La temporada de la Sinfónica de Galicia volvía a dirigir su mirada hacia la música compuesta en los últimos cien años. Dima Slobodeniouk elaboró un atractivo programa conformado por tres obras relativamente infrecuentes y pertenecientes a mundos sonoros muy dispares, pero en los tres casos con un sello propio e inconfundible que tanto el director como los músicos realzaron brillantemente.

La Orquesta Sinfónica de Galicia y su director titular Dima Slobodeniouk © OSG
La Orquesta Sinfónica de Galicia y su director titular Dima Slobodeniouk
© OSG

La primera parte, protagonizada por compositores británicos, se abrió con las danzas de Powder her Face, orquestadas por Thomas Adès en 2007 a partir de su escandalosa ópera estrenada a finales de los años noventa. No es la Sinfónica de Galicia ajena a la música del compositor londinense, pues en su día la orquesta estrenó en España su Concierto para violín y orquesta. Influyera o no este hecho, lo cierto es que la orquesta mostró una empatía absoluta con las Dances. Es una música en absoluto pretenciosa, que mira hacia el pasado y hacia la cultura popular sin el más mínimo rubor, pero que al mismo tiempo resulta innovadora por sus ideas desbordantes y por la forma en que consigue la complicidad con el oyente. Un auténtico caleidoscopio sonoro que en el fondo esconde una ácida y descarnada reflexión sobre el mundo actual. Fue fascinante la forma en que la Sinfónica dio vida a la partitura, imprimiéndole una descarada mordacidad en todos sus planos sonoros. Resultó decisiva la intervención continua e inspirada de los percusionistas de la orquesta, quienes desplegaron un sorprendente catálogo de instrumentos y ¡armamentos!, entre los que se incluía el flexatone y una amenazadora pistola de feria.

El chelista Nicolas Altstaedt © Marco Borggreve
El chelista Nicolas Altstaedt
© Marco Borggreve

Este prometedor comienzo dio paso al otoñal Concierto para chelo de William Walton, tan hermoso como infrecuente. Compuesto desde el retiro en Ischia del compositor es, como en el caso anterior, una obra libre de cualquier deuda con las vanguardias más radicales de su tiempo. Y sin embargo, es música que nos traslada a un mundo sonoro tan íntimo y evocador que no resulta nada fácil de interpretar, especialmente en lo que respecta al balance entre el solista y la orquesta. De hecho el Moderato transcurrió con evidentes problemas para integrar la voz del chelo en el diálogo con la orquesta. Pero de forma progresiva el solista, el excelente violonchelista franco-alemán Nicolas Alstaedt, consiguió con una elegíaca interpretación arrastrar a la orquesta, muy especialmente a las maderas, las cuales protagonizaron numerosas intervenciones profundamente evocadoras. En el Allegro appasionato la fusión entre el chelo y la orquesta ya fue completa, mientras que en sus dos cadencias en el Tema e improvisaciones final, Alstaedt exhibió la ductilidad de su registro expresivo, muy especialmente en la primera de ellas (la más apasionada). En el pasaje final la forma en que interiorizó el sublime morendo hizo que se detuviese el tiempo en el auditorio coruñés… hasta el estallido de bravos y aplausos que arrancaron la ansiada propina. La Sarabanda de la Suite núm. 1 de Bach, interpretada con un atípico despliegue de ornamentos, fue otro canto a la modernidad, esta vez desde la atemporal inspiración del cantor de Leipzig.

La segunda parte, tan breve como intensa, nos trasladó al personalísimo mundo sinfónico del danés Carl Nielsen. Fue una electrizante interpretación de la Cuarta sinfonía desde su mismísimo comienzo. Pero una Inextinguible que se precie no puede ser de otra manera. El primer movimiento fue un auténtico choque de trenes en el que las secciones más introvertidas se integraron a la perfección en el discurso, gracias una vez más a las musicales e incisivas maderas de la sinfónica. Para disfrute del público el protagonismo de esta sección se prolongó en el delicioso Poco Allegretto en el que Slobodeniouk evitó caer en la tentación de imprimir un carácter excesivamente bucólico, atmósfera que en absoluto empatiza con la tensión que desata la llegada del Poco Adagio. Sobrecogedora música a la que las cuerdas de la Sinfónica dieron vida con una perfección memorable. Un alarde de fuerza por parte de la sección que se convirtió en exquisita sensibilidad con la llegada del diálogo del quinteto de cuerdas con los metales. Para redondear una segunda parte inolvidable, en el momento más esperado de la sinfonía, el duelo de timbales, los dos extraordinarios percusionistas de la orquesta: José Trigueros y José Belmonte dieron la impresión de haber absorbido la inmensa energía desplegada en la conclusión del movimiento previo. En el vertiginoso contrapunto inicial las cuerdas se mostraron tan vertiginosas como precisas. A ellas se unieron unos gloriosos metales. Parecía una misión imposible mantener esta tensión hasta el final de la obra, pero un Slobodeniouk, con más arte que testosterona, dosificó magistralmente las dinámicas y las agógicas para cerrar la obra de forma inextinguiblemente grandiosa.

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