La Real Filharmonía de Galicia puso fin a la temporada de su trigésimo aniversario con un programa que condensó varios de los principios que marcan la etapa artística de Baldur Brönnimann: atención a la creación contemporánea, revisión del repertorio desde perspectivas nuevas y reconocimiento del valor individual de los músicos de la propia orquesta. Bajo el título de Variaciones sobre la historia, la velada reunió el estreno de una obra de Octavi Rumbau, las Variaciones concertantes de Ginastera y, como pieza estelar, el Concierto para violonchelo de Dvořák, con Santiago Cañón-Valencia.

La primera parte comenzó con I love sounds just as they are, última entrega del proyecto Cometas, que durante la temporada ha propiciado el estreno de dieciséis obras breves. Su autor, Octavi Rumbau, parte de una conocida aseveración de John Cage –amar los sonidos tal como son– para plantear una reflexión sobre la escucha y la persistencia de la tradición sinfónica. El punto de partida es el acorde con el que Beethoven abre su Primera sinfonía, un comienzo armónicamente ambiguo que Rumbau somete a un proceso de disolución, ralentización y rarificación, incorporando ecos de las restantes sinfonías beethovenianas, todo ello filtrado por una escritura espectralista, atenta a la transformación del timbre y del material sonoro. Una sugerente propuesta intelectual, pero que en lo musical no resultó especialmente novedosa, a pesar de su excelente factura. Rumbau mostró un notable conocimiento de la orquesta y una especial sensibilidad para las combinaciones tímbricas.
Las Variaciones concertantes ofrecieron un contraste inmediato. Se trata de una pieza idónea para cerrar una temporada centrada en la propia orquesta: cada variación concede protagonismo a un instrumento o sección diferente. Dos de los numerosos refuerzos de la noche (el violonchelo de Ferran Bardolet y el arpa de Bleuenn Le Friec) expusieron con serenidad y seguridad el tema inicial. A partir de ahí se sucedieron intervenciones de notable calidad, destacando la ligereza de la flauta, la vivacidad del clarinete, y la acertada aportación, lírica y meditativa, de Carlos Méndez, contrabajo principal. Brönnimann articuló la sucesión de variaciones manteniendo la continuidad interna de una partitura cuya escritura cambia constantemente de color y de carácter. El malambo conclusivo desplegó energía, precisión y una convincente fuerza rítmica.

La presencia en Galicia de Cañón-Valencia, uno de los violonchelistas más destacados de su generación, era uno de los acontecimientos más esperados del final de temporada. Desde su primera entrada, el músico colombiano mostró una coherente concepción expresiva y su ya proverbial técnica, segura hasta lo indecible. No fue tan refinada la introducción orquestal, pues la excesiva intensidad dinámica condujo a una áspera interpretación que no llegó a alcanzar la necesaria cohesión sonora. Estamos ante una sala que ofrece una gran proyección al conjunto orquestal, cuyo sonido se expande con facilidad y reverberación hacia el público, muchas veces más de lo que sería deseable A pesar de ello, el sonido de Cañón-Valencia se proyectó sin problema, dialogando de tú a tú con la masa orquestal. Curiosamente, fueron más problemáticos los episodios de textura más camerística. Por ejemplo, los diálogos con las maderas, que deberían haber permitido apreciar con mayor claridad el color y las inflexiones del solista, y, sin embargo, la proyección de las maderas velaba una y otra vez el sonido de Cañón-Valencia. Fue el único pero a una interpretación en la que el solista afrontó las dificultades de la escritura con naturalidad, manteniendo la claridad de articulación, incluso en los pasajes más virtuosísticos. El segundo tema respiró con nobleza y expansión lírica mientras que el breve solo previo a la coda alcanzó un grado de virtuosismo pocas veces escuchado.

El Adagio ma non troppo fue el mejor momento de la noche. Disfrutamos de la flexibilidad de fraseo y el control de las dinámicas de Cañón-Valencia. Su dilatado monólogo conclusivo resultó de una belleza inefable. En el Final combinó impulso rítmico, precisión y una notable libertad de fraseo. La complejísima transición hacia las páginas conclusivas fue resuelta con madurez, permitiendo que la evocación de los temas anteriores quedase plenamente integrada en el discurso. La obligada propina bachiana, puso punto final a la temporada del aniversario. Tres amenas propuestas, no todas con la misma capacidad de comunicación, pero que reflejaron con claridad el proyecto desarrollado por Brönnimann: una orquesta dispuesta a asumir riesgos tanto en los lenguajes del presente como en el gran repertorio sinfónico.

















