En 1964 Antonio Di Benedetto publicó El hacedor de silencio. O El silenciero (las ediciones, en coherencia con el espíritu kafkiano de su contenido, varían). Término y expresión denotan una figura extraña, ya prácticamente imposible, especialmente en lo que refiere a la segunda acepción: persona destinada para cuidar del silencio o la quietud de las casas y los templos.

Arcadi Volodos en el Festival Internacional de Santander © Javier Cotera
Arcadi Volodos en el Festival Internacional de Santander
© Javier Cotera

El fenómeno del concierto acontece inextricablemente sujeto a distracciones imponderables. Forma parte del discurso sonoro y sin ello la música resultaría inerte. Sencillamente se trata del medio, del espacio ontológico en que aquella debe desarrollarse. Los elementos de semejante campo, transmutando el concepto de Karl Bühler, operan merced a estas fuerzas polares, a los flujos de energía que reverberan en el oyente a través de resortes biográficos y volitivos.

Sin entrar en la complejidad del análisis que la cuestión requiere, podemos localizar dos actores insoslayables: la emisión (esto es, los procesos relativos a la producción del sonido) y la recepción (que involucra la totalidad de la escucha, la disposición respecto de su objeto en un sentido amplio). Ambos momentos son indisociables y revisten idéntica importancia; el hecho artístico solo existe si aquellos engarzan. Del mismo modo que las páginas de un libro están en blanco cuando nadie las lee, del mismo modo que los cuadros de las galerías se desvanecen cuando el museo cierra sus puertas, el público de los auditorios hace e interpreta música (el idioma alemán recoge sutilmente esta idea: hören es escuchar; gehören, pertenecer). Y cuando la física y la atención funcionan, el correlato experiencial adquiere visos propios de un ente vivo: es lo que denominamos emoción.

El silencio en la música, si quiere proyectar su mayor poder, ha de ser activo. Desde luego, encontramos aquí una dimensión relacionada con la urbanidad, pero esta siempre debe supeditarse, posicionarse al servicio de las condiciones que habilitan el embargo o el sobrecogimiento. No se trata tanto de no perturbar al otro como de permitirse a uno el máximo grado de vivencia, la posibilidad de una comunión irremplazable y absolutamente única. Los artistas mayúsculos también lo son por el hospedaje que se dispensa a su acción; dependen de lo que el espectador permite. 

Arcadi Volodos, que engrosa sin discusión el catálogo contemporáneo de pianistas egregios, fue la elección del FIS para suplir la ausencia de Leónidas Kavakos y Yuja Wang (la cita fue cancelada por motivos familiares graves del violinista griego). El programa: Sonata en la mayor D.959 y Sonata en si bemol mayor D.960, de Franz Schubert.

Las últimas sonatas para piano de Schubert (el ciclo está constituido por las dos que nos ocupan y la Sonata en do menor, D.958) suponen la culminación de un estilo y el inapelable ejemplo de cómo el refinamiento formal puede desembocar en la trascendencia. Las simetrías armónicas, la estructura prolija o las citas entre cada uno de los respectivos movimientos, además de la vinculación con otras cimas del compositor austríaco (verbigracia, los Impromptus o la Wanderer-Fantasie), convierten la ejecución de estas obras en un ejercicio de exigencia suprema.

Podríamos haber enfocado nuestro texto de distinta manera y desgranar la colección de virtudes que adornaron el recital de la Sala Argenta: el estremecedor dominio del legato, la respiración orgánica, la síntesis de las dos piezas en una unidad sin grietas o la deliciosa y generosa prolongación del éxtasis (el ruso brindó 4 propinas: Minuet D.600 de Schubert, el primero de los Tres intermezzi, Op.117, de Brahms, Malagueña, de Lecuona y Siciliana, de Vivaldi). En cambio, hemos optado por una disertación deslavazada sobre algo que parece aproximarse en algún sentido a la atmósfera de los conciertos. ¿Por qué?

Porque la actuación que reseñamos se condensa en algo muy sencillo, pero a la vez extremadamente complicado de enunciar mediante la crónica al uso: Schubert, el público y Volodos hicieron música. ¿Alguna vez han escuchado cómo permuta el silencio? Es similar a lo que sentimos cuando cobramos conciencia de que algo ha terminado. Algo como una sonata postrera. Algo como una vida. Algo como el inolvidable concierto de anoche. 

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