Para regocijo de los amantes de la música contemporánea, la relación de Nacho de Paz con la Orquestra de València parece consolidarse. Tras su debut en el Festival Ensems de 2023 y el concierto de marzo de 2025, volvió para conducir la primera cita sinfónica del año. Contando con que la fecha no era de lo más propicia, la energía que emplearon los músicos y el director fue considerable. Más, ni siquiera el retraso de la sesión de abono al sábado, para ganar ensayos frente a los habituales viernes, ayudó a que el repertorio alcanzara toda la sazón deseada.

El programa era de máxima exigencia, lo que dejó al descubierto, en más de una ocasión, las costuras de algunas familias instrumentales. Dos obras de Messiaen y una de Scriabin, que ríete tú de la espiritualidad atribuida al último disco de Rosalía. Les Offrandes oubliées y L’Ascension, como casi toda la música del francés, son fruto de su profundo catolicismo: la primera reivindica la cualidad sanadora de la Eucaristía y la segunda la majestad de Cristo. Casi nada. Por su parte, el ruso, en El poema del éxtasis, como bien explicó el director en la charla introductoria al concierto, quiso trascender lo humano convirtiéndose en hombre-dios-creador. Para ello construyó una intrincada red matemática —y no menos personal que la de Messiaen—, aplicada a lo sonoro. De este modo la piedra de toque del programa, siguiendo otra vez a De Paz, residía en ajustar los ritmos, forjar texturas atractivas y construir un discurso sintácticamente inteligible.
El primer objetivo se cumplió. Pero, por ir a asegurar, la sección central de Las ofrendas careció de la terrible turbación que debería provocar la conciencia de un pecado —según la concepción del autor— mortal; su apariencia fue más bien venial. En cuanto a los planos sonoros, pese a la tersura de la cuerda, la sonoridad no se estiró del todo hacia el piano en la sección anterior. Sin embargo, los colores y la expresividad que faltaron al inicio sí aparecieron en el recogimiento final. En el primer movimiento de La Ascensión los metales sonaron equilibrados; en el segundo, los intrincados arabescos de las coloristas — aunque conservadoras— maderas sirvieron más para hacer memoria, que para “cantar sus alabanzas”. Messiaen dejó una profunda huella en los compositores valencianos Amando Blanquer y Bernardo Adam. Los dos llenaron sus obras para banda con esas mismas progresiones ensortijadas. En la tercera parte se percibió el carácter danzable requerido y se atisbó algún amago de textura sugerente. Finalmente, la última oración se quedó en un Adagietto para cuerdas al uso, eso sí, muy bien fraseado.
El poema del éxtasis resultó impecable en el plano estructural. En el narrativo, sus hechuras se acercaron más a los episódicos poemas sinfónicos de Richard Strauss —Ein Heldenleben o Zaratustra, por ejemplo—, que a la continuidad trascendente de Parsifal. En definitiva, más modernistas que teosóficas. La orquesta fluctuó desde la sonoridad volátil del comienzo hasta la grandiosidad organística de los clímax. Cabría destacar el bello sonido del clarinete solista, la labor de la cuerda de trompas y el empeño de unas trompetas que en más de una ocasión se jugaron el tipo.
No fue una tarde perdida. En el riesgo está la ganancia; ojalá hubiera más programas de este calibre.

