Cecilia Bartoli visitó Madrid como parte de su gira celebratoria del aniversario de Rossini, para deleite de sus fans incondicionales, que pudieron disfrutar, no solo de sus cualidades vocales sino, sobre todo, de su singular temperamento como personaje irrepetible y show-woman definitiva.

La Cenerentola es además la obra que la lanzó a la fama en el Met hace más de dos décadas y una constante en su repertorio. Las comparaciones entre el entonces y el ahora son inevitables y nos sorprende encontrar que, a pesar de cuestiones menores como un cambio en el brillo, las cualidades vocales se conservan frescas y jubilosas; son estas las ventajas del elegir sabio, de saber ceñirse al repertorio adecuado a la propia voz. Es un papel en el que se siente comodísima y que representa con una simultánea combinación de histrionismo y naturalidad, como un vodevil cercano que consigue hacer entrañable lo exagerado.

La entrega vocal es otro asunto, Bartoli llegaba con el éxito garantizado y no se empleó a fondo hasta bien entrada la representación, guardando energías para la triunfal media hora final. Fue entonces cuando desplegó toda su artillería de virtudes y trampas mezcladas: vertiginosas florituras buscando el asombro, cambios de color forzados, estremecedores pianos sobre el aliento, desaires al texto y a la dicción… Un canto impuro que solo en ella funciona, un show basado en el temperamento y también en la profunda emotividad de sus momentos más íntimos. En contra de lo que se suele encontrar en la lírica, la grandeza de Bartoli reside en una buena dosis de honestidad artística escondida bajo una cubierta de engaños.

Cecilia Bartoli © Andreas Praefcke
Cecilia Bartoli
© Andreas Praefcke

Pero si queremos hablar de actuaciones impecables debemos volver la vista y el oído a Carlos Chausson que, haciendo honor al nombre de su personaje, estuvo sencillamente magnífico. Inmensa potencia y caudal, proyección firme y desenvoltura para las agilidades en una lección magistral de canto rossiniano. Menos afortunado estuvo el uruguayo Edgardo Rocha como Don Ramiro, demostró tener una bonita voz para los momentos más líricos que tendía a desaparecer en los numerosos pasajes rápidos. Lució facilidad para el registro alto, pero la mala fortuna hizo que pinchara en el agudo final de su aria “Si, ritrovarla io giuro”, dolorosamente cantado al menos medio tono por debajo de lo debido.

La versión semiescenificada estuvo cerca de una ópera: algo de atrezo, cuidada iluminación y una trabajada dirección de actores nos hicieron olvidar por momentos el frío entorno del auditorio. El nivel de teatro de ópera se alcanzó con unos extravagantes vestuarios entre los que destaca el de Cenicienta triunfante, espejado y reflectante, entre trencadís de fantasía y bola de discoteca, pensado para cegar literalmente a un público hambriento de fiesta. La propia orquesta Les Musiciens du Prince y su director Gianluca Capuano interaccionaron simpáticamente con la escena mientras ofrecían una interpretación de transparencias, buenos colores y energías justas.

Para terminar la noche, una ronda de vítores con aires de épica. Bartoli, dándole a la audiencia lo que demandaba, continuó el show sin quitarse el disfraz de Cenicienta. “¿Cómo es posible que me aplaudan tanto a mí?”, parecía decir. Y armada de humildad y de sorpresa consagraba la unión con su público mientras confirmaba que recibir aplausos se le da incluso mejor que cantar.

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