El Teatro Real de Madrid acoge por estos días la vuelta del hijo pródigo, el gran bailarín y coreógrafo vuelve la ciudad que tantas veces lo aplaudió con ánimos de reconciliación. A su lado desembarcan la Staatsballett Berlín y una Bella durmiente, demasiado bella, demasiado fría.

Un momento de <i>La bella durmiente</i> en el Teatro Real © Javier del Real | Teatro Real
Un momento de La bella durmiente en el Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

Con la limpieza característica de la danza contemporánea, el espectáculo arranca "inundado" de minimalismo y esto, en vez de ser pájaro de mal agüero, nos emociona… algo nuevo va a decirnos Duato con su Bella. Sin embargo, el deseo no es siempre convertido en realidad. Desde el inicio todo es perfecto, todo es sincrónico, pero el alma no aparece y la historia discurre sin tropiezos. La espera del público entendido se prolonga, no hay momento-aplauso, todo es plano, no existe el rizo. Es entonces que en medio de la nada, aparece un elemento discordante, el mal que tiñe de negro una escena demasiado pálida, la profecía de un futuro entre tinieblas para la bella que acaba de nacer. Con Carabosse, Duato intenta un giro en su creación, colorea los tonos pálidos e intenta renovar y renovarse. Pero ni siquiera el travestismo Carabosse-Maléfica salva un primer acto que brilló por las ausencias.

La bailarina Iana Salenko © Javier del Real | Teatro Real
La bailarina Iana Salenko
© Javier del Real | Teatro Real
A continuación la historia da un salto, Aurora, ya princesa y encarnada por la excelente bailarina Iana Salenko, se expone al peligro de una adolescencia edulcorada y la protección de un coreógrafo que decide evitarle los rigores del virtuosismo transformando, por sólo citar un ejemplo, el Adagio de las rosas en un ridículo aplaudible. En este segundo acto, las licencias se suceden y tenemos a una Bella cayendo, rendida por el sueño, durante una escena que mucho recuerda la locura de "Gisselle" al descubrir el engaño de su campesino-príncipe. Nada excita, no hay oportunidad para ese aplauso espontáneo del que hablaba al principio. Así, congelados, nos vamos al tercer acto para encontrarnos con un pastel que no invita a la mordida y un pas de deux final que mejor será olvidar. No obstante, la noche no estuvo perdida. En el foso Pedro Alcalde supo conducir la Orquesta Titular del Teatro Real con el rigor de los grandes, la música llenó las grietas de una coreografía que poco aportará a la historia del beso que despertó el amor. Por su parte el cuerpo de baile de la Staatsballet Berlin dio momentos de respiro y mostró bríos de sutilezas.

Un ballet clásico tiene sus códigos y no me refiero a las estructuras, demasiado rígidas, de los pas a deux, diagonales, y un largo etcétera, hablo de ese código de comunicación con el público, ese "algo" que se aguarda y se agradece con un aplauso espontáneo y, en los ambientes más cálidos, con "bravos" que nacen del alma. Esos momentos esperados de cada coreografía, mil veces vista por el fiel espectador, no pueden estar ausentes. Es una máxima que Nacho Duato olvidó al recrear su Bella durmiente en clave clásica, experimentando, por vez primera en su carrera como coreógrafo, el mundo de la punta en una obra de gran repertorio.

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