La debutante con la Orquesta Sinfónica de Galicia, Delyana Lazarova, devolvió a la orquesta a uno de esos territorios donde ha ofrecido algunas de sus noches más memorables: la gran música del siglo XX, prácticamente ausente en esta temporada más allá de incursiones en el impresionismo francés, los habituales Falla, Rodrigo y la presencia en el Festival RESIS. El Concierto para orquesta de Bartók, paradigma del virtuosismo sinfónico, sirvió para confirmar el extraordinario momento de la OSG y reveló en Lazarova una directora de ideas claras, gesto incisivo y notable capacidad para activar todos los recursos expresivos de una gran formación sinfónica.

Delyana Lazarova al frente de la Orquesta Sinfónica de Galicia © Orquesta Sinfónica de Galicia
Delyana Lazarova al frente de la Orquesta Sinfónica de Galicia
© Orquesta Sinfónica de Galicia

Antes, Lukas Sternath prolongó el excelente Schumann escuchado en semanas previas con un referencial Concierto en la menor. Sternath exhibió un sonido noble y poderoso (que rompió las consabidas limitaciones acústicas de la sala), imprimiendo a la obra un vigor y una musicalidad desbordantes en todo momento, pero siempre con máxima atención al diálogo con una orquesta inspirada, especialmente en unas maderas que aportaron color a los momentos más camerísticos de la partitura. Magníficos en este contexto, Juan Ferrer y Carolina Rodríguez, clarinete y oboe respectivamente, por la naturalidad de sus intervenciones y la calidad de sus líneas. Desde el inicio, Sternath mostró un fraseo natural e idiomático, una narrativa rica y contrastada y una admirable capacidad para construir balances exquisitos y gradaciones dinámicas perfectamente dosificadas.

Todo cristalizó en un convincente Allegro affettuoso en el que la cadencia surgió como una ola de fuerza y luz, abrumadora tanto en la forma como en el fondo. En el Intermezzo, Sternath, apoyado en el sonido cálido y profundo de la sección de violonchelos, liderada por Raúl Mirás, generó una hermosísima suspensión emocional. El Allegro vivace, pleno de carácter y claridad, volvió a crear, de manos de Lazarova, incontables momentos de electricidad y fantasía, resueltos con impulso y brillantez, gracias a una orquesta valiente, flexible y precisa. En la sección final, Sternath asumió el protagonismo sin ningún tipo de cortapisa, elevando la tensión desde el teclado, imprimiendo al discurso una energía arrebatada y conduciendo a la orquesta hacia una conclusión de irresistible empuje, en la que el virtuosismo siempre estuvo al servicio de una idea musical clara, jubilosa y plenamente schumanniana.

El pianista Lukas Sternath © Orquesta Sinfónica de Galicia
El pianista Lukas Sternath
© Orquesta Sinfónica de Galicia

Tras el Intermezzo del propio Concierto de Schumann, la propina estableció un hermoso juego de correspondencias: no podía ser sino otro Intermezzo, esta vez el número 1 de su incondicional Johannes Brahms. Lánguido y extremadamente evocador en manos de Sternath, hizo que el tiempo se detuviese en el Palacio de la Ópera coruñés.

Por difícil que pareciese, las magníficas sensaciones de la primera parte fueron eclipsadas por un memorable Concierto para orquesta. En la Introduzione, Lazarova construyó una atmósfera de misterio tenso, casi orgánico, haciendo emerger las distintas capas de la orquesta con una claridad admirable. No hubo efectismo ni violencia gratuita, sino una arquitectura sinfónica perfectamente dosificada, en la que cada entrada instrumental parecía responder a una idea general de enorme coherencia. Cuerdas densas y flexibles, maderas de carácter, metales firmes y una percusión de precisión impecable.

El gran clímax del movimiento, con las fanfarrias iniciadas por los trombones, fue como volver a escuchar el rugido del motor de un Ferrari. En el Giuoco delle coppie, el virtuosismo explotó al máximo, expuesto con ironía, limpieza y una deliciosa variedad tímbrica. Lazarova supo subrayar el carácter casi teatral de los emparejamientos instrumentales sin convertirlos en caricatura. En la Elegia, la directora búlgara desplegó un lirismo nocturno, sombrío, de gran profundidad (con unas cuerdas sobrecogedoras) mientras que un nuevo Intermezzo, en este caso interrotto, tuvo mordacidad, flexibilidad y sentido del humor, pero también una tensión soterrada que evitó cualquier lectura superficial del movimiento. El Finale no decepcionó. Lazarova asumió tempi rápidos con valentía, pero con un control absoluto, sin lastrar nunca la claridad. Hubo empuje, brillantez, virtuosismo colectivo y una sensación de confianza absoluta entre podio y orquesta. La OSG superó la prueba del Concierto para orquesta con autoridad incontestable.