Pocas combinaciones resultan tan apetecibles en un menú musical como las que propone el segundo Romanticismo: Schumann, Chopin y Brahms alineados en una misma velada, y en un recorrido por algunas de las obras más exigentes del repertorio. El Palacio de la Ópera respondió con una asistencia masiva a un programa tan atractivo como convencional. El director está llamado, por tanto, a aportar un plus interpretativo que marque la diferencia con unas músicas conocidas hasta la saciedad. La batuta, en manos del joven Hankyeol Yoon, poco conocido en estos lares, pero respaldado por un sólido historial en concursos internacionales, asumía el reto previsto inicialmente para el carismático Fabian Gabel, mientras que al piano disfrutábamos de la presencia solista de Nelson Goerner, intérprete ya instalado en una segunda madurez artística.

Manfred supuso una apertura plenamente impregnada del pathos del Schumann tardío. Yoon supo conducir con acierto la introducción, reflexiva y densamente cargada de introspección casi claustrofóbica, logrando un primer retrato psicológico del protagonista convincente. Más compleja resultó la articulación del tema principal, siempre difícil de hacer respirar. El compositor no busca agradar, sino decir, y esa voluntad expresiva, exige una claridad dramática difícil de sostener. En las secciones de mayor tensión, con su modulaciones abruptas y contrastes dinámicos, la lectura de Yoon perdió parte de su capacidad de convicción, pero en la reexposición recuperó el pulso al subrayar una expresión más oscura y contenida, dejando que la orquesta hablara con una voz resignada, como si el propio discurso musical asumiera la imposibilidad de redención del drama.

El Concierto núm. 2 de Chopin resultó menos convincente. El enfoque de Yoon, de gesto cortante, incisivo y resolutivo, no terminó de encontrar el equilibrio necesario, relegando a la acelerada orquesta a un papel excesivamente secundario frente a un excelso Goerner quien, mimetizado, optó en toda la obra por un fraseo de rapidez desbordante, preciso y limpio en su articulación, pero poco idiomático. En el Maestoso, esa actitud expeditiva aportó claridad formal, pero restó lirismo y respiración al fraseo y causó que la interpretación no trascendiera la literalidad de la partitura. En el Larghetto, núcleo poético de la obra, Goerner mostró una línea más cuidada, aunque algo excesiva en sus inflexiones que resultaron más enfáticas de lo necesario. El Vivace final, abordado con pulso firme, brillantez técnica deslumbrante y un gran sonido, ganó en energía y definición rítmica. Arrancó una avalancha de aplausos en busca de la propina, la cual llegó con el Preludio op. 23, núm. 4 de Rachmaninov que funcionó como un intimista epílogo.

La segunda parte del concierto mejoró de forma clara con una Cuarta de Brahms planteada desde una retórica impulsiva, pero sostenida por una búsqueda constante de verticalidad y coherencia estructural. El Allegro non troppo no fue precisamente contenido. Abordado por Yoon con impulso decidido y atención a la arquitectura general, priorizó la solidez armónica y el avance inexorable del discurso frente a opciones líricas más flexibles. Contó con el inestimable apoyo de la cuerda de la Orquesta Sinfónica de Galicia, que una vez más dio una cátedra de sensibilidad y musicalidad. El Andante moderato fue intimista y noble, pero sin un ápice de sentimentalismo, reforzando el carácter elegíaco del movimiento. Esto hizo que el Allegro giocoso resultase más contrastante y permitiese el lucimiento de una dúctil Sinfónica de Galicia que, de forma cohesionada, desplegó un inmenso empuje sonoro perfectamente graduado. El nunca rutinario Allegro energico e passionato final fue construido con gran firmeza y visión global, integrando las variaciones en un arco tenso y concluyendo en un cierre severo, enérgico y rotundo que venció y convenció al público asistente.
En definitiva, la velada transitó entre luces y sombras. La introducción de Schumann y la sólida construcción de la Cuarta de Brahms dejaron momentos de gran interés, mientras que el Chopin quedó algo desdibujado. En cualquier caso, fue un concierto que, con sus altibajos, mantuvo en vilo a una audiencia exigente y conocedora.

















