La odisea espacial de Stanley Kubrick se ha convertido en la excusa perfecta para que una de las obras fundamentales de la historia de la música sinfónica de la segunda mitad del siglo XX, Atmósferas de György Ligeti, se cuele en nuestras programaciones. La interpretación de Dima Slobodeniouk y la Sinfónica de Galicia demostró que con el paso del tiempo está música no sólo no ha perdido un ápice de su modernidad sino que incluso ha ganado en sensualidad.

El trompista Stefan Dohr © Monika Rittershaus
El trompista Stefan Dohr
© Monika Rittershaus

Fue una interpretación adecuadamente monolítica, con una refinada y sutil progresión de las texturas sonoras ¡en el espacio y en el tiempo!, pero a la vez impactante en sus transiciones más críticas, como por ejemplo en el caso de la sección central de la obra, con su salto vertiginoso del agudo más estridente -4 “efes”- a un grave sobrecogedor donde los contrabajos de la Sinfónica liberaron una sonoridad fascinante. El entramado micropolifónico fue caracterizado por los músicos de forma efectiva, integrándolo Slobodeniuk con gran lucidez en el global de la masa sonora. Resultó muy emotiva la recreación del bellísimo final de la obra en el que el cluster supergrave de trombones y tuba se une al evocador sonido de los cepillos en el piano. La solemne dirección del silencio conclusivo no fue en absoluto anecdótica en tan sinestésica obra. 

El resto de obras en el programa pertenecían a Richard Strauss. Retrocedimos cronológicamente apenas veinte años, pero estilísticamente años luz, para disfrutar su Concierto para trompa nº 2. El mítico principal de la Filarmónica de Berlín, Stephan Dohr, evidenció desde su dilatada introducción un sonido abrumador, un fraseo milagroso y una enorme musicalidad. Tuvo asimismo el detalle de mostrar con un puntual desliz que, al mismo tiempo, es humano. La orquesta respondió, tanto en sus tutti como en las continuas intervenciones solistas de las maderas, con la máxima energía y calidez. El operístico Andante con moto fue melifluo sin llegar a lo relamido y sobresalieron las intervenciones solistas de oboe y flauta. En el exigente Rondó final, el tiempo frenético que estableció Slobodeniouk no intimidó en absoluto a Dohr, quien se desenvolvió con facilidad  y sin el mínimo gesto respiratorio forzado. El momento de la conclusión en el que su voz se une a la de las dos trompas de la orquesta en un efusivo unísono fue un punto final memorable.

En la segunda parte se retomó el hilo conductor del 2001 de Kubrick para escuchar una vez más Así habló Zaratustra. Interesante la comparación entre el tardío Strauss -relajado, transparente y nada pretencioso- y su hipertrófico poema de juventud. Para su interpretación, a la plantilla de la Sinfónica se unieron una veintena de excelentes instrumentistas de la Orquesta Joven de la Sinfónica, que se integraron perfectamente (no en vano, muchos de ellos son refuerzos habituales).

Orquestalmente fue una exhibición de poderío. Interpretativamente, Slobodeniouk ofreció una visión personal, muy incisiva, ajena a retóricas, que tuvo el acierto de cohesionar al máximo los distintos episodios que configuran la obra. Sin embargo, los pasajes más líricos de secciones como “De las alegrías” y “La canción de los sepulcros”, así como “La canción del noctámbulo” se resintieron ligeramente de este enfoque. Aunque de forma general Slobodeniouk fue reacio a intensificar el efectismo inherente a la música de Strauss, no fue así en su rotundo “Amanecer”, orquestalmente deslumbrante, con unos metales sobrecogedores y una gran presencia del órgano. Igualmente fue reveladora la agitación que imprimió a “El gran anhelo” y de lo más sugerente la transición a “De la ciencia”. En resumen, la combinación de una concepción muy personal de la obra y una espléndida exhibición de virtuosismo orquestal, se plasmaron en un apasionante Zaratustra que una vez más probó la frase de Nietzsche: “Sin música, la vida sería un error”.