tormentoso, casi neurótico. A ellas se sumaron unas maderas plenas de carácter y unos metales empastadísimos y con un sonido de una mordacidad sardónica.

Tras esta obra maestra que por sí solo es el Allegro inicial -no en vano el propio compositor llegó a planteárselo como una obra aislada- el resto de la interpretación no desmereció en absoluto. El brutal Scherzo estuvo imbuido de la necesaria malizia, con impactantes explosiones del timbal y brutales ritmos en maderas y cuerda grave. El Andante melancólico fue llevado a un tiempo lento y con un revelador fraseo que realzó perfectamente su carácter agridulce. La orquesta se desenvolvió a la perfección en la contrapuntística sección central. Milagrosamente, los músicos de la OSG conservaban fuerzas para abordar con garantías el monumental final. Destacaron la sección briosa, evocadora del primer movimiento aunque en un registro más optimista, y la coda, por vez primera con la percusión en pleno que coronó uno de los conciertos más estimulantes de la temporada. Dos obras del último siglo, ambas hijas de sus épocas respectivas, tanto en su desolación como al mismo tiempo en su grandeza.

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