La sensación predominante que a uno le invade tras asistir a la versión de Coronis a cargo de Los Músicos de Su Alteza es la de cierta perplejidad o extrañeza. Pero el desconcierto no debe confundirse con la incertidumbre, ni impedirá en esta ocasión localizar algunas de sus más relevantes razones. Antes que nada, conviene señalar que todos aquellos que no tuvieron el privilegio de asistir a la conferencia «Atribuido a Durón: Coronis» (enmarcada en la por lo demás apreciable iniciativa Contextos Barrocos, cuyo éxito en la presente cita –aforo completo– aconseja celebrar las futuras entregas del ciclo en un espacio con mayor capacidad) se preguntarán por el sentido de los misteriosos signos que figuran en la página número 1 de los programas de mano. Y es que la respuesta, por suerte o por desgracia, tampoco se halla en la leyenda explicativa: «recuperación histórica, estreno en tiempos modernos». Frente a una descripción así, en primera instancia, sólo cabe el silencio interrogante.

Solistas, el director Luis Antonio González y Los Músicos de Su Alteza © Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) | Elvira Megías
Solistas, el director Luis Antonio González y Los Músicos de Su Alteza
© Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) | Elvira Megías

Porque cada palabra del sintagma parece no terminar de corresponderse con lo que la audiencia tiene ante sus ojos y oídos: Coronis no es una recuperación stricto sensu, menos todavía una “recuperación histórica” (¿existen recuperaciones que no lo sean?); su estreno (en formato escenificado) se producirá en Francia algunos días después del adelanto que ahora reseñamos, y, naturalmente, nuestro tiempo ofrece pocos argumentos para dejarse definir mediante un adjetivo tan equívoco como «moderno». Hay que decir que estas incógnitas podrán ser compensadas leyendo los copiosos y precisos comentarios que Luis Antonio González, fundador de la agrupación, director, clave e investigador principal del proyecto, despliega en su introducción escrita al evento. Sin embargo, este equilibrio no llega a ser redondo, y sus costuras quedan en evidencia cuando la obra en cuanto práctica interpretativa es dada al público.

Se echaron de menos, por tanto, las declinaciones dramáticas de aquélla, no únicamente en la ausencia de escenografía, sino en la propia energía y carácter con la que tanto voces solistas como conjunto instrumental desgranaron lo que en realidad era una oportunidad irrepetible: la de reivindicar, tras una prolongada espera, música que ha permanecido muda por demasiados (pero esto hay que demostrarlo) siglos. Así, es difícil comprender la pasividad que pudo detectarse durante numerosos tramos de la (no-representada) representación en diversos miembros de Los Músicos de Su Alteza (con honrosas excepciones, entre las que el exponente más elevado de implicación y acierto fue Ignacio Laguna, a la tiorba). Sorprendió, por ejemplo, la timidez exhibida, a pesar de su bello timbre, por Olalla Alemán (Coronis) en pasajes que requerían un protagonismo no meramente textual, o la falta de sincronización rítmica y tonal que la cuerda, especialmente los violines, mostraron durante la parte inicial. Las homofonías de la madera, a este respecto, no desentonaron, si bien el mejor desempeño en el viento ha de recaer sobre el clarín, a cargo de Nicolas Isabelle.

Asimismo se antojó dudosa la necesidad de disponer de dos claves (Luis Antonio González recurrió escasamente a su teclado) y la idoneidad de filmar un espectáculo tan estático: dos cámaras sobre la tarima dieron lugar a una comicidad que por momentos superó el tono mordaz de –seguramente– José de Cañizares. El resto del elenco vocal, al margen del ya mencionado escamoteo de la teatralidad que exige el libreto, estuvo a la altura, siendo Eugenia Boix (Apolo), Estefanía Perdomo (Neptuno) y Jesús García Aréjula (Proteo) las actuaciones más felices, y Diego Blázquez la menos conmovedora.

En definitiva: resultado poco lucido para circunstancias que hacían presentir una más intensa ambición. Si hay una impronta que emerge por encima de otros aspectos en esta Coronis, creemos, es la extrañeza que provoca el corsé invisible de una evitable imperfección.

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