La puesta en escena de una pieza con la calidad que atesora La Clementina es, sin duda, la mejor parte del estreno del nuevo título de temporada del Teatro de la Zarzuela. No es la primera vez que la escuchamos en Madrid en el pasado reciente: estuvo en el Teatro Español también dirigida por Andrea Marcon no hace tanto y en el Festival de Aranjuez en 2008, con Heras-Casado a la batuta. Pero a pesar de su indiscutible calidad no acaba de incorporarse al repertorio ni tan siquiera de las orquestas especializadas. La música de Boccherini está fantásticamente construida, sin ornamento innecesario alguno, con mucho detalle en lo tímbrico y con un costumbrismo en algunos de los aspectos de la dramaturgia musical que bien podían recordar a Le nozze di Figaro mozatiana, casi estricta contemporánea de La Clementina. Ahí está ese tratamiento especialmente rico de las voces o unos números de conjunto algo más desarrollados que los de un mero coro final. Con todo, la obra pone un pie en el futuro (Rossini) y otro en el pasado (Scarlatti), algo lastrada por un trasunto dramático pensado por Ramón de la Cruz y que es poca cosa, no esperen aquí a un Da Ponte. Pero la música sostiene bien una comedia que no detalla su imbroglio hasta bien mediada la segunda parte, y que cuando lo hace resuelve de manera tan irreal como cabía esperarse. En fin, poco libro para tan buena música.

Parte del elenco de <i>La Clementina</i> en el Teatro de la Zarzuela © Domingo Fernández
Parte del elenco de La Clementina en el Teatro de la Zarzuela
© Domingo Fernández

Del resto de los elementos, vamos de lo satisfactorio a lo objetable. En lo positivo, la dirección de Andrea Marcon, siempre vivaz, atenta, sin desmelenes innecesarios y con mucha intención en los fragmentos instrumentales. La labor operística de Marcon no parece llamar la atención en estos últimos años, pero es probablemente uno de los directores mediterráneos que mejor atienden a la escritura musical del XVIII en cuanto a acompañamiento vocal se refiere, y sabe cómo ha de hilvanarse esa crisálida orquestal para que permita al cantante proyectar, empastar y conmover sin perder un ápice de gracia. La orquesta hizo lo que pudo, ruda en los ataques y sin la tímbrica ni el detalle dinámico preciso, pero teniendo en cuenta la tesitura en la que se encontraba, tampoco fue obstáculo para el disfrute de la excelente música de Boccherini. Se echó de menos a la Venice Baroque Orchestra, perfecta para estas lides, y que fue quien la interpretó en el Español en 2009.

En una obra donde el texto hablado tiene cierta entidad, el componente actoral pasa a primer término, y Carmen Romeu es una buena baza, levantando un personaje imbuido de una casi perpetua melancolía y cantándolo con suficiencia. La obra le da poco margen para explayarse pero sus intervenciones fueron siempre atinadas. El resto del reparto femenino, muy centrado en los tópicos (la hermana caprichosa, la sirvienta pícara, etcétera), fue coherente y estuvo bien cantado, con algún brillo. Quien peor parado salió fue Juan Antonio Sanabria, un Don Urbano esforzado para un papel de tesitura muy ingrata y que no pudo evitar unos cuantos agudos muy estrangulados en las arias más exigentes. Tampoco destacó en este caso por sus dotes actorales en lo meramente teatral, no así cuando cantaba, mucho más cómodo en el movimiento escénico.

Escena de <i>La Clementina</i> © Domingo Fernández
Escena de La Clementina
© Domingo Fernández

El montaje ya era conocido (el de 2009) y se mantuvo siempre dentro de una elegancia sin sobresaltos. El libreto no modifica el espacio y ante tan escaso movimiento sólo se puede presentar un buen cuadro fijo y confiar en que la música lo ponga en movimiento.

En definitiva, una zarzuela bella con las espaldas lo suficientemente anchas como para no resentirse ante las insuficiencias, pero que hemos visto hace no tanto mejor interpretada. Bienvenida, aunque sea con cierta nostalgia.

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