Nos encontramos ante una orquesta longeva, ya que la Staatskapelle Dresden fue creada en 1548. Por ella han pasado guerras, regímenes dispares, períodos artísticos y otros acontecimientos históricos; y ha sido testigo del estreno de grandes obras de la música, entre ellas las óperas de Richard Strauss. Pero antes ya había sido dirigida por personalidades de la talla de Richard Wagner, quien se refirió a ella con el apodo de "arpa milagrosa". No nos sorprende este apodo, tratándose de una orquesta sobre la que gran parte de su afición coincide en destacar su sonido particular, el "sonido Dresde". No se nos explica qué es exactamente el "sonido Dresde", pero tras una escucha atenta -todo lo atenta que nos permiten las molestias del entorno, que esta vez han sido muchas-, podríamos sugerir que proyecta un color oscuro, cálido en las cuerdas y metales, y con un tono especialmente vocal en las maderas, como nos demostró el oboe magistral en todas sus intervenciones.

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Daniele Gatti al frente de la Staatskapelle Dresden © Jörg Simanowski
Daniele Gatti al frente de la Staatskapelle Dresden
© Jörg Simanowski

El concierto incluyó obras que ocuparon gran parte del espectro expresivo, con intervenciones de mayor impacto emocional, junto a otras de carácter más modesto, concibiendo un programa de emociones contrastantes. Sirvió de preámbulo para las obras de mayor calado el "Preludio y Encantamiento de Viernes Santo", del Parsifal. No cabe duda de que, aislada de su totalidad, la pieza no se acomoda fácilmente como pieza de concierto, pero cautivó por el enfoque hipnótico que le confirió la orquesta, creando una suerte de suspensión del tiempo. Sin melodías cerradas, la formación afrontó los motivos sin proponer cortes, dejando que la música fluyera sin liberarla de una suerte de estado contemplativo, con respiraciones largas, sin urgencias.

Gautier Capuçon © Jörg Simanowski
Gautier Capuçon
© Jörg Simanowski

A continuación hizo su entrada Gautier Capuçon, paladín del Concierto para violonchelo núm. 1, de Saint-Saëns, un compositor que siempre representa una apuesta segura para disipar tensiones y alegrar oídos. No le costó esfuerzo a la orquesta proyectar una interpretación alejada de los intensos dramas épicos típicos de los conciertos románticos. Atendimos a un concierto donde la fluidez, la inteligencia y la elegancia tomaron el mando de la partitura, con expresiones nítidas del material temático y dotando a la pieza de una identidad constante y única, en ocasiones casi improvisada. Y aquí hubo también competencias de sonido, pues sin duda es destacable la habilidad de Capuçon para proyectar el suyo hacia cualquier rincón del auditorio, sin pretender esfuerzos a la audiencia. Le reconocemos al violonchelista francés la audacia de convertir un concierto tradicionalmente elegante y poco emocional, en un recital de expresiva declamación y profundidad. 

Daniele Gatti © Jörg Simanowski
Daniele Gatti
© Jörg Simanowski
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Aún mejoró sensiblemente el concierto en su segunda parte, con el tríptico del mar de Debussy y con lo que resultó ser la joya del día, el "Preludio" y "Liebestod" de Tristán e Isolda. Cuántas veces hemos escuchado La Mer de Debussy en esta sala, y ha sido en esta ocasión cuando hemos podido percibir con claridad matices y texturas secundarias que yacen en los entresijos de la partitura, permitiéndonos descubrir nuevos sonidos, nuevos ritmos y nuevas audacias del compositor francés. Sin duda, Daniele Gatti ha sabido crear un compromiso equilibrado entre el conocimiento completo de la obra y el sonido particular de esta formación, destacando en este caso, cómo no, y entre otros, a las flautas y los oboes.

La Staatskapelle Dresden y Daniele Gatti en el Auditorio Nacional © Jörg Simanowski
La Staatskapelle Dresden y Daniele Gatti en el Auditorio Nacional
© Jörg Simanowski

Y con esto alcanzamos el momento climático del concierto, donde se nos concedió escuchar de manos de esta orquesta el inolvidable acorde de Tristán con que comienza la última pieza interpretada. A partir de ahí, la formación afrontó la obra intensificando el anhelo promovido por la falta de resolución propia de este acorde, perpetuando las voces del resto de la partitura. Una simple interpretación de lo escrito ya habría sugerido el deseo inherente a cada resolución, pero la orquesta además pudo profundizar en la herida por medio de una variación dinámica desbordante, intensificada de manera escalonada hasta alcanzar un estado de sonido particularmente sobrecogedor y emocionante. Aquí pudimos, una vez más, percibir la creatividad del famoso sonido Dresde, dotado de una densidad tímbrica inconfundible y de una contención extrema que, sin duda, seguirá resonando mucho tiempo en el recuerdo de la audiencia.

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