La voz propia y el universo creativo de Nikolai Lugansky están fuera de toda duda. Sin llegar a los extremos expresivos de Leonskaja o la introspección del lenguaje de Pollini, el pianista ruso pone en práctica una manera de acercarse al repertorio muy emancipada del canon, con programas menos transitados de lo habitual en el repertorio de sus giras y una clara reivindicación de ciertos autores durante los bises. El inicio intimista del concierto con el Prelude, Fugue & Variation, op. 18 de Cesar Franck ya era toda una declaración de intenciones, conjugando la escritura organística de la que proviene, con los recursos propios de una transcripción a piano. Elementos singulares como los largos pedales o el dibujo contrapuntístico bajo la melodía no sólo nos hablan del compositor, sino de un manojo de influencias que salpican la pieza, desde Saint-Saëns (a quien se lo dedicó), pasando por Gounod o el Beethoven más cromático. La obra se planificó con engañosa austeridad y poco afán exhibicionista, más allá del enorme control técnico del juego de pedales que precisa. La fuga discurrió por cauces meditativos, con poco peso en cada tecla y gran sentido cantable, en una gran demostración del catálogo de matices que a Lugansky le gusta susurrar al piano.

Nikolai Lugansky © Marco Borggreve / Naïve-Ambroisie
Nikolai Lugansky
© Marco Borggreve / Naïve-Ambroisie

La Sonata núm. 21 de F. Schubert perdió en la comparación con la primera pieza, porque el tipo de pianismo del intérprete ruso, con abundancia de notas ligadas y pretensiones casi paisajistas, se deshilacha ante los largos desarrollos formales de Schubert. En exceso encorsetado por su necesidad de destello, el Lugansky no ahondó en el discurso y todo quedó en una catarsis tranquila donde sólo el Allegro final pareció recibir el empuje rítmico propicio y la acentuación en las disonancias precisa. Las Tres piezas líricas de Grieg reanudaron el concierto tras el descanso con el mismo sentido anticlimático de la primera parte. Ese sentido orgánico de la digitación que Lugansky aporta en sus interpretaciones funciona mucho mejor en estas piezas cortas que no pretenden grandes glorias.

La Gran sonata de Chaikovski es una amalgama peculiar, algo desatada, de capacidades extremas del instrumento. Al esquema formal se le ven claramente las costuras y sus movimientos evolucionan antes por yuxtaposición de materiales que por desarrollo motívico real, lo cual le confiere un espíritu de castillo de naipes que sólo su espectacularidad pianística contrarresta en parte. El virtuosismo para Lugansky no reviste problema alguno y resolvió con suficiencia, aunque sólo en los momentos más íntimos pareció empatizar con una lectura algo más trascendente y reflexiva de una obra que no se deja fácilmente llevar al campo de los significados.

Los generosos tres bises con que finalizó el concierto fueron tan reivindicativos como espectaculares, en cierta manera vehículos de lucimiento de las capacidades del pianista de una parte, y de su sentido fusionador de repertorios por otro. En primer lugar vino la Canzona Serenata de Nikolai Medtner, seguidas de la Pastorale y el Intermezzo de los 8 etudes, op. 40 de Nikolai Kapustin. El público aplaudió estas últimas muestras virtuosas animadamente, en un concierto cuyo mayor aliciente fue ese lirismo con letras capitulares que Lugansky imprime en algunos rincones de las obras que interpreta, ese naufragio consentido que contados pianistas tienen la capacidad de convocar.