L’Auditori dedicó la tarde de ayer a la expresión. Expresión musical dada de diferentes formas y contenido, con tres piezas que a priori nada tienen que ver, a excepción de un agente determinante que las une: la captación de imágenes a través de sonidos. Subrayado quedó el gusto por el trabajo simbiótico entre vista y oído a favor de lo descriptivo. Ono apela a esta máxima y la introduce en el trabajo de la orquesta, así como también la importancia de la escucha para recrear una imagen nítida de lo que se quiere transmitir. Me atrevo a decir que la mirada y filosofía que el de Kazushi Ono ha inculcando a la OBC durante estos años puede representar un antes y un después para la dirección en la que avanza la orquesta. Tecnicismo y destreza no les faltan, aunque de seguro las nutridas lecciones que Ono les ha regalado durante estos años, procedentes de su cultura natal, en la que arte y naturaleza conviven, serán un combustible potente para su avance en el panorama musical.

El trompista Stefan Dohr
© Simon Pauly

Entrando ya en materia, la obra que dio inicio al programa fue Moment of Blossoming de Toshio Hosokawa. Toda una oda a lo que hemos comentado: la representación musical de una imagen, una expresiva estampa del proceso de crecimiento de una flor de loto en la soledad de un estanque. De un comienzo sostenido y sosegado, a través de una única nota, el conjunto orquestal proyectó poco a poco la superficie acuática en perfecta quietud a través de dinamismos casi minimalistas, en los que destacaban los instantes sonoros convertidos en ecos acuáticos por medio de la sección de cuerdas. La trompa empezó su tributo de la tarde partiendo de la representación del ser humano, de la mano de Stefan Dohr, captando el instante y estableciendo un diálogo con la naturaleza que lo rodea. Trabajo en el que colaboraron dos trompas más, un trombón y una trompeta repartidos por todo el auditorio, recreando de la manera más fiel las limitaciones de ese estanque que acogía este concierto lotus. Pieza elaborada a partir de variaciones sobre el mismo tema, en el que destacaron los matices tonales y su colorido en dinámicas. Entre expresionismo y minimalismo, este cuadro sonoro protagonizado por el quinteto metálico resumió el ideario de su director. 

Dohr siguió con su preciso empleo del instrumento y llegó al apogeo en el Concierto para trompa núm. 3 de Mozart. Combinación de proeza técnica con interpretación burlona del aparato, en el que los cromatismos y los efectos tímbricos dados (en Mib, su timbre natural) durante los tres movimientos no daban ni un momento sin lucirse al solista. Demostración de gran precisión, por parte del berlinés, a la hora interpretar el sentido musical mozartiano (que nunca es fácil) e hizo disfrutar de todas sus líneas acústicas dedicadas a este instrumento, que es poco más que un regalo para el trompista, a base de allegros y fanfarrias.

El broche final fueron las Variaciones sobre un tema original para orquesta, op. 36 de uno de los tótems de la música moderna británica, Edward Elgar. Una serie de imágenes musicales referenciales a la vida familiar del compositor, esbozando diversos retratos. Dos motivos principales transmutan durante las diferentes variaciones en las que nunca aparece el tema principal, tratados enérgicamente por toda la orquestación, destacando metales y percusión.

Kazushi Ono cerraba así esta clase visual y sonora, definición de lo que aspira, al mismo tiempo que también empezaba a despedirse de su etapa con la OBC. Sólo desear que sus enseñanzas se sigan mostrando.

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