Reconforta, como siempre, que un concierto del ciclo sinfónico de la Orquesta Nacional de España ocupe casi todas las localidades. En este caso no es de extrañar, el programa contiene obras de esas que no nos cansamos de escuchar –¿se cansarán, por el contrario, las orquestas de tocarlas?–, obras que casi diríamos que a golpes se han instalado en el repertorio individual universal de todo el que ama a la música. No hay que perderse la oportunidad de escuchar un programa como este a una gran orquesta, y menos aún si viene acompañado de dos jóvenes figuras que ya son grandes por méritos propios: Benjamin Grosvenor y Krzysztof Urbanski.

Tal vez goce Urbanski de mayor predicamento entre los asiduos del auditorio –ya le hemos visto en otras ocasiones y nunca pasa desapercibido– Grosvenor, en cambio, aún parece necesitar una mayor dosis de perseverancia para hacerse un hueco en nuestro repertorio de pianistas. El concierto de Brahms le ha propiciado una interesante oportunidad para ello, pero no estamos seguros de que haya causado una impresión indeleble. Auguraba el programa de mano que al término del concierto íbamos a necesitar tres pares de manos para aplaudir, pero no ha sido así.

Krzysztof Urbański al frente de la Orquesta Nacional de España © Rafa Martín
Krzysztof Urbański al frente de la Orquesta Nacional de España
© Rafa Martín

El caso es que no se le puede poner tachas al pianista británico. Quien sabe leer música no tiene más que examinar la partitura para hacerse una idea de las terribles dificultades técnicas que el solista tiene que afrontar, amén del diálogo con una orquesta densa y poderosa cuya masa sonora no deja apenas de estar presente (como la famosa sombra de Beethoven que siempre le ronda a Brahms por todas partes). Claridad y limpieza en la resolución de estas dificultades fueron las notas dominantes de la ejecución pianística ya desde su irrupción al cabo de tres minutos de intensa introducción orquestal. No le es fácil al pianista aguardar como un espartano en las Termópilas las acometidas de esta dramática introducción, y entrar acto seguido repartiendo notas dobles, trémolos, trinos y saltos imposibles, y todo ello sin perder la compostura. Claro que la dificultad y la maestría radica en apuntalar bien todos estos elementos y proyectar después una interpretación expresiva y en cierto modo autoritaria; y aquí es donde podemos establecer un pero, pues la interpretación gozó más bien de una ejecución mecánica impecable pero de una expresión un tanto errática sustentada, sobre todo, por un ataque que en general se percibió fuerte pero brusco y con poca expansión sonora.

Al cabo del concierto nos ofreció una propina, “Erotik”, de las Piezas líricas de Grieg, Op. 43 núm. 5 (hay que decirlo aquí para los interesados, si uno es capaz de reconocer la obra, ya que es costumbre que muchos solistas no anuncien la pieza que regalan). Aquí se sintió algo más de lirismo y expresión en una pieza que pide tranquilidad y dulzura, y así fue hasta que llegó el forte, donde volvió a apreciarse la dureza de un sonido explosivo y algo rudo.

La segunda parte nos deparaba a un Beethoven que se encuentra en cierto modo en las antípodas de la expresión de Brahms: este construye un devaneo incierto usando todas las notas y recursos posibles mientras que aquel elabora una arquitectura estable y poderosa con solo cuatro notas. Es importante recalcar que la Quinta sinfonía se construye con cuatro notas que, por lo demás, no son exclusivas de esta sinfonía en el legado beethoveniano. Sin la claridad y eficiencia de esta llamada la obra se puede venir abajo, y en esas estuvimos ya desde el principio, pues bien por una señal mal indicada del director, bien por un despiste de la orquesta, la llamada del destino sonó a destiempo, y quedaron cinco notas, y no cuatro, para el recuerdo. Esta y otras irregularidades similares en el primer movimiento, de alguna forma, impregnaron al sentir general de la sinfonía, procurando una experiencia un tanto irregular, por más que posteriormente director y orquesta se esforzaran por proyectar una interpretación más vigorosa y eficaz.

No obstante, la cosa se fue recomponiendo y enderezando y al final pudimos escuchar una Quinta sinfonía que comenzó a engrandecerse con la extraordinaria fuga del Scherzo y que culminó con la explosiva vitalidad de un Allegro final grandemente alentado por los metales y el timbal. Un final correcto, en suma, pero que no le hace del todo justicia a la extraordinaria escritura del maestro de Bonn.

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