El concierto de clausura de la Filarmónica presentaba un programa tan contundente como antológico: el Tercer concierto para piano y orquestra de Beethoven y la Tercera sinfonía de Brahms. Tampoco eran para menos los huéspedes encargados de tal tarea: Maria João Pires al piano y Daniel Harding dirigiendo la Orchestre de Paris. Frei aber froh: libre pero feliz. Este era el acrónimo del tema principal de la segunda obra en programa, pero que resume bien el ambiente y las sensaciones que se vivieron en el Auditorio Nacional.   

Daniel Harding frente a la Orchestre de Paris © William Beaucardet
Daniel Harding frente a la Orchestre de Paris
© William Beaucardet

La primera obra, con sus aún evidentes reminiscencias mozartianas, se mostró particularmente idónea al perfil de la pianista portuguesa, sobre todo en aquellos momentos más líricos y dialogantes con la orquestra. Si el primer movimiento fue un ejercicio de equilibrio y concentración, en el que las manos de Maria João Pires corrieron de un lado a otro del teclado (en alguna ocasión con un uso abundante del pedal), fue a partir del segundo tiempo que se alcanzaron sonoridades insuperables. Harding mantuvo unos tempi bastante dilatados, desgranando con detalle las texturas polifónicas de la partitura, mientras que Pires, con su toque delicado y brillante, estableció una estructura prácticamente camerística. Así prosiguió el diálogo también en el tercer movimiento, permitiendo lucirse a las primeras partes de la orquestra, especialmente de la sección de viento. La lectura de la veterana pianista es lo más alejado del duelo titánico entre el piano y la orquesta; prefiere sumarse al conjunto, como si el instrumento solista fuese un primus inter pares. Ciertamente, un enfoque que nos regala algunos momentos irrepetibles, de una belleza arcaica, como en el segundo movimiento, en el que el piano expone el segundo tema tras la intervención de la orquesta: pocas notas, incluso simples, pero ejecutadas de forma indescriptible por su intención y plenitud. O bien, en el final, con una serenidad y una frescura que son raras en las ejecuciones beethovenianas.

Para mantenernos en ese deleite, también se concedió un bis: Harding posó la batuta y se sentó junto a la solista y juntos interpretaron "La mañana" de la Suite Peer Gynt de Grieg en la transcripción para piano a 4 manos. Eufóricas ovaciones acogieron la actuación, además de por el excelente nivel interpretativo, también por la empatía que los artistas mostraron entre ellos y para con el público.

Tras el descanso, Harding apareció frente a la orquesta para interpretar una de esas obras que constituye un hito para la música del siglo XIX y, evidentemente, para la interpretación sinfónica. Optó por una oposición clara entre los movimientos externos y los centrales, tanto en el tempo como en las texturas. En el primer movimiento, insistió en el contrapunto rítmico, con una cuerda que enfatizó el pizzicato y una sección de viento que encajó en un torbellino que fue en crescendo hasta el final. Hubo un cambio radical de enfoque en el segundo movimiento que nos concedió una atmósfera rarefacta, un sonido cristalino y un empaste orquestal rico y, al mismo tiempo, medido. Igualmente, en el tercer movimiento se respiró ese gesto extenso, pausado, reiterando las pequeñas células sonoras que se reenvían de una sección a otra de la orquesta, hasta concluirse en una calmada disolución. Pero el cuarto movimiento se anunció desde el principio mucho más combativo: Harding estableció unas dinámicas siempre bastante fuertes, un ritmo marcado y un color exuberante. Una conducción más bien desenvuelta, e incluso por momentos desenfrenada, que nos transmite el carácter trágico de la sinfonía, para terminar apagándose paulatinamente y recuperando esa distensión de los movimientos centrales.

En conjunto, la manera de dirigir de Harding se desarrolla mediante la claridad expositiva de los temas y los motivos, sabiendo aprovechar bien los recursos a disposición (en el caso de la Orquesta de París, especialmente, la sección de viento) e intentando concebir cada pieza con una peculiaridad propia, que la distinga y la caracterice por su singularidad. Es un trazo personal que denota el consabido perfeccionismo del director inglés.

Fue sin duda un concierto emocionante por su programa de obras del olimpo decimonónico y sumamente interesante por las claves interpretativas, que no dejaron de asombrar. Por estas razones podemos decir que Maria João Pires nos elevó a ese olimpo y Harding, cuya segunda pasión, por cierto, es pilotar aviones, se mantuvo en las alturas gracias a su empeño constante y a su curiosidad inagotable.

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