Tras el telón de acero, una de las líneas temáticas de la presente temporada de la Orquesta Nacional de España, además de darnos una ubicación geográfica e histórica precisa, alude, en el presente programa, también a una cortina divisoria estética, sobre todo en la primera parte, que aunaba dos obras de compositores polacos, cercanas en el tiempo y con el trasfondo del Festival de Otoño de Varvosia, pero lejanas en postulados estilísticos e intenciones.

En el primer caso hablamos de Krzesany de Wojciech Kilar, compuesta en 1974, con un uso transfigurado de folklore polaco que impactó el clima de vanguardia que se había ido fraguando en los años anteriores. Se trata de una obra de lenguaje grandilocuente y accesible, con un uso orquestal pleno que alcanza el clímax en el final a través de una impresionante progresión de capas sonoras. En tal sentido, el director invitado para esta ocasión, Krzystof Urbański, no escatimó en robustez desde el comienzo, en el que una cuerda sin fisuras trazó con contundencia los acordes iniciales. El director polaco imprimió su personalidad en la partitura con un estilo muy magnético, logrando un empaste cohesionado y sacando a relucir toda la pulsión rítmica que la partitura contiene. Absolutamente conseguido el final de la pieza, en el que Kilar emplea la escritura aleatoria, para dar lugar, tras la exposición tonal de una melodía típica, a un alborotado jolgorio en el que la numerosa percusión y el metal sumerge dicha melodía.

La segunda obra de esta primera parte era el Concierto para violonchelo de Lutosławski con la participación de Alisa Weilerstein. Decía Urbański en el video de presentación al concierto que, más que un concierto, es un combate entre solista y orquesta, y bien se podría decir también que es un continuado asalto que el chelo sufre en su travesía por parte de la masa orquestal. La lectura comenzó sobria y analítica, con Weilerstein plasmando un sonido bastante amplio y decidido, de fraseo corto y concitado. Las intervenciones de la orquesta tuvieron el justo punto hiriente, construyendo un tejido hipnótico, muy bien alienado tímbricamente. Cobró más expresividad el gesto de Weilerstein en la tercera sección, Cantilena, mostrando plenamente su capacidad de sonsacar esa profunda belleza que el instrumento posee, para dar lugar al concitado Finale, donde en esa dialéctica se pudo leer el punto de desesperación de la voz solista, cada vez más doblegada por la masa orquestal hasta apagarse.

Tras el descanso, asistimos a un hito de la primera mitad del siglo XX como es El pájaro de fuego de Stravinsky, en la versión de la suite de 1945. Aquí Urbański primó la elegancia y las sonoridades diáfanas (tal vez para diferenciarse del rotundo registro predominante en la primera parte del concierto) con una lectura que en los primeros números sonó casi camerística, escuchándose filigranas que en lecturas más profusas pasan a veces desapercibidas, en voces como el piano o el arpa, aunque es cierto que faltó algo de fuerza en favor de la claridad del perfil en la construcción de la frase. En el tramo final, compuesto por la Danza infernal, la Nana y el Himno final, se recobró cierta exuberancia con un color orquestal más pleno, si bien siempre orientado a la elegancia, resaltando la refinada escritura melódica que permea la obra. En todo caso, una lectura equilibrada en lo estructural y de finura en el detalle.
En conclusión, concierto de gran impacto y trabajo orquestal, indagando en una línea temática muy interesante como es la producción del centro y este europeos de la segunda mitad del siglo XX, y con unos Urbański y Weilerstein que congeniaron bien con la ONE.

















