La Sinfónica de Galicia se trasladó desde su sede coruñesa a la bimilenaria ciudad de Lugo para participar en la celebración de una importante efeméride para la Sociedad Filarmónica lucense: el concierto número 700 de su larga historia, iniciada ni más ni menos que en 1947. Una dilatada trayectoria que sólo ha sido amenazada por los rigores de la pandemia. El programa, conformado por los mozartianos Conciertos para violín núm. 4 en re mayor, K218, y núm. 5 en la mayor, K219, era ideal para las circunstancias que vivimos, pues sólo requería un número reducido de músicos. En concreto, eran dieciocho los miembros de la Sinfónica en el escenario: 8 violines, 3 violas, 2 cellos,1 contrabajo, 2 oboes y 2 trompas. Como solista y director se presentaba nuevamente en Lugo David Grimal quien lleva desde hace muchos ofreciéndonos una fructífera relación con la Sinfónica de Galicia, habiendo por ejemplo abordado en el pasado conciertos del gran repertorio como los de Beethoven, Brahms y Tchaikovsky, siempre con su propia dirección.

El violinista y director David Grimal
© Bobrik

Debido a las estrictas restricciones de aforo y al imperativo distanciamiento, el público asistente se distribuyó frente a la orquesta cómodamente espaciado, hasta el punto de que el coqueto Salón Regio del Círculo de las Artes de Lugo se convirtió en un escenario de ensueño. Tal cual como estar en el salón de casa, pero en vez de escuchando la música en un equipo de sonido, disfrutando en vivo y en directo de un solista y de un conjunto de músicos de primera línea. Todo un privilegio que inevitablemente nos hizo viajar un par de siglos en el tiempo a las cortes centroeuropeas en las que los más pudientes aristócratas disfrutaban en los salones de sus palacios de la música de los mejores compositores de la época.

Sea como fuere, disfrutamos de la sublime e inspiradísima música Mozart con una presencia y un impacto sonoro de auténtico lujo. Si a esto sumamos el talento abrumador del violinista francés, el preciosista y penetrante sonido de su Stradivarius y la contribución de un grupo de músicos en perfecta comunión con su director solista, nos encontramos con una de esas veladas musicales que uno recordará toda su vida.

En lo interpretativo, el principal aliciente fue el poder apreciar en vivo la reveladora concepción de David Grimal de estos interpretadísimos conciertos, bien conocida tras la grabación de los mismos hace poco más de cinco años con su grupo Les Dissonances. Con el paso del tiempo esta no ha variado en lo esencial, una concepción que busca la autenticidad, pero sin renunciar a los instrumentos originales y a la utilización de cadencias modernas e imaginativas, fruto del buen hacer del compositor francés Brice Pauset. El rechazo al vibrato y la ausencia de retórica son otras de sus señas de identidad. Pero sí fue claramente perceptible como los vertiginosos tempi de esa grabación han dado paso en la actualidad a una concepción algo más atemperada, sin por ello dejar de ser interpretaciones de vitalidad y virtuosismo desbordante, muy especialmente a lo que respecta al Rondo del Concierto K218. Fueron de hecho los dos Rondo los movimientos reina de la noche; este último con su pegadiza sección danzable central y su conclusión de una nobleza beethoveniana y el del K219 con su pasaje alla turca y sus continuas inflexiones e sinusosidades que Grimal caracterizó con un humor proverbial. Los movimientos lentos, Andante cantabile y Adagio, fueron dos ensoñadoras romanzas recreadas con una sensibilidad en absoluto exacerbada, destilada en su justa medida, en absoluto calculada. Los dos Allegro inicial tuvieron un carácter más grandilocuente, en parte debido a su construcción, más cercana al mundo sinfónico e incluso operístico, que al concertístico.

Parte decisiva del éxito fue la extraordinaria simbiosis que existió desde un principio entre Grimal y los músicos de la Sinfónica. Estos transmitieron en todo momento una sensación de máxima complicidad e intimidad, con miradas y sonrisas continúas entre ellos, pero sin perder en ningún momento la concentración, dando vida a un sonido compacto y pleno, perfectamente integrado con el solista.

Como era de prever, enfervorecida respuesta del público a la cual Grimal respondió con una música “pour la salut”; la Sarabanda de la Partita para violín solo núm. 2 de Bach.

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