Cuando Brahms envió a Joseph Joachim los estudios preparatorios para su concierto de violín le pidió que le concretara si le parecía difícil o incómodo. Si uno estudia la partitura de este concierto comprenderá que los temores de Brahms acerca de la dificultad de su obra no eran infundados. Este concierto tiene varias similitudes con el de Beethoven; en su obsesión por sobreponerse a la sombra del genio de Bonn, Brahms compuso un concierto igual de monumental, en la misma tonalidad y con el mismo desequilibrio entre la duración de los movimientos. Sin embargo, la mayor similitud se encuentra en el nivel de exigencia que se le pide al intérprete, de suerte que la técnica del instrumento, a partir de este concierto, se revoluciona por completo. De ahí que cuando una Orquesta programa este concierto conviene acudir a escucharlo, pues con ello se brinda la oportunidad de presenciar a una figura excepcional del violín.

Contábamos con Leonidas Kavakos pero, debido a una cancelación de última hora hubo de ser sustituido por Nicola Benedetti. Bienvenida, pues, la violinista escocesa, conocida ya por gran parte del público madrileño desde que en 2014 conquistara al Auditorio Nacional con su versión del concierto de Tchaikovsky.

Uno de los rasgos que más llaman la atención de Benedetti es el equilibrio de sus movimientos, serenos y comedidos, frente a la extraordinaria dificultad de la partitura de Brahms. Es admirable ver cómo la violinista solventa todos los escollos con una notable economía de gestos, de suerte que su presencia se mantiene inquebrantable incluso cuando la partitura le exige ejercicios imposibles, como los desplazamientos frenéticos de su mano izquierda, o las temidas notas dobles y triples. Todo en sus movimientos está en perfecta sintonía con el discurso musical, y no se percibe ningún gesto, de esos llamados “de galería”, que suelen emplearse para intensificar un contenido expresivo determinado. La consecuencia lógica de este saber estar escénico se traduce en un sonido muy personal que se percibe con la misma claridad en cualquier nivel del espectro dinámico.

Y es que Nicola Benedetti toca un Stradivarius que está considerado como uno de los treinta mejores violines del mundo, el Gariel de 1717, cedido en préstamo por el banquero Jonathan Moulds. Percibir la resonancia de este maravilloso instrumento a manos de la violinista escocesa es una experiencia inimitable; se trata de un sonido único que se graba en la memoria y permanece estable en el recuerdo como una experiencia sensorial del más alto nivel. Estas cualidades acústicas del instrumento en plena conjunción con la enorme sensibilidad musical de Nicola Benedetti dieron como resultado una interpretación del concierto de Brahms que, sin duda, quedará fijado en la historia de la Orquesta Nacional como un acontecimiento único. Y además permitió el mayor lucimiento de la orquesta en los grandes pasajes sinfónicos, pues esta no tuvo que acomodar su potencial sonoro a las necesidades de la violinista, y se permitió un lucimiento brillante y liberado.

Cierto es que el director invitado, Christoph Eschenbach es en parte responsable en esta excelencia del equilibrio sonoro. Se trata de un director altamente capacitado para equilibrar las texturas sonoras de su orquesta sin desatender a los elementos rítmicos y a la unidad del conjunto. El Concierto para orquesta de Bartók en la segunda parte fue, sin duda, una gran ocasión para mostrar estas aptitudes. Compuesto originalmente para una orquesta virtuosa, la Sinfónica de Boston, la obra exige un alto nivel de compenetración en el conjunto y una determinación rigurosa en el enfoque individual.

En general la participación de los solistas cumplió con las exigencias de la partitura y con los gestos del director. A destacar las cuerdas, perfilando ese inquietante tema por intervalos de cuarta; las flautas, muy comedidas en la exposición de su material temático; y los fagotes y los clarinetes en el Giuco delle copie. También las arpas estuvieron impecables creando mediante sus glissandi esa atmósfera impresionista que impregna el tercer movimiento. Otras intervenciones, en cambio, no resultaron del todo correctas: las trompetas descollaron con demasiada energía por encima del conjunto, produciendo unos sonidos, en ocasiones, distorsionados; y los oboes no terminaron de encontrar la afinación.

No obstante, el director y la orquesta supieron reorientarse eficazmente y concluyeron el concierto con un extraordinario Finale. Así como en los movimientos previos la intervención de diversos solistas había sido predominante, en el Finale se pusieron en evidencia las cualidades contrapuntísticas de toda la formación, al interpretar con absoluta claridad los vertiginosos pasajes fugados.

Un concierto atípico, en suma, por las enormes diferencias idiomáticas de las obras programadas y por la eventualidad de la cancelación del solista original, pero que al final llegó a buen puerto aunando la maestría de Cristoph Eschenbach y de Nicola Benedetti con las de una Orquesta Nacional que se encuentra actualmente en un momento pletórico. 

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