La pasada noche asistimos a una velada que habría de pasar a la historia del joven auditorio. La sala sinfónica estaba prácticamente llena y el programa hacía prever un triunfo que al final resultó algo agridulce, quizás por la excesiva timidez del público.

La propuesta de la Orquesta del Konzerthaus de Berlín se abría con una obra deliciosa, el Concierto para piano y orquesta n. 2 de Prokofiev. Es además una prueba de fuego para pianistas: exigente emocionalmente, agotador físicamente y apabullante de sonoridades que, en momentos, necesitan de una escritura a tres pentagramas. Una composición en la que los pasajes de tutti y solo aparentan fundirse en un continuo ante la densidad musical que expone el piano.

Nos referimos, principalmente, al primer movimiento de la obra, Andantino-Allegretto: el más representativo y el que acoge la extensísima cadenza del piano. La percusión estuvo soberbia; detallista y precisa a partes iguales, nos regaló unas pinceladas de exacta sinestesia, además de una lección de maestría. Platos suspendidos con despliegue de matices, bombos afinados y ceñidos al discurso de la agrupación. Toda una exhibición. Los vientos, en algún momento demasiado presentes, bordaron las intervenciones solistas. La cuerda… ¡La cuerda! La asignatura pendiente de las orquestas autóctonas, estuvo sencillamente sublime. Todo el concierto.

La pianista Elisabeth Leonskaja © Julia Wesely
La pianista Elisabeth Leonskaja
© Julia Wesely

La solista Elisabeth Leonskaja, nada amiga de los artificios ni de los colorantes, planteó una interpretación comedida y sobria. Aunque ello no fuera en detrimento de la emoción, sino quizás, todo lo contrario. El ahorro en gestos y la introspección que lucía la intérprete —durante los aplausos, pasó la mayor parte del tiempo de cara a la orquesta aplaudiendo su trabajo— obligaba a seguir fijamente su progresión. En una obra tan exigente y tan profusa, se agradece la claridad: las notas bien dichas y la articulación constante. Leonskaja, sin necesidad de prodigarse en grandes gestos, consiguió un resultado sonoro muy limpio.

En el momento de la progresión, antes del clímax del movimiento, abusó, quizás, de esa economía: demasiados cortes dramáticos que casi nos hacían perder el hilo del discurso. La entrada del tutti sonó demasiado retenida en intesidad. Sensación que, también puede ser, nos la provoque la escucha de grabaciones digitales, en ocasiones, con demasiado volumen en los altavoces.

Contundente el inicio del tercer movimiento y demoledor el último movimento. La pianista se despidió, tras este torrente de figuras, casi sin girarse a saludar al público.

En los auditorios ya se ha conseguido, por fin, criminalizar el uso del móvil. Aún falta por corregir, empero, otros tics. Es el caso del cambio de localidad —cuando se ha iniciado una obra— o del consumo de caramelos durante la interpretación. Actos aparentemente inofensivos pero que distraen la escucha atenta y que pueden destrozar algunos momentos de gran belleza.

La segunda parte nos trajo la Sinfonía n. 2 de Rachmaninov. La excelencia de la interpretación y la acertada dirección consiguieron, a lo largo de toda la obra y especialmente en su tercer movimiento, tejer una propuesta que rozaba la excelencia. Sin peros. La perfección, tan imposible en esencia y tan difícil de avistar, se coló entre las butacas del auditorio.

La sección de cuerdas de la Orquesta del Koncerthaus de Berlín © Marco Borggreve
La sección de cuerdas de la Orquesta del Koncerthaus de Berlín
© Marco Borggreve

Empieza el tercer movimiento. La introducción que nos predispone: nos abre los sentidos y nos estremece. De la nada, a la manera del Dios creador en su primer acto, aparece el clarinete con un sonido que casi duele de la emoción. Como afectados por el síndrome de Stendhal nos aferramos a la butaca. El placer se torna en vértigo y nos sobrepasa la inmesidad de una belleza que sólo romperá alguien, unas filas más abajo, abriendo un oportuno caramelo. ¡Por favor! Rachmaninov se revuelve allá donde esté.

Recuperamos el hilo, pasados unos instantes, y seguimos el discurso todavía hincando los dedos a la butaca. Conectamos con el ideal romántico. Llega el momento del clímax. Buscamos recuerdos en el pasado para hacer más nuestra esa música. Sólo encontramos amor. Un amor incondicional y que nos llena de sentido. Casi nos aturde la experiencia pero, al contrario, nos ilumina y nos reconforta en el ser de la humanidad.

Finaliza el concierto y estamos casi en estado de shock. El público insiste en hacer salir a saludar a Dmitri Kitajenko. ¡Pero no ovaciona! No se pone en pie. Es injusto con lo que acaba de pasar, no premia la experiencia trascendental que acaban de ofrecerle. Todo lo que no fuera tener al auditorio en pie y ovacionando era poco premio para lo bello, lo sublime, lo divino que acababa de pasar. Pero algunos hemos quedado marcados para siempre.