El título del programa, Arrancarse los ojos, despejaba toda duda en torno al gesto consciente de socavar la hendidura del drama sofocleo en la versión del dúo Cocteau/Stravinsky, subrayando su carácter trágico. Pero si cabía aun una posibilidad de acentuar esa intención, ésta era la de colocar antes de la ópera-oratorio dedicada a Edipo, unas páginas llenas del sentido de piedad, sobriamente religiosas como las de Poulenc o el propio Stravinsky, remarcando la centralidad del coro a través de todo el concierto.

De hecho, se abrió la velada con el Ave Maria y el Pater Noster de Stravinsky, páginas para coro mixto a cuatro voces a capella, que el compositor ruso concibió para las funciones litúrgicas ortodoxas cuando vivía en París y que se caracterizan por su simplicidad, por una línea monódica constante y la redondez de la frase encajada en el texto. El coro dispuesto sobre el escenario emitió sonoridades nítidas y cálidas, con extrema mesura y una entonación correcta. El ambiente se mantuvo en esas mimbres durante la obra de Poulenc, Letanías a la Virgen negra, para la que se añadió la cuerda y permanecieron solamente las voces femeninas del coro. La pieza no depara sobresaltos y su intensidad dramática descansa en su rigor y seriedad que Josep Pons puso en evidencia gracias a una cuerda expuesta en filigranas, sosteniendo la línea principal del coro, que emanó un sonido trasparente y bien centrado, hipnótico en su diálogo con el texto sacro.

Josep Pons en la dirección de un programa con gran protagonismo de las voces © Rafa Martín | Orquesta y Coro Nacionales de España
Josep Pons en la dirección de un programa con gran protagonismo de las voces
© Rafa Martín | Orquesta y Coro Nacionales de España

Pero si estas páginas son un himno a la piedad y a la contemplación, Pons decidió reabrir la herida de lo humano con el plato fuerte de la tarde: el Edipo Rey de Stravinsky. Esta peculiar obra, definida como opera-oratorio, fue presentada en versión de concierto, pero con algunos acertados elementos de escenificación: juego de luces sobre la escena e iluminación de led sobre los atriles, un narrador, Carlos Hipólito, que fue cambiando de lugar en sus intervenciones, así como algunos detalles en la gestualidad de los cantantes.

En lo relativo a la interpretación, Pons destacó por dirección atenta, pausada, con desarrollo del material que se tomó su tiempo. Seguramente, la compenetración entre el Coro Nacional y la Orquesta Nacional fue más eficaz que la de los cantantes con el conjunto. El coro, ahora únicamente compuesto por la sección masculina, abrió el drama con el lamento del pueblo tebano: sonoridades robustas, enfatizadas por los pasajes al unísono del viento, nos trasladaron a la atmosfera de incumbente tragedia. La primera intervención del tenor Nikolai Schukoff, en el rol de Edipo, apareció algo forzada con relación al registro exigido por Stravinsky: aun aguantando la confrontación con la masa orquestal, le faltó algo de soltura en las notas más altas. El barítono José Antonio López (ahora Creonte) gozó de una primera intervención más bien insuficiente, mecánica en el fraseo y solapada por la orquesta, aunque en las intervenciones sucesivas, especialmente como Mensajero, mejoró notablemente. En todo caso, la vertebración de todo el tejido vino de un coro eficaz en intensidad, capaz de acaparar toda la atención dramática. La escena entre Edipo y Tiresias deja entrever el desenlace del drama, tiñéndose de tonos sombríos: el bajo Alexander Vinogradov fue convincente en sus características técnicas como en la intención interpretativa y Schukoff también entró definitivamente en el papel.

El tránsito entre primer y segundo acto es realizado por el coro y la orquesta en un Gloria en el que el metal de las fanfarrias anuncia el fatal desenlace. Así aparece Yocasta, que desaconseja escuchar a los oráculos, en un aria de enorme riqueza melódica, Stéphanie d’Oustrac interpretó muy bien, con un caudal generoso, agilidad y expresión. También las últimas escenas resultaron convincentes, especialmente gracias a un entramado más rico entre los personajes que obvió algunas carencias individuales de los solistas que se dieron al comienzo. Y una vez más, el coro nos condujo con rotundidad hacia el final, con esas reminiscencias mozartianas, que nos recuerdan como la fortuna de Edipo es cosa del pasado.

En suma, es fuertemente encomiable la labor de Josep Pons en la confección de este programa que trazó un recorrido de la música coral del siglo XX, basculando sobre distintos registros. El control sobre la orquesta permitió recrear unas atmósferas acordes al ambiente necesario, los solistas en el conjunto se desenvolvieron bien y el coro, que sigue en su trayectoria ascendente, se mostró como pieza insustituible, versátil, pero firme, en una tarde que nos dio que pensar sobre el destino de los héroes y la insondabilidad de los oráculos: reabrir la herida sobre lo humano, demasiado humano.

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