En estos días de presencias múltiples de Manuel García en Madrid (Auditorio Nacional, Teatro de la Zarzuela y Teatros del Canal), a pocos sorprenderá la aptitud compositiva de esta especie de hombre del Renacimiento trasladado a los albores del Romanticismo. Con ecos de Bellini pero indudable voz propia, la importancia como dinamizador social de su figura apenas comienza estos últimos años a conocerse, y, más significativo que todo ello, su música a programarse. Dentro de su corpus operístico, L’isola disabitata es una obra peculiar en muchos sentidos. Por un lado, al ser una ópera de cámara con cuatro solistas y un piano, el juego de timbres orquestales se desactiva en un porcentaje importante, teniendo que jugar con el matiz, con la acentuación, con el detalle del color. Por otro, su tipo de escritura vocal, a medio camino de tantas cosas, sirve a cualquier director musical para mirar hacia atrás o hacia adelante, según su propio sentido estético requiera. Por último, está la temática del libreto: la vocación poética y el aliento metafórico del tópico de la isla desierta han sido explotados desde Ulises a nuestros días y, aunque el libreto de Metastasio tampoco se prodiga en segundas lecturas, para un escenógrafo una isla abre senderos importantes y percepciones muy íntimas del lugar al que llevar esta música.

Los cuatro protagonistas de la ópera de Manuel García © E.Moreno Esquibel
Los cuatro protagonistas de la ópera de Manuel García
© E.Moreno Esquibel

La solución escénica fue un aglomerado de sillas blancas fingiendo ser rocas sobre unas piedras azules que aparentaban ser arena. El recurso funcionaba a veces con fuerza en lo visual y molestaba sobre el escenario otras tantas, coartando ostensiblemente el movimiento de los cantantes. Buena labor del pianista en su papel de orquesta al completo, siempre supeditado a la cantabilitá de la música y a una cierta ligereza en el acompañamiento, simplificando en ocasiones la música escrita para abordar con mayor soltura cuestiones de retórica. La soprano Berna Perles fue quien mejor asimiló estilo belcantista y canto expresivo, con una emisión potente y bien arropada de armónicos. Su personaje estuvo bien construido a pesar de las rigideces del libreto y de alguna que otra trampa escénica. Marifé Nogales compensó como actriz parte de sus limitaciones de volumen, y aprovechó su bello registro central para, si no conmover, al menos sí empatizar con el público. Las voces masculinas funcionaron algo peor, sin llegar a lastrar el espectáculo pero también impidiendo que alzara el vuelo. En una ópera con tan pocos elementos, cada traspié se convierte en pequeño abismo.

La soprano Marifé Nogales © E.Moreno Esquibel
La soprano Marifé Nogales
© E.Moreno Esquibel

A pesar de la distribución de la ópera sin pausas, el público acogió con cariño la música de García, porque es de muy buena factura en primer lugar, aun contando con la sencillez del planteamiento, y porque el viaje a la isla desierta es una alegoría que se ajusta perfectamente al imaginario particular de cada espectador para transportarlo a su paraíso íntimo o a su infierno particular. Una música, en definitiva, que recordaba a los versos de Vanesa Pérez-Sauquillo: «Seremos isla, algunos días, pero la isla que prefieren los pájaros».