Una vez más, y no nos cansamos nunca, nos encontramos ante un nuevo concierto del Ciclo de Cámara del Círculo de Bellas Artes, en el que presenciamos ese inolvidable tránsito vital hacia la desolación que representa el conjunto de Die schöne Müllerin (La bella molinera), de Franz Schubert. No se trató, pues, de un compendio de canciones interpretadas cada una con el mayor cuidado individual, sino de la construcción de un drama interior concebido con coherencia, unidad y gran sensibilidad cuyos paladines fueron el excelente Konstantin Krimmel y el magnífico pianista Ammiel Bushaketiz.

Basado el ciclo en una serie de poemas de Wilhelm Müller, le aplaudimos al barítono por su peculiar enfoque económico, donde la conducción de la trama, y la comprensión de la misma, se nutrieron fundamentalmente de la destreza declamatoria y de las habilidades vocales. Ningún elemento visual ni ningún gesto innecesario fueron requeridos para complementar el devenir de un drama. Este, más bien, se fue desgranando a través de cambios de ritmo y de color bien propuestos por el pianista, y por la modulación de un timbre que se fue haciendo cada vez más sombrío y trágico a medida que la acción lo requería. Destacamos también en Konstantin Krimmel que no se apoyara en el drama textual para instalarse en el exceso, y que escogiese, en cambio, la sutileza de la dicción, del ritmo acentuado del idioma, y del equilibrio dinámico para convencer a la audiencia. Solo en contadas ocasiones se permitió elevar el tono en potentes alardes, convirtiéndolos, por su evidente unicidad, en acontecimientos de mayor impacto emocional.
Ammiel Bushakevitz resultó también un inolvidable adalid para este cometido, toda vez que ya sabemos de sobra que en estos lieder no basta con solo acompañar al cantante en su periplo por las dificultades vocales. Así es que Bushakevitz concibió un diálogo coherente con las emociones variables acometidas por la voz, a veces comentando sobre ellas, a veces proponiendo el ambiente sonoro adecuado para aclimatar el conflicto. Resultó particularmente llamativo la evidente coordinación entre ambos, por ejemplo, en líneas en que el piano doblaba a la voz, siendo siempre estos unos compases en que un ligero desajuste en el tempo o en el acento pueden producir el caos. Además, se le percibió convincente en el empleo del pedal, siendo más bien cauto que generoso, y propiciando, por tanto, una ejecución muy limpia, con líneas y estructuras fácilmente perceptibles.
De esta suerte presenciamos el mencionado devenir trágico del infortunado personaje, desde las obviedades simplonas de una alegría casi superficial, hasta la trascendencia de una desolación íntima y destructiva que culmina, como todo el mundo suele suponer, en la muerte del narrador, con la magistral Des Baches Wiegenlied (Canción de cuna del arroyo). Tras este final, quisieron los intérpretes profundizar aún más en el asunto luctuoso, y nos ofrecieron una inolvidable y conmovedora interpretación de la Litanei auf das Fest Aller Seelen (Letanía para la conmemoración de todos los difuntos), que bien podría pasar a la historia de los grandes momentos acontecidos en el Círculo de Bellas Artes.

