Ensems nació hace cuarenta y ocho años para abrir puertas y ventanas en un mundo musical, el valenciano, en el que se decía que “el conservatorio olía a alcanfor” (célebre sentencia del fundador del festival, Llorenç Barber). Desde entonces se ha visto de todo, pero no cabe duda de que esta convocatoria anual ha dado oportunidad, a quien ha querido escuchar, de abrir bien los oídos. Aquello que nació de lo alternativo, de lo experimental, fue sumando adhesiones; hoy una de las citas ineludibles —y que más público concita— es la que protagoniza la Orquestra de València. Su aportación, aunque ha sufrido altibajos en cuanto a conceptualización de lo contemporáneo, es por tanto indispensable.

Por eso no se puede desperdiciar ni el más mínimo resquicio para divulgar lo que de bueno tiene esta música: no hubo notas al programa. Es verdad que se ofreció una charla introductoria previa a cargo del compositor del estreno absoluto, Marc Garcia Vitoria y su Concierto para guitarra y orquesta, pero ni todos los asistentes acuden, ni se trata en profundidad el resto del programa. Este partía de un planteamiento inteligente: comenzó y concluyó con música de compositores húngaros, Ligeti y Bartók, y permitió rastrear las herencias y hallazgos que dan continuidad al resto; especialmente, en el tratamiento de la orquesta como un organismo sonoro siempre en transformación.
En San Francisco Polyphony, György Ligeti lleva a un nuevo estadio procedimientos que había desarrollado en obras anteriores. Si, como señalaba él mismo, en Atmosphères y Lontano predomina el estatismo, aquí el contraste dramático adquiere protagonismo. Josep Planells manejó con habilidad y sentido constructivo el inquieto flujo que atraviesa la partitura. Ese continuo murmullo que colorearon con acierto los solistas. No obstante, se echó en falta una sonoridad más incisiva en algún momento y pathos en la “dramática media parte”. De ahí que la versión resultase quizá excesivamente amable y un tanto romántica para ser una música de tan ásperos contrastes. Me gustó la sonoridad de la sección de contrabajos y la de flautas llegó a ser verdaderamente molesta en su prolongada escalada hacia el agudo.

La concepción del sonido como materia reapareció, desde una perspectiva distinta, en el Concierto para guitarra y orquesta. Garcia Vitoria parte de una idea tan sencilla como radical: convertir la guitarra en “germen acústico de toda la orquesta”. Esta no acompaña ni se enfrenta al solista, sino que nace de él, amplificando sus resonancias y proyectando sus propiedades sonoras. “Orquestación expansiva”, lo denomina el propio autor, que, por otra parte, traslada al conjunto acústico comportamientos próximos a la transformación electrónica del sonido. Ausiàs Parejo defendió con solvencia una parte solista integrada orgánicamente en ese proceso, pero no por ello dejó perder la memoria que el instrumento tiene en rasgueos y golpes sobre la caja, a los que se añade, por ejemplo, recursos como el pizzicato Bartók. De regalo y como delicioso contrapunto ofreció Danza mora, de Francisco Tárrega.
A la compositora surcoreana Unsuk Chin, alumna de Ligeti en Hamburgo, le sucedió un poco como a Barber: acabó renegando de la música académica occidental decimonónica. Sin embargo, el color constituye el fundamento de Rocaná. Room of Light, como si de aquellos impresionistas se tratase. El título procedente del sánscrito, alude a una “habitación de luz” y se inspira en fenómenos como la refracción, la distorsión, los reflejos y las ondulaciones lumínicas. La conexión con Ligeti resultó evidente: corales microtonales, flujos en perpetuo movimiento y puntos luminosos producidos por los armónicos. Por el contrario, no hubo cintura rítmica para encajar los pasajes puntillistas y jazzísticos. Funcionó muy bien el diálogo entre trompas y metales graves y se echó en falta mayor sutileza en los pasajes más paisajísticos dando como resultado cierta pesadez.

Finalmente, cerramos el círculo en Bartók, antecedente fundamental de muchas de estas conquistas. El mandarín maravilloso anticipaba ya en los años veinte una concepción moderna del timbre mediante Flatterzunge, uso de armónicos, ataques varios, glissandi e incluso cuartos de tono. Aquí Planells consiguió además algo esencial: narrar musicalmente la violencia y la deshumanización que destila el argumento. Tras una introducción rítmicamente firme, la orquesta se adentró con convicción en las sombras expresionistas de Bartók. Su música siempre es perturbadora. Especialmente cautivador fue el clarinete, de color oscuro y de sinuoso fraseo, en las escenas de seducción. En valenciano usaría un verbo precioso: “el solista va a cautivar al público”. Suya fue la ovación de la tarde. También sobresalieron el expresivo corno inglés y las graníticas trompas. La orquesta respondió bien al complejo engranaje rítmico, pese a algún atragantamiento en el trepidante tramo final, y desplegó una rica paleta. Un resultado global notable para un programa exigente, bien relacionado internamente.


















